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Full text of "Cosas de antaño: Bocetos, perfiles y tradiciones interesantes y populares de Montevideo"

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^artiarli College It&rarn 



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PROFESSORSHIP ÜF 

LATIN-AMKRICAN HISTORY ANU 

KCONOMICS 



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COSAS DE ANTAÑO 



COSAS 



DE 



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BOCETOS, PERFILES 



TBADIQOKES IMTEBESAHTES Y FOFOLAfiES 



DE 



MONTEVIDEO 



POR 



AXTOXIO K. PEREIRA 



aGida tradición es un elemento 
poderoso de la historia.» 




MONTEVIDEO 



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CALLK URUGUAY. NÚMCRO p4 

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HARVARD COLLEGE LIBRARY 
DEC 24 1915 

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PROFESSORSHIP FUND, 



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DEDICADO POR EL AUTOR 
COMO TRIBUTO DE HUMILDE RESPETO Y DE JUSTA ADMIRACIÓN 

Á LA MEMORIA 

DEL PRIMER POETA SATÍRICO Y EPIGRAMÁTICO 

DE LA AMÉRICA DEL SUD 

DON FRANCISCO A. DE FIGUEROA 



EL ANTIGUO GAFE DE ^*SAN JUAN" 



En la muy noble, muy fiel, muy leal y recon- 
quistadora ciudad de San Felipe y Santiago, existia 
fundado desde el tiempo déla dominación de la ma- 
dre España, un Café muy nombrado, y por consi- 
guiente popular en extremo; que era el punto de 
reunión de todos los que querían tomar una buena 
jicara de chocolate, que trascendía desde muy lejos 
por su exquisito olor y aroma de vainilla. 

Pero lo que llamaban jicara, era nada menos que 
una enorme taza que podría servir para caldo más 
bien y mejor, y que c^n sus correspondientes tosta- 
das con manteca, canela y azúcar, podría reemplazar 
un almuerzo perfectamente, pero que no se conside- 
raba más que como un desayuno ó un tente en pie, 
como se decia entonces, pues parece que nuestros 
antepasados y nuestros mayores, eran y fueron muy 
buenos gastrónomos, y que en los felices tiempos en 
que vivieron, patriarcales sobre manera; el asunto 
primordial era pensar en comer bien, y lo hacian 



8 COSAS DE ANTAÑO 



cuatro veces por día. El desayuno, que consistía casi 
en un almuerzo, á las siete de la mañana; el al- 
muerzo, á las doce, que era una comida ; la comida, 
que era á la oración, que era como las bodas de 
Camacho, y la cena á las diez. Esto, sin contar el 
tente en pie de ordenanza á las tres, y así, no es 
de extrañar que estuvieran tan confortados, tuvie- 
sen tan buen humor, con tan buenos estómagos 
como tenían; pues prueba de buena salud y de 
alegría, es tener buen apetito. Y hay que agregar 
á esto, las siestas estupendas que hacían, pues se 
tendían á pierna suelta, después de las doce del 
día, y dormían tres ó cuatro horas, entregados al 
dulce Morfeo. 

« Sin inquietud, sin odio, sin celo, 
Libres de toda pena y de recelo.» 

Verdaderamente que fueron muy felices nuestros 
padres! 

Sobre todo, no había toma ni daca, y cada cual 
vivía á su manera, nadie estiraba la pierna sino 
hasta donde le alcanzaba la sábana, como dicen por 
ahí, y no echábanlas puertas por las ventanas como 
lo hacen hoy casi todos, y después son las conse- 
cuencias y los aprietos, ¡y qué aprietos! El que no 
se pega un tiro, se tira por el balcón, ó en el aljibe 



COSAS DE ANTAÑO 



de SU casa, ó quema las naves como Cortés, es de- 
cir, le prende fuego á la casa, y más si está asegu- 
rada, ó desaparece dejando algún buen clavo, y de 
remache hay que agregar, á sus infinitos acreedo- 
res, que vienen á ser sus victimas. 

Pero nos alejamos con estas consideraciones del 
objeto primordial de lo que vamos á tratar. 

Nos ha gustado siempre revolver papeles viejos, 
y se puede decir que ha sido nuestra ocupación 
constante, y oír de labios de los hombres ancianos 
todo lo que nos podía interesar más ó menos. Así 
es que mucho de los detalles de lo que van á leer, 
se los debo al espíritu investigador que he tenido, 
vulgo curiosidad, y á una buena memoria que sin 
duda Dios me dio. 

Siendo esto así, y conforme á lo que ha con- 
servado ésta, fielmente referiré lo que sé del fa- 
moso y nunca bien ponderado Café de San Juan, 
que es de lo que nos estamos ocupando, y que de- 
bíamos haberlo hecho ya, sin tantas digresiones que 
no vienen al caso. 

Aquel Café, no piensen que era algún suntuoso 
salón á lo que se estila hoy, con muchos espejos, 
muchas luminarias, como dijera alguien que es mi 
amigo, y cuyo nombre no lo recuerdo ahora, ni él 
tampoco se acordará del mío; era sólo un modesto 
y sencillo lugar donde si había aseo no había bien 



' 



10 COSAS DE ANTAÑO 



ciertamente lujo, y que hoy todos desdeñaríamos 
de poner los pies ni entrar en él. 

La casa, que hasta hace muy poco existió, era de 
teja; con la construcción que se usaba entonces, muy 
baja y con unas paredes enormes de vara y media 
de espesor, que podrían servir muy bien de muros 
en cualquier ciudadela ó fuerte, y que resistirían las 
mejores ametralladoras del mundo, sin dudarlo. 

El interior hacía consonancia con su exterior y 
con las exigencias, que no eran muy exigentes, de 
los tiempos; cuatro ó cinco mesas de pino, que no 
se habían tomado el trabajo de pintar; dos lám- 
paras de aceite, que alumbraban poco menos que 
dejando á obscuras ; algunos bancos groseros y las 
paredes que fueron alguna vez blanqueadas, y 

algunos cuadros de batallas, eran los adornos de 

« 

aquel famoso Café, que tanta fama adquirió y 
que no se cansaban de alabar nuestros padres y 
abuelos. 

El dueño, era el tuerto Adrián, que se hizo céle- 
bre sólo por su chocolate, lo que hace ver que por 
algo se puede llegar á la inmortalidad, sin tomarse 
la pena de ser un Eróstrato, y poner fuego á un Tem- 
plo como el de Diana, para ocupar un lugar en la 
historia. Y por algo menos que hacer chocolate he- 
mos visto y vemos á cada momento, hacerse céle- 
bres á muchos prójimos y alcanzará una notoriedad 



COSAS DE ANTAÑO II 



completa en muchas cosas aún insignificantes, y 
pasar á la posteridad y tener que recordarlos aún 
sin quererlo. / 

La flor y nata de la sociedad de entonces, iba á 
saborear aquel exquisito manjar y á entretenerse con 
Adrián, que era un andaluz de aquellos que hablan 
hasta con los muertos. Popularisimo se había hecho, 
y dej^ilnanera, que además de su chocolate, que era 
ya^stante para captarse todas las opiniones favo- 
rables, era, porque también le faltaba un ojo, y por 
ser un conversador sempiterno, un hombre expecta- 
ble, como diriamos ahora, y tan expectable fué, que 
entonces, y después, muchos, y aún ahora'mismo, de 
nosotros, querríamos haber alcanzado su gloria, por- 
que gloria y honor hay en hacer chocolate como en 
alcanzar nombradla en algo, algo que sobresalga 
de la rutina y que llegue á ocupar la atención pú- 
blica. 

El día del patrono habla gran fiesta en aquel ce- 
lebérrimo Café. Adrián echaba el resto, como de- 
cían entonces, y ponía su casa en estado de gala, es 
decir, adornaba el frente con farolillos que ilumina- 
ban hasta la mitad de la acera lo más; algunos gajos 
de plantas que formaban ondas alrededor de las 
ventanas y puertas, y una ó dos barricas que se 
quemaban en la calle, y que con los combustibles 
que le echaban á dentro, levantaban unas llamas in- 



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GOSAS DE ANTAÑO 

DOC TO PtRI- L 
TSASICIONES UITGBE3A1TTES T FOPVLABES 

MONTEVIDEO 

ANTONIO N PEREIRA 



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COSAS DE ANTAÑO 



1 6 COSAS DE ANTAÑO 



toda su familia, intervenía en ellas con la más pi- 
caresca intención de tener motivo de reírse de los 
que les caían á mano. 

Pero como ya iban preparados á recibir alguna 
broma, y dado el carácter bondadoso de aquella 
gente, y de lo bien que eran atendidos, no les da- 
ban importancia, y aun mismo se reían con ellos 
de la broma de que habían sido víctimas. 

Nadie se escapaba de que en las sábanas le pu- 
siesen pica-pica, que era lo bastante para no dejar 
dormir en toda la noche; ó en el plato que se iba á 
servir le pusieran alguna araña oculta, ó bien alguna 
víbora, que era como para sorprenderá cualquiera, 
bastante para saltar de la silla en que se sentaba, y 
no comer ya muy tranquilo; en fin, vivían inven- 
tando diabluras de todo género con qué entretenerse 
á costa de los huéspedes que pedían hospitalidad en 
su casa ; era esta una diversión constante que tenían 
y que los hacía felices. 

En aquellos tiempos estaba la gente también tan 
contenta y era tanta su disposición para dar chascos 
y bromas á sus amigos que se puede decir, que se 
vivía en una broma continua, y todos contribuían á 
darse chascos más ó menos pesados sin que se ofen- 
diesen, pues era una costumbre como cualquier 
otra. El carácter jovial de nuestros mayores ha des- 
aparecido, y sea efecto de que encaremos la vida 



COSAS DE ANTAÑO l^ 



por un lado más serio ahora, ó bien que debido á 
todas las divisiones que nos han desunido, se nos 
haya aguado la fiesta y nuestro temperamento no sea 
el mismo, y con mucha razón, pues la madera no está 
para hacer cucharas, como dice el refrán, con tantos 
sinsabores y desgracias como hemos sufrido los que 
hemos nacido en este bendito país, digno, bien cierta- 
mente, de mejor suerte; y asi toda la calma, y tran- 
quilidad de espíritu y aquella vida patriarcal que 
gozaron nuestros padres, ha dado paso á la lucha 
continua y á la intranquilidad, que es uno de los 
lotes que hemos heredado con nuestro modo de ser 
turbulento y desuniones fratricidas, de que hemos sido 
víctimas por tanto tiempo. Aquella amenidad, aquella 
jovialidad en el trato de nuestros mayores, aquella 
bonomía con que se trataban los amigos, y la cordia- 
lidad y sinceridad, todo eso ha desaparecido. No 
existe tampoco esa natural predisposición á la alegría 
que había entonces, á entregarse en cuerpo y alma 
á los placeres íntimos y sencillos que continuamente 
rodeaban la vida de nuestros mayores, hacían en^ 
cantador el hogar y más amada la familia. 

Fs verdad que la razón se explica, que no habiendo 
sufrido como nosotros tantos reveses de la veleidosa 
fortuna, y tantos trastornos de nuestra política, no 
tenían motivo sino para considerarse muy contentos 
y vivir muy gorditos, como que no les era indife- 



1 8 COSAS DE ANTAÑO 



rente gustar suculentas comidas hechas á la española, 
que había como para repetir y chuparse los dedos, y 
pasaban inventando platos que ponían en obra, y se 
disputaban los amigos á quien los hacía mejor, re- 
sultando el estímulo y amor propio en ellos, de lo 
que se aprovechaban unos y otros, y unas veces ha- 
bía platos disparatados, que no habrían hecho favor 
ni al más pobre galopín ó marmitón de cocina, 
y otros que no hubiera desdeñado el mejor cocinero 
del mundo y el más famoso cordón bleu. 

Pero con estas reflexiones nos hemos apartado del 
objeto de nuestro artículo, que es el relato de la 
broma que vamos á referir de Manzagano. 

Habiendo llegado hacía poco tiempo al país don 
Samuel LafFone, muy joven aun, tuvo deseos de 
conocer la campaña, y al efecto buscó una buena 
cabalgadura, y acompañado de un buen baqueano, 
hombre de toda su confianza, se puso á recorrer 
parte de ella. 

Para mal de sus pecados, cayó en la mencionada 
estancia del célebre celebérrimo Manzagano, donde 
lo recibieron como de costumbre recibían á todos los 
huéspedes, en palmitas, y no estando aun muy ver- 
sado en el español, don Samuel, empezaron por di- 
rigirle ya algunos chascarrillos desde que se aperci- 
bieron que era extrangisy como entonces decían á 
los extranjeros, y en la mesa, donde siempre reinaba 



COSAS DE ANTAÑO 1 9 



el buen humor y la alegría, fué el pobre el pavo de 
la boda, como quien dice, donde como había mu- 
chachas, que eran las hijas del dueño de casa y al- 
gunas de la vecindad que se allegaban á lo de Man- 
zagano, por lo mismo que siempre había forasteros; 
no se podían escapar de alguna fumada y mucho 
menos don Samuel que no estaba hasta entonces 
muy versado én el idioma, ni menos de las costum- 
bres del país, como va á verse. 

Después de la comida se entabló juego de pren- 
das entre los mozos y las jóvenes, y á don Samuel 
le tocó estar en berlina cuantas veces le hacían una 
pregunta, y contestaba, como era natural, mal á to- 
das, lo que producía la hilaridad general. 

Así se entretenían hasta las diez, hora en que 
todos tocaban retirada á sus aposentos; á don Sa- 
muel le significaron que así podía hacerlo, y aun lo 
acompañó Manzagano al cuarto que le destinaban; 
y dándole las buenas noches lo dejó solo; y cerró la 
puerta por fuera. 

Don Samuel se apercibió entonces de que no ha- 
bla cama, notando después que no había más que su 
montura y una silla coja en todo el aposento. Hacer 
ruido y llamar, no le pareció prudente, pues no que- 
ría incomodar, y arrimando entonces con verdadera 
flema inglesa, la silla á la pared, se sentó en 
ella, y vencido por el cansancio y fatiga de la jor- 



20 COSAS DE ANTAKO 



nada, sus ojos se cerraban, pero cuando iba á dor- V 

mirse, cualquier inclinación mala del cuerpo, hacía 3 

que la silla bambolease y se viniese al suelo. En ri 

esta situación amaneció sin poder descansar, y ::i 

cuando recién despuntaba el alba, apareció Manza- j: 

gano con un mate en la mano á ofrecérselo y á pre- :el 

guntarle cómo había pasado la noche. Al ver que no ] 

había más que la silla de montar y la silla de sen- 
tarse, se hizo el sorprendido y le preguntó: 

—¿Cómo ha dormido.?^ , 

— Ya lo ve, le contestó, no muy bien. :i 

— Pero hombre, nosotros creíamos que venía us- i 

ted montado en apero, que es como se acostumbra -) 

en este país y que sirve de cama á todos los viaje- ¡ 

ros, en cualquier parte, en poblado como en despo- 
blado, y tal vez las muchachas hayan creído que como 
todos los días vienen de las Europas tantas invencio- 
nes nuevas, creerían que la silla de usted servía 
también de cama. 

Le pidió con mucha urbanidad disculpa y aun 
fingió reprender á sus hijas y criados porque no ha- 
bían prevenido que no tenía en dónde dormir aquel 
huésped, y don Samuel se dio por muy satisfecho, 
aunque otra cosa le quedaba por dentro, como di- 
cen, pues la broma de pasar tan mala noche no era 
poca cosa. 

En esto le avisaron que estaba pronto su caballo, 



COSAS DE ANTAÑO 21 



y que lo esperaba su acompañante, que de seguro, 
aunque en el potrero ó bajo alguna enramada, ha- 
bría dormido mejor que su patrón, y despidiéndose 
con mucha urbanidad de todos los miembros de la 
familia Manzagano, montó en su corcel, y seguido 
del baqueano y hombre de confianza, se alejó de 
aquel lugar al galope. 

Ver montar á caballo á un extranjero, es una 
diversión para nuestros hombres de campo, y si los 
ven maturranguear como es de cajón, siendo para 
ellos sinónimo, extranjero y maturrango, enton- 
ces están en el colmo de sus delicias. Y cuando 
pueden les ponen algún hueso debajo de la silla, 
y al tiempo de sentarse sobre el animal, corco- 
bea y saca al maturrango por la cabeza; ese es 
ya el colmo de la broma que más agrada al pai- 
sano y motivo de gran jarana y risa. 

Lo que es á don Samuel, creemos que por atención 
no le pusieron hueso ni cuerpo extraño debajo de la 
silla de montar, ya debían figurarse, que recién lle- 
gado al país, no debía ser muy jinete, y que á la 
gente aquella tan propensa y dispuesta á las bro- 
mas, les era bastante con haberse burlado bien de 
su modo de cabalgar. 

La broma no paró en sólo lo que hemos narrado, 
y don Samuel, que creyó verse libre de aquella 
gente endemoniada, no contaba bien ciertamente 
con la huéspeda. 



22 COSAS DE AKTAÑO 



Después de haberse alejado como una legua, ve 
venir á gran galope á dos ó tres gauchos, que 
desde que se iban acercando empezaron á llamar- 
los para que se detuviesen. Lo hacen así, y enton- 
ces conocen que son algunos de los peones de Man- 
zagano,y el más ladino se dirije á Laffone y le dice 
que necesita urgentemente su patrón hablar con él. 

Don Samuel quiso eludir el volver allí ; pero tanto 
le instó y tanto le hizo comprender que era necesario 
que volviera á la estancia, pues era algo muy formal 
y serio lo que tenía que hablar con él Manzagano, 
que determinó volver donde no hubiera querido 
presentarse más, porque ya se figurarían que se ha- 
bía hecho cargo de que la noche toledana que había 
pasado, no era más que una broma bien pesada. 

Llegó á la casa, y vio á toda la familia reunida 
al frente, y acercándose á Manzagano le preguntó 
para qué era que lo había hecho volver. En- 
tonces Manzagano, con mucha calma y con más 
flema que don Samuel, que era inglés, como sabe- 
mos, empieza por apostrofarlo, que no debía con- 
ducirse tan mal con gente que lo había hospedado 
y tratado tan bien, y que no hubiera creído que 
un caballero y un Mister fuese capaz de haber 
hecho una acción tan fea. Don Samuel se confundía 
cada vez más al oír á Manzagano, y no sabía qué 
motivos había dado para tales reproches. 



COSAS DE ANTAÑO 2$ 



Le pide Manzaganoque abriera la balijade viaje 
y que viese loque se llevaba de la casa. 

Lo hace así don Samuel, y revolviendo la ropa, se 
encuentra con algunas cucharas de plata y cuchillos 
que debían haberle puesto allí aquellos diablos 
fingiendo que se los llevaba. 

Q)mprendió entonces la broma pesada don Sa- 
muel, y ya no quiso saber más de tener trato ni 
contacto con aquella endiablada gente, y picando su 
caballo, se aleja para no volver más por allí. 

Creemos que recordaría siempre aquella fumada, 
y que si alguna vez tuvo después que pasar por 
aquel lugar, no le quedarían ganas de volver á hos^.. 
pedarse en la estancia del celebérrimo Mangazano, 
que le había jugado bromas tan pesadas. 



EL Tío GOLETA 



Muchos años ha, existia en la invicta ciudad de 
Montevideo, un buen vecino, á quien llamaban y co- 
nocían por el tío Coleta. Era un ente original en 
grado extremo, que se hizo célebre por sus singula- 
ridades y rarezas. A pesar de haber pasado la cos- 
tumbre de llevar como los toreros una trenza en 
forma de coleta en la parte posterior de la cabeza, y 
que le sobresalía del cuello, no había abandonado 
esa costumbre y murió con ella. Los muchachos le 
gritaban por la calle: tío ColetUj y lo mismo cuando 
pasaban por su casa, y él se enfurecía de tal ma- 
nera, que no dejaba de llenarlos de los más tremen- 
dos improperios, con que la lengua española tanta 
se distingue para semejantes casos, y aún para arro- 
jarles lo primero que se ofrecía á la mano. 

Tenía un almacén en la calle de San Luis, donde 
despachaba, y á donde sólo iban muchos por hacerlo 
enojar, pues era de un carácter irascible, pues por 
cualquier cosa se alteraba, y era esto motivo de di- 



COSAS DB ANTAÑO 2$ 



versión para este pueblo que entonces no pensaba 
en otra cosa sino en divertirse y pasar el tiempo de 
jarana. Era el tio Coleta sumamente avaro, y no 
comía, como dicen vulgarmente, huevos, por no ti- 
rar las cascaras ; y para dar una prueba de su modo 
de ser, se cuenta que le duró una vela como diez años, 
pues no hacia más que prenderla para mirar debajo 
de la cama y cerciorarse de que no habia nadie y 
apagarla en seguida. No es extraño que le hubiese 
durado asi, no digo ese tiempo, sino toda la vida, 
como aquel otro que se mandó hacer unas botas y 
de sesenta años murió sin habérselas visto rotas, pues 
que nunca se las puso. 

Las muchachas, que entonces no se desdeñaban 
de entrar en un almacén á hacer compras para su 
casa, y que los padres las mandaban hasta ya mozas^ 
lo embromaban de todos modos, y el tio Coleta se 
enfurecía de tal modo, que las ponía en la calle de un 
brazo diciéndolas: «¡anda! que tus padres te ense- 
ñen mejor >. 



Tío Coleta, tío Coleta, 
Está usted con la rabieta. 



Y otras veces : 



Tío Coleta, tío Coleta, 
Tiene mala la chaveta. 



26 COSAS DE ANTAÑO 



le gritaban cuando ya estaban lejos de sus manos, 
porque sino no se hubieran escapado de algún mo- 
jicón cuando menos. 

Era el tío Coleta un hombre alto, muy delgado^ 
de facciones huesosas, ojos pequeños y hundidos, y 
no usaba barba. Vestía generalmente muy pobre-r 
mente los días de trabajo, pero el domingo se ponía 
su traje mejor para ir á misa, y si era invierno, se 
envolvía en su buena capa de paño burdo, que era 
todo su lujo. 

De misa volvía á su casa y ya no salía. No se le 
conocían amigos íntimos, ni tenía intimidad con na- 
die. No buscaba relaciones, y sólo conversaba con 
los que lo iban á ver por algún negocio ó por bus- 
carle la boca. Caminaba agrandes trancos, y siem- 
pre mirando de un lado á otro, desconfiando de todo. 
Duro que caía en sus manos, no veía ya la luz, pues 
lo escondía Dios sabe dónde, en algunas botijas, que 
era el receptáculo entonces de los que guardaban su 
dinero, pues entonces no habían Bancos ni casas de 
crédito en donde depositar cantidades, ni que cerra- 
sen sus puertas á lo mejor y se quedasen á la luna 
de Valencia, como sucede muy frecuentemente hoy 
con los crédulos que, bona fíde^ entregan su dinero 
á los señores banqueros para que se los conserven, 
y se queden con ellos. 

Esto no quiere decir, que no hubiera alguno ó al- 



COSAS DE ANTAÑO 27 



gunos que husmeaban dónde se encontraba algún 
escondrijo, en esos tiempos en que figuraba éntrelos 
mortales el tío Coleta, y pusiese en planta lo del es- 
tudiante del prólogo de Gil Blas, con el alma ente- 
rrada del famoso licenciado. 

De tal manera, reuniendo peso sobre peso y no 
dándoles circulación alguna, el tio ColetUy según la 
opinión de los que lo conocieron, debió haber reali- 
zado una más que regular fortuna. 

Pero de nada le servía ésta para prodigarse al- 
gunas comodidades y pasar lo mejor posible en el 
viaje que hacemos tan brevemente por este mundo; 
muy al contrario, cada vez que aumentaban sus 
medios, más economías hacía, y solo, sin alma vi- 
viente que se interesase por él, vivía en una tras- 
tienda, teniendo por todo mueblaje un catre, una 
silla coja que servía de lavatorio, una mesa de pino 
y algunos cajones vacíos que servían de asientos. 
En aquel cuarto colgaban las telarañas casi encima 
de su cama, como si le pudiesen servir de cortinas, 
y la escoba ni el plumero jamás se habían manejado 
en aquel lugar : así el polvo estaba en todas partes 
como de un espesor de un dedo, y campando por su 
respeto. Aquella negligencia y falta de aseo da una 
medida exacta de lo que era el tio Coleta^ quien, sin 
ser un filósofo, ni tampoco ser un bohemio, se había 
acostumbrado á vivir de aquel modo muy bien, 
según su modo de pensar. 



28 COSAS DE ANTAÑO 



Los que lo veían lo criticaban, pero poco ó ningún 
caso hacía á los que le reprochaban su modo de vi- 
vir, y hubiera llegado á vivir como un Matusalem, 
sin algo que le indigestó la salud y puso fín á sus 
días. 

El caso fué, que alguno de los cacos que anda- 
ban por este pueblo en aquellos tiempos, que no de- 
bían ser tantos sin duda, como los de ahora, dieron 
con alguna de las botijas de dinero que tenia sepul- 
tadas quién sabe dónde, y se las robaron. 

El tío Coleta se apercibió pronto del robo y quiso 
prender cielo y tierra contra todos: apeló á la justi- 
cia para que se interesase por el asunto ; ésta nada 
pudo descubrir, á pesar de todo el empeño que tomó 
y puso, y desde entonces, aquel hombre empezó á en- 
tristecerse, á ponerse como un esqueleto, y al fin mu- 
rió de consunción, entregando su alma al Creador. 

Es inútil decir que á su entierro no fué nadie, y 
que murió como había vivido : solo y aislado. 

Cuando la justicia se hizo cargo de la casa, halla- 
ron que tenía objetos de gran valor debajo de la 
cama y de los muebles; allí había utensilios de plata 
y de oro, mezclados con el polvo y la basura del 
aposento. 



LA GASA ENDIABLADA DEL PADRE SAüGO 



En aquellos famosos tiempos en que se creia 
en duendes, brujas y apariciones del otro mundo, 
la gente de este benemérito pueblo tenía un terror 
pánico á una casa que habia pertenecido al padre 
Saúco. 

Un pleito ruidoso, que duró mucho tiempo, entre 
los parientes, fué causa para que permaneciese, 
después de la muerte de su dueño, inhabitada, y 
de ahí empezaron á verla, los que vivían á sus in- 
mediaciones y los que pasaban por allí, con ojos 
llenos de terror. 

No se sabe propiamente lo que era causa de ese 
miedo, pero se contaban cosas inauditas, de fantas- 
mas que aparecían á media noche, de cadenas que 
se oían rodar, de ruidos y voces extrañas, de luces 
fosforecentes que iluminaban la casa de vez en 
cuando, y en fm, de cuanta cosa extraordinaria é 
inverosímil hay, y que entonces se creía en ellas á 
puño cerrado entre el pueblo. 



30 COSAS DE ANTAÑO 



La casa era de altos y estaba situada al lado de 
la actual iglesia de San Francisco, y permaneció 
solitaria mucho tiempo, como hemos dicho. Domi- 
naba la ciudad por un alto mirador; las puertas y 
ventanas siempre cerradas; las paredes, sin ha- 
berse blanqueado hacía años, le daban un aspecto 
lúgubre, que aumentaba el pavor de las buenas 
gentes, siempre predispuestas á creer en lo maravi- 
lloso y en la intervención en todo de las almas 
del otro mundo, y algunos creían de buena fe que 
allí dominaban los espíritus malignos; y otros, -que 
no creían en supercherías, se alzaban de hombros y 
se reían á mandíbula batiente de tales paradojas. 

El caso es, que entre los primeros y los segundos, 
crédulos y también incrédulos, se armó una apuesta 
á que no había quien se animase á entrar á las doce 
déla noche, y recorrer la solitaria casa y dejar cla- 
vado en el último patio un cartel para dar fe de que 
había llegado hasta allí. 

Nadie se animaba á hacer tanto entre los valientes 
que desafiaban todos los peligros y se burlaban de 
la credulidad que dominaba en el ánimo de algu- 
nos, sobre la creencia de que pudieran haber duen- 
des ni brujas metidos en aquella casa ; pero des- 
pués de muchas insistencias, se ofreció uno de los 
que más despreocupados habla entre aquellos de 
pelo en pecho, como dicen, que no creen ni en Dios 



COSAS DE ANTASO 3 1 



n¡ en el Diablo^ que por una cantidad relativamente 
inferior á lo que podría estimar el pellejo y tener 
tacto ni contacto con espíritus infernales, y con 
asombro de los que creían á pie juntillo que en 
aquella casa había intervención de ánimas en pena, 
á entrar solo y hacer lo que le dijeran. 

Se arregló la apuesta, y esa misma noche en que 
tuvo lugar el convenio, debía poner en práctica 
lo pactado. No sabemos si tuvo tiempo de con- 
fesarse, y aun menos de comulgar, para tan grande 
empresa como aquella, y si algo tenía, hizo dispo- 
siciones testamentarias; pues que aunque manifes- 
tase poco miedo para arrojarse en aquel — 

«Inmenso imperio del espanto, 
Estancia del dolor, mansión del llanto» 

como dicen los versos del famoso drama « El Diablo 
predicador >, no las tendría todas consigo, pues tanto 
y tanto se había hablado de aquella casa endia- 
blada, que algún temorcillo no le había de faltar. 

Llegó la hora de la prueba, y los que habían apos- 
tado, se fueron reuniendo en el lugar donde estaba 
situada la casa, á esperar al valiente que debía 
afrontar tan descomunal empresa. 

Ya se hacían comentarios porque tardó algunos 
minutos, de (}ue se habría echado para atrás, como 



32 COSAS DE ANTAÑO 



vulgarmente se dice, y que no vendría, cuando en 
esto lo vieron aparecer. 

Entonces fueron todos á su encuentro, admirados 
de verlo decidido siempre á llevar á cabo su teme- 
raria obra, y hay quien, condolido de lo que le 
podia acontecer, le aconsejaba que no entrara, 
pues que perdería su parte de apuesta con gusto, 
con tal de que no hiciese aquella locura. 

El hombre, fuera ya por amor propio, ó bien que 
tuviese completa conciencia de su serenidad, no hizo 
caso de esto, y cuando daba el reloj de la ciudad 
las doce y media, armado de un palo, para resguar- 
darse, no de ánimas, sino de algunos que no lo 
eran y podrían hacerle mal tercio ó alguna mala ju- 
gada, como decía, y de una linterna para alum- 
brarse y de un gran cartelón que decía como si 
fuera otro Julio César : 

«Llegué, vi, vencí» 

que debía dar fe de que había llegado hasta los 
fondos de la casa, donde debía clavarlo, que era lo 
estipulado, se dispuso á realizar lo que se había 
pactado. 

Aquel valiente, sin más ni más, penetró en aquel 
tenebroso lugar, habitado, según pública voz, por 
espíritus infernales y malignos, y al abrir la puerta y 



COSAS DE AKTASÍO 35 



verlo penetrar, muchos de aquellos timoratos se 
santiguaron y empezaron á temblar como verdade- 
ros azogados, de temor^ por no ver aparecer las 
ánimas. 

Con paso firme y ánimo varonil, con la luz que 
arrojaba la linterna que llevaba en una mano 
para ver, y el bastón empuñado en la otra, se intro- 
dujo en las habitaciones, subió á sus altos, abrió sus 
balcones y apareció después como un verdadero 
fantasma en el mirador, y de allí invitó á que en- 
trasen á los de la apuesta que hablan quedado 
afuera, gritándoles que no fuesen cobardes y que se 
dejasen de creer pamplinas de muertos ni de cosas 
del otro mundo. 

Es inútil decir, que nadie se atrevió á tanto, y que 
se contentaron con ver que había habido un hombre 
capaz de desafiar y conjurar á todos los espíritus 
malignos, y que ganó la apuesta. 

Se creía que con esta prueba se acabarían los 
miedos que inspiraba aquella casa entre las gentes 
sencillas del pueblo, pero no fué asi, sino que á pesar 
del ejemplo que había dado aquel hombre animoso 
para destruir supercherías, el temor que inspiraba, 
se aumentó día á día, y cada vez poblaban de ma- 
yores fantasmas aquel sitio, tanto, que hasta de no- 
che evitaban el pasar por su frente, ni cerca, y aun 
se persignaban las beatas y temblaban los pobres de 



34 COSAS DE antaSo 



espiritu, cuando tenían por precisión que acercarse 
á aquel lugar donde duendes y brujas moraban, se- 
gún la superstición les hacía creer, y se persignaban 
y rezaban al pasar. 




EL CELEBRE JüANGHO 



Existía en tiempo del dominio de la madre Es- 
paña, un sujeto muy nombrado, que era una especie 
de factótum que para todo servía, que en todo en- 
tendía, y que unas veces ejercía empleos delicados 
como encargado y representante de la justicia, como 
en un dos por tres desempeñaba cargos los más in- 
significantes, ó me lo ponían preso cuando había pa- 
sado algo en este benemérito pueblo. 

Else personaje lo llamaban Juancho. Era el tal 
Juancho,un mulatón vivo como un rayo, de esos que 
se pierden de vista, como dicen, y que se imponen 
y son una necesidad reclamada en todas las cir- 
cunstancias, y que aunque se quiera prescindir de 
ellos, no es posible. 

Asi, si se trataba de cualquier cosa, sin el célebre 
Juancho no se podía hacer nada. Si se quería hacer 
alguna fiesta en honor de este ó de aquel personaje, 
del rey ó del gobernador, ó de cualquier otro, 
Juancho era el encargado de todo ; se quería decir 



36 COSAS DE ANTAÑO 



un gran Te Deurriy ahi se hallaba Juancho ; ó bien 
se querían correr cañas, y ahí tenían á Juancho en 
campaña, haciendo unas veces de sacristán y otras 
de torero, así como de alguacil cuando era menes- 
ter. 

Nada, pues, se podía hacer sin la intervención del 
célebre Juancho, que todo lo arreglaba, lo facilitaba, 
y para quien nada había imposible ; así es, que la 
popularidad de Juancho era inmensa, y con mucha 
justicia y razón ganada, pues que con su claro in- 
genio y sus disposiciones naturales, zanjaba todas 
las dificultades y allanaba todas las montañas. 

Todo se le consultaba, y en cosas de justicia era 
donde más tenía que desempeñar su gran papel; 
pues él husmeaba con buen olfato, dónde, cómo y 
cuándo, se había hecho algún desaguisado, algún 
robo ó crimen, y daba con el rastro de los autores 
ó malhechores, con tanto tacto y acierto, y tan buena 
puntería, que los cazaba muy pronto y se los entre- 
gaba á la justicia, y sin estar perdiendo el tiempo 
mucho ni poco, pues la justicia era rápida y ejecu- 
tiva entonces, y andaban las cosas no tan cachacien- 
tas como ahora, y no se eternizaban las causas; eran 
absueltos ó castigados en breves días y se concluía 
de una vez todo, y la vindicta pública quedaba sa- 
tisfecha, aun cuando estaba fresca la impresión del 
daño causado en el pueblo, y no como ahora, qu¿ 



COSAS DE ANTAÑO 37 



cuando se castiga, ya ha pasado tanto tiempo, que 
se le castiga al reo dos veces : una por los años de 
prisión que ha sufrido y otra por la pena que debe 
sufrir, y si ésta es capital, mucho peor. 

Lo más particular del caso, era, que en cuanto 
habia sucedido algo grave, ya se mandaba buscar á 
Juancho y no se le dejaba descansar hasta que no 
daba con el hilo del crimen, y día y noche se le veía 
para acá y para allá en la investigación de la ver- 
dad. Pocas veces se burlaban los criminales de él, y 
calan en la trampa cuando menos lo pensaban, y con 
la vara de la justiciales echaba el guante y los po- 
nía presos. 

Pero donde verdaderamente se lució Juancho, fué 
en la venida de los famosos tigres que desde el Ce- 
rro invadieron la ciudad, viniendo á nado desde allá. 

Figúrense qué alarma no produciría ahora mismo, 
no digo entonces que era un pueblo diminuto, el 
ser sorprendido cualquier mañana muy temprano, 
con la noticia de una invasión de tigres. Al mejor se 
la doy, como dicen, y estaríamos viendo tigres por 
todas partes, asi como muchos ven ingleses, aunque 
con más verdad, ahora; ¿ cómo sería entonces ? 

El caso es, que Juancho, como decimos, se lució, 
yendo en persona con su espadín y vara de la jus- 
ticia á ponerse frente á frente de uno de aquellos 
huéspedes que malas bromas usan, y queriendo des- 

8 



38 COSAS DE ANTAÍÍO 



pnchar una de aquellas fieras, con espada en mano, 
nuestro pobre Juancho salió mal ferido por una de 
sus caricias, pues le metió en un brazo y en un 
hombro las uñas, y por poco no me lo despacha. 

Es inútil decir, que al saberse ^que el célebre 
Juancho estaba herido, hubo una consternación ge- 
neral, pues era, además del tipo más popular en- 
tonces, muy querido por todo aquel benemérito ve- 
cindario. 

Juancho era un hombre alto, más bien grueso 
que delgado, de color cobrizo ; ojos vivos y perspi- 
caces, de movimientos muy rápidos y de una facili- 
dad extrema para concebir y desarrollar sus pro- 
yectos. 

En todo estaba presente ; pero en donde se lucia 
con su uniforme y su espadín, era en las procesio- 
nes del estandarte real ; allí ordenaba todo, se con- 
vertía en un cienpies, que tan pronto estaba en la 
cabeza de la procesión como en la cola, mandando 
y ordenando que no hubiese confusión y que todo 
marchase en regla. 

El estandarte era llevado por el Alférez Mayor 
del Rey, y era ésta una solemnidad a la que se le 
daba todo realce, pues sólo se hacia dos veces al 
año, en Corpus y el día de Año Nuevo, ó bien cuando 
había algún acontecimiento extraordinario. 

La ceremonia consistía en cabalgar, siguiendo el 



COSAS DE AKTAÑO 39 



estandarte real, todas las autoridades con toda so- 
lemnidad y pompa, ricamente vestidos y bien enjae- 
zados los corceles que montaban, y presididos por 
el Alférez Mayor y el Alcalde Ordinario y otras au- 
toridades, se dirigían á la casa del Gobernador, que 
recibía á la comitiva, tomaba el estandarte y se 
agregaba á la procesión. 

Daban una vuelta por la Plaza Mayor y después 
se detenían en el Cabildo, donde depositaban el es- 
tandarte. 

En todo esto, la personalidad de Juancho, aunque 
muy inferior en clase, sobresalía; pues de todo par- 
ticipaba y en todo se le veía, y ningún detalle, por 
más inferior que fuese, se le escapaba ; así, que 
todos los qu& lo conocían, descansaban en su dis- 
curso y habilidad, y estando presente, en cualquier 
cosa que se le encomendase, ya se aliviaban de un 
peso inmenso. 

Parece que en una de esas procesiones, Juancho, 
que solía achisparse algo, estando más que lo de 
costumbre, causaba la hilaridad y algazara de los 
muchachos, lo que producía un mal efecto en aquella 
solemnidad. 

Fué conducido arrestado, y hasta que se le pasó 
la mona, no le dieron libertad. Pero era tal lo que 
lo querían, que todo el vecindario se interesó de tal 
manera por Juancho alegre, que difícilmente habría 



40 COSAS DE ANTAÑO 



podido estar en la gayola mucho tiempo, y las mis- 
mas autoridades, que sabian que les era indispensa- 
ble para todo, no lo hubieran dejado tampoco. 



LA GASA DE US ANIMAS 



Creerán que no hay participación de almas del 
otro mundo en las cosas terrenales, y que una vez 
que nos morimos todo concluye para este mundo; 
pues voy á relatar un hecho que prueba lo contra- 
rio, aunque pequemos de crédulos y crean que no 
estamos en este siglo de las luces, ni de apariciones, 
ni de cuentos de brujas, con que tanto se alarmaban 
en tiempos de antaño, y que dicho sea de paso, no 
creo yo tampoco, pues el que se muere, como dice 
el refrán, muerto se queda y no vuelve más. 

Pero, si no vuelve, puede hacerse sentir de algún 
modo, y es lo que hubo con lo que voy á referir, que 
sucedió en este pueblo, y de lo que puedo dar fe, 
sin ser escribano, pues no es de lo que me conta- 
ron, sino que lo presencié y pude convencerme, 
aunque no pueda afirmar bien seguro si fueron 
ánimas las que intervinieron, aunque es más que 
probable, si es que hubo casualidad, como decimos 
ahora cuando queremos explicar lo que no sabemos, 
como siempre. 



42 COSAS DE AKTAÑO 



El caso es original y voy á referido. Sucede que 
una buena señora, con regular fortuna, instituyó he- 
rederos á unos parientes al tiempo de morir, y dej6 
una de sus propiedades, que redituaba una regular 
renta, para su alma, y que se la dijesen de misas por 
su eterno descanso, y para las ánimas también del 
purgatorio que necesitasen de los sufragios de la 
iglesia para salir de él, donde estarían ardiendo y 
ganar el cielo. 

Yo lei el testamento, y en mis manos estuvo mu- 
chas veces y pude confirmar esto, como una cosa 
verídica y que no podía ponerse en duda : la vo- 
luntad era expresa y terminante de la testadora, y 
así se debía cumplir, pues cada uno es dueño de 
disponer de lo suyo y darle el destino que mejor le 
cuadre, mientras viva ó después de muerto. 

Pero parece que, alguno de sus albaceas, no le 
convino tal requisito y quedó sin efecto lo mandada 
por la testadora, y no se cumplió en esa parte su vo- 
luntad. 

Andando el tiempo, no faltó quien, husmeanda 
papeles, se encontrase con una copia del referido 
testamento, y proponiéndosela á uno de los parientes 
de la finada, que nada había heredado, se hizo det 
documento, y después de dar algunos pasos prelimi- 
nares para entrar en un arreglo y sacar ventajas 
desmedidas de los que usufructuaban la casa inde^ 



COSAS DE ANTAÑO 4J 



bidamente, en cambio del documento, viendo que 
no podía satisfacer su ambición, inició pleito, que 
revistió todo un carácter escandaloso, porque no hay 
quienes se insulten más, y más verdades de á puño 
se digan, que los parientes ; y en la prensa y en los 
tribunales, no se hablaba de otra cosa. 

Después de dar mucho qué decir y de pasar por 
todas las alternativas como tienen todos los pleitos 
en esta bendita tierra, sobre todo, que hacen perder 
tiempo, paciencia y mucho dinero, el poseedor del 
documento referido, que, dicho sea de paso, estaba 
siempre á tres menos cuartillo, en uno de sus con- 
tinuos apuros, de nuevo propuso á la parte intere- 
sada, entrar en arreglos y ceder el testamento por 
una cantidad todavía algo crecida, aunque ya ha- 
bía cedido algo de sus primeras pretensiones. 

No sabemos si alguno aconsejaría que no se 
le hiciese caso hasta que no viniera í\ términos más 
razonables, pues que sabía que había de volver á 
proponer nuevos arreglos, en las muchas necesida- 
des que urgentemente al pleitista asaltaban ; el caso 
es que fué así, y después de mucho andar y de re- 
volver cielo y tierra, como decía, y de esperar y es- 
perar á que los tribunales le dieran la razón y reco- 
nociesen el derecho que gestionaba, lo que es para 
aburrir á un santo, si los hay, sobre todo en esta 
tierra, que debían existir, pues que han habido más 



44 COSAS DE ANTA5ÍO 



mártires que los innumerables de Zaragoza, con 
nuestros desgobiernos y con la política, y podrían 
haber sido canonizados con mayor razón que mu- 
chos que están en el almanaque y se les rezan en 
las iglesias; como decíamos, el hombre aburrido, 
fastidiado, y más que todo, apurado por los ingle- 
ses, esa plaga infernal que no da paz ni tregua al 
que debe, entregó al fin el testamento en cambio de 
una bicoca, y quedó todo en paz. 

Después de muchos años de esto, y cuando ya 
nadie se acordaba del tal pleito, un día corre la no- 
ticia por la ciudad de que había sido devorado por 
el fuego aquel heredero que se había apoderado 
conscientemente de la casa de las ánimas, y había 
comprado á oro el silencio y la adquisición del tes- 
tamento, que lo iba á despojar de aquel derecho 
usurpado, de ocupar una propiedad cuya renta de- 
bía pasar á su destino. 

Todos vieron en aquello una casualidad, pues ya 
sucede aquí en este bendito país, lo que en todas 
partes donde se vive tan de prisa y se conmueve 
uno momentáneamente para olvidarse pronto, y 
sólo alguno que otro se acordó del pleito, que había 
tenido lugar, y miraron algo más que una casuali- 
dad, sino como una especie de justo castigo de las 
ánimas ó de la Providencia, en aquel que se ha- 
bía apoderado de lo que no le pertenecía, descono- 
ciendo la voluntad de la testadora. 



COSAS DE ANTAÑO 4J 



Y no crean que hay otro mundo, que las áni- 
mas pueden mucho ; traten á las gentes que crean á 
puño cerrado en esas cosas, de ignorantes, atrasa- 
dos, etc., pero el caso es que hay casos y cosas en 
que no tenemos más que decir : vea usted la mano 
de la Providencia en ellas. 

Seamos todo lo despreocupados que quiéramos, 
entre los que se cuenta un servidor de ustedes, entre 
paréntesis ; no creamos en Dios ni en el Diablo, 
esplíquese todo cuanto se quiera lo que pasa en 
este mundo de una manera muy natural, el caso es 
que dándonos aires de filósofos, á lo mejor perde- 
mos todo nuestro latín, como dicen los teólogos, y 
queriéndonos esplicar mucho, no sabemos nada, 
pero absolutamente nada; así aquel hombre de la 
antigüedad decia muy bien: < Sé que no sé nada >, 
y pasaba por uno de los siete sabios de la Grecia. 



L 



UN POETASTRO PORTUGUÉS 



Cuentan, y podemos afirmarlo, pues lo hemos 
visto, que nuestro popular poeta don Francisco A. de 
Figueroa, era un improvisador extraordinario, uno 
de aquellos repentistas que no hemos conocido otro 
igual. 

De todo sacaba partido, todo era motivo de ins- 
piración, y estuviese, donde quiera, en el café, en el 
hotel, en la iglesia, en un banquete como en la bar- 
bería ó en cualquier parte, era bastante para inspi- 
rarse y hacer un epigrama ó cualquier otro género 
de composición poética, donde había de todo, pero 
las más con su intención muy señalada y con su sal 
y pimienta, como dicen. 

Veía á una de esas beatas que se comen los san- 
tos de la iglesia y que son unas buenas piezas; pues 
ya improvisaba una cuarteta que decía: 

«Que importa, señora mía, 
Que, por pudor vuestro. 



COSAS DE ANTAÑO 47 



Cerréis la puerta al ave María, 
Si la abrís al padre nuestro.» 

Ó bien á un gran comilón : 

«El panzudo don Pascual, 
Comiendo asado un lechón, 
Dijo al mozo del mesón: 
« Trae vino, bruto, animal. » 
El criado contestó mohino : 
«Ya el vino estaba pronto. 
Pues aunque animal y tonto. 
Sé que el cerdo pide vino. » 

Sería interminable relatar todo lo que improvisó 
nuestro inmortal vate Figueroa, pues sus obras en- 
cierran muchos volúmenes que se han publicado, y 
otras composiciones que han quedado inéditas, que 
son de aquel inagotable ingenio y que no se han 
dado á luz aun. 

Á nuestro vate en todas partes se le veía, y no de- 
jaba de ser invitado á todas las reuniones, fue- 
sen públicas ó privadas, y en ellas era donde se 
lucia con sus improvisaciones ^ que hacían ver la 
facilidad de su numen. 

De todo sacaba partido, y ahora fuese de un brin- 
dis en latín que se le ocurre á don Juan Manuel 
Lasota pronunciar en el acto de felicitar al vicario 
Fernández, é improvisa lo siguiente : 



48 COSAS DE ANTAÑO 



«Un brindis en latin pronunció Lasota, 

Cosa del diablo; 

Melilla entendió un vocablo, 

Pero los demás ni una jota. 

Y á no haber habido algunas 

Macitas, con que hacer diente, 

Todos, hasta el Presidente, 

Se quedaban en ayunas.» 

O bien en una salut\c¡ón que hicieron algunos 
amigos á los profesores Muía : 

« Dos mulos que hembras no son, 
Sino sabios nacionales. 
Hoy de estudios comerciales 
Dan examen y función. 
Hombres hay que en parangón 
De tales muías son machos; 
Yo, á pesar de mis versachos, 
A sus alumnos admiro, 
Y hoy de contento me miro 
En la edad de los muchachos. » 

Ó bien á una señora que se le ocurrió enviar al 
profesor don Juan Manuel Bonifáz, una serpiente 
de dulce : 

«Porcia serpiente falaz. 
La manzana, Eva, comió; 
Y ahora en dulce apareció 



COSAS DE ANTAÑO 49 



Para tentar á Bonifáz, 
Pero dejemos que tiente 
Su fragilidad humana; 
Él se comerá la manzana 
Y nosotros la serpiente.» 

Ó bien en un convite, á que asistió, donde había 
un cerdito para comer : 

«Yo, á fuer de cristiano fiel. 
Como chancho y bebo vino. 
Aunque Mahoma previno 
Privación de éste y aquél. 
Yo saludo al que á la infancia 
Da sustanciosa doctrina, 
Y que á sus amigos destina 
Cosas de mayor sustancia.» 

Como hemos dicho, sería cosa de nunca acabar 
el relatar todas las improvisaciones de nuestro in- 
mortal vate. 

El caso que vamos á referir es curiosísimo. 

Sucede que, en uno de los días de fiesta nació* 
nal, algunos amigos se reunieron para comer juntos 
y festejar el día que conmemoraba una de nuestras 
glorias patrias. Era un diez y ocho de Julio, según 
creemos, y como era sabido, Figueroa no podía fal- 
tar á la comilona, pues era, además de gran poeta, 
un buen gastrónomo, y ninguna fiesta estaba com- 
pleta si él no estaba presente. 



50 COSAS DE ANTAÑO 



Nuestro poeta usaba gafas y se habia quedado 
afónico completamente de una bronquitis mal cu- 
rada, y no veía más allá de una vara, ni se le oía 
bien sino á muy corta distancia, y aun asimismo 
no se le entendía sino con mucha dificultad, tanto 
que, para recitar sus composiciones y sobre todo 
sus improvisaciones, tenía que valerse de otra per- 
sona que, hablándole al oído, repetía lo que había 
concebido aquella inteligencia privilegiada. 

Por demás es decirlo, que los chistes y las bro- 
mas reinaban donde estaba y era lo más oportuno 
en sus improvisaciones; así es que no lo dejaban 
descansar los amigos, y dándole tema ó bien propor- 
cionándoselo él mismo, pues de todo sacaba par- 
tido, de una nariz chata, como de un narigón; de 
un apellido, como de la menor circunstancia que pu- 
diera ofrecérsele, pues aquel inagotable numen era 
como una fuente que siempre producía. 

Así es que en la reunión á que nos referimos, 
como en todas á donde asistia, era Figueroa el hé- 
roe de la fiesta; pero figuraba un émulo suyo entre 
la reunión : un poeta portugués, que había venido 
precedido de gran fama y que, para honrar la fiesta 
y darle mayor esplendor, había sido invitado. 

Figueroa esperaba, y todos los de la reunión, que 

« 

dijera algunos versos, y asi se lo manifestaban, 
pero él á todos contesta, mais adiantey y en tanto 



COSAS DE ANTAÑO 5 1 



Figueroa seguía improvisando y entreteniendo á la 
amistosa reunión. 

En fin, aquel tapado no pudo descubrirse, fuese 
porque no todos tienen el don de improvisar, ó que 
creyese no poder competir con nuestro vate y le im- 
pusiese su numen, no hubo forma de que dijera 
nada en todo el tiempo que estuvieron en la mesa, 
y no hacia más que aplaudir de mala manera y for- 
zadamente á Figueroa. 

Inútiles, pues, fueron todos los empeños para que 
algo dijese aquel personaje que había venido prece- 
dido de gran fama de poeta portugués, y habiendo 
concluido de comer, resolvieron salir á dar un paseo 
y recorrer la ciudad, pues con motivo de ser día 
patrio, había iluminaciones y adornos en las plazas 
y en algunas casas particulares. 

Nuestro Figueroa, siempre en vena, á cada mo- 
mento se inspiraba de cualquier cosa en la calle, 
así como lo había hecho en la mesa, y lo hacía en 
todas partes, hasta que ya cansado y pasando por 
frente á la morada de un médico brasilero llamado 
Peixoto, que queriendo también festejar el día pa- 
trio había iluminado á giorno el frente de la casa en 
que moraba, lo pone en el compromiso al portu- 
gués, de que dijera algo, pues ya habían espe- 
rado bastante; todos le dicen lo mismo, que im- 
provise algo, pues que la ocasión no podía ser 



52 COSAS DE ANTAÑO 



mejor que estando en frente de la casa de un com- 
patriota que hablaba su misma lengua y era del 
mismo origen, y que algo tenía que decir, no ha- 
biendo podido oír nada de él á pesar de tanto ha- 
bérsele pedido. 

No pudo ya resistir á esto y dijo que estaba bien, 
y poniéndose frente á la fachada de la casa osten- 
tosa que habitaba el facultativo Peixoto, á quien le 
gustaba el fausto y las apariencias como buen fi- 
dalgo portugués, meciéndose los cabellos y con tono 
enfático enristró el disparatado cuarteto siguiente : 

«En vano es que ostentéis Peixoto, 
Deslumhrar con vostro frontispicio, 
Pues bein sabemos toudos 
O vostro desacomoudo. » 

Una carcajada estrepitosa que dejó frío al autor 
de semejante aborto, fué el aplauso que recibió, 
como era natural. 



UN GOBERNADOR ENTENDIDO 



Allá por los tiempos de la dominación portu- 
guesa, hubo un Gobernador interino, que recibió 
el apodo de corta oreja. 

Parece que ese caballero hacía cortar las orejas 
á cuanto caballo había en el campo, y so pretesto de 
que se hacia para reconocerlos como propiedad de 
la patria, los mandaba para su estancia sin empa- 
cho de ninguna clase, y parece que no fueron sólo 
caballos, sino que la orden se extendía hasta con 
las vacas con que se dice que pobló una estancia. 

Esta manera inusitada de apoderarse de lo ageno 
contra la voluntad de su dueño, ha sido y es aún 
desgraciadamente moneda corriente en esta bendita 
tierra, donde ha existido y existe el verdadero co- 
munismo, y se despoja como muy natural cosa 
á todos de lo suyo, cualquier caciquillo de los que 
abundaban tanto antes, y ahora no deja de ha- 
berlos, ó cualquiera de esos gobernantes que por 
llamarse muy liberales, lo libran á uno de lo que le 
pertenece. 



54 COSAS DE ANTAÑO 



Tanto como en Europa se preocupan de la cues- 
tión de nivelar las fortunas, de que no haya unos 
qua naden en riquezas y otros que carezcan de todo 
y vivan en la miseria, de buscar el medio de que to- 
dos tengan qué comer y como vivir cómodamente, 
pues aquí hace mucho tiempo que tan difícil como 
intrincado problema está resuelto. 

El que algo tiene y ha conseguido á fuerza de 
trabajo ó de industria hacerse de una posición, y 
reunir alguna regular fortuna, que le sirva para el 
sosten de su familia ó para descansar en la vejez, 
puede contar como seguro que tiene forzosamente 
que verla arrebatada cuando menos lo piensa, y 
no una vez, sino cuantas veces hay revueltas en este 
país, y esto es moneda corriente en él, aunque nos 
hagan entender que se acabó la era de los desór- 
denes y otras pamplinas por el estilo : la propiedad 
es de todos aquí menos de su dueño, y puede com- 
probarse bien el principio del célebre Proudhon 
que la propiedad es un robo y que, por consiguiente, 
el que roba á un ladrón tiene cien años de perdón, 
como dice el refrán. Esa es la consecuencia que se 
saca de ese sofisma, pues que no es otra cosa, diga 
lo que quiera Proudhon ó cualquier otro. Re- 
cuerdo, hablando de esto, un caso que dará idea de 
lo que decimos, que le pasó á un servidor de ustedes, 
no precisamente á mí, sino á un capataz que tenía 



COSAS DE ANTASO $$ 



en mi estancia. En uno de los bochinches que hu- 
bieron en esta desgraciada tierra, digna bien cierta- 
mente de mejor suerte, me dejaron la estancia 
pelada de treinta mil carneros y unas dos mil qui- 
nientas vacas, entre amigos y enemigos, aunque yo 
no reconozco los últimos, que acampaban en el 
campo, y en una de las razias que hicieron, el ca- 
pataz que era hijo del país, por mal de sus pecados,, 
fué á reclamar muy humildemente la justificación de 
los animales que habían muerto y de los cueros que 
se llevaban. El comandante, uno de esos truhanes 
que visten de militar en este país y que abundan 
tanto, que no tienen la más remota idea del honor 
ni de la hidalguía del soldado pundonoroso, encon- 
tró en aquel hecho, un desacato á su autoridad, y 
sin más ni más, me lo hace poner de soldado raso 
en uno de sus batallones, haciéndole, además, ra- 
zarle la cabeza y que no saliese de filas. 

Pero con estas reminiscencias particulares nos 
hemos alejado de nuestro argumento, que es el ce- 
lebérrimo corta oreja. 

Según las crónicas, dicen que estando en el solio 
de la gobernación, por orden suya, encomendaba á 
todos los subordinados que señalasen los animales 
cortándoles las orejas, y á los que ya les había sido 
cortado una, les cortasen las dos, pues la primera 
era la señal de que era propiedad del Estado y la 



56 COSAS DE ANTAÑO 



segunda representaba la propiedad particular de 
dicho Gobernador. 

No entendía mal el bueno del Gobernador, sus 
intereses particulares en el desempeño de los inte- 
reses públicos, y no ha dejado de tener desgracia- 
damente en tan alto puesto muchos imitadores, que 
lo han dejado muy atrás y que á su lado ha quedada 
casi niño de teta, después de tantos años ! 

Cuentan las mismas crónicas, del personaje de 
que nos ocupamos, que tenía un criado que lo ayu- 
daba á vestir, y cuando estaba hecho su atavío, le 
preguntaba poniéndose de frente: 

— <¿Qué te parece, estoy bien? dímelo con con- 
fianza.» 

El ayuda de cámara, que debió ser un simplón ó 
bien algún pájaro de cuenta, le contestó una vez, 
ya cansado de oír tal pregunta, cada vez que se 
vestía para ir al Fuerte: 

— < Señor don Tomás, que así se llamaba, (i) 
un palo vestido parece otra cosa. > 

Es de admitir que era don Tomás un personaje 
muy delgado y enjuto y muy desairado para caminar. 

Así es que le vino de molde lo que el buen ayuda 
de cámara le colgó y que quedó como refrán desde 
entonces entre nosotros aquella ocurrencia, cuando- 
queremos significar algo que artificialmente parece 
muy bueno, siendo naturalmente muy malo. 

(i) Creemos bien suprimir su apellido. 




UN INTENDENTE SUSPICAZ 



EIn la época de la Guerra Grande que han deno- 
minado de la Nueva Troya, por el tiempo que duró, 
habia de todo un poco, como en todas las cosas de 
esta vida ; mucho heroísmo, mucha abnegación y 
también mucho abuso y mucha miseria, que parece 
ser propio todo de la humana especie- 
Al lado de lo sublime está lo ridiculo, al lado de 
lo grande está lo pequeño, al lado de lo bello está 
lo grotesco y al lado de la virtud está el crimen, y 
^si sucesivamente en todo lo demás en este mundo. 
Shakespeare en todas sus obras nos representa una 
escena la más patética, y al lado, y casi en seguida, 
otra de la más grande bufonería, y está en la ver- 
dad, pues que el contraste es natural y vemos to- 
dos los días cuadros reales de llanto y de risa en 
este mundo en que hay más pesares que alegrías. 

Decimos esto, porque en aquella verdadera epo- 
peya de nuestras disensiones políticas, en que ha- 
bía rasgos verdaderos de valor y de heroismo, que 



38 COSAS DE AlíTAÑO 



enaltecían á nuestros hombres, hubieron tambiéa 
notas discordantes que amancillaron algo las glo- 
rias de la lucha. 

Entre ellas, cuéntase como una ignominia verda- 
dera el que un Ministro de Hacienda, en los momen- 
tos de suprema prueba porque pasaba el país, se 
apoderase de todas sus rentas y se fuese á Europa 
muy suelto de cuerpo á gozar de lo que no era suyo- 
Causó tal asombro, que aún se recuerda este hecho 
por los que aún vivimos de aquellos tiempos, coma 
una cosa que amancilla aquella época de grandes 
sacrificios y de inmensa abnegación, en que todos 
se disputaban con decisión extraordinaria quien ha* 
bía de hacer masen pro de la causa que se sostenía. 

Aquel Ministro se embarcó llevándose todo lo que 
pudo y hasta el importe de la venta de la pequeña 
escuadra que había sido vendida para atender á 
los gastos extraordinarios del sitio. 

General indignación produjo aquello, y Pacheca 
ordenó que fuese declarado traidor á la causa^ 
responsabilizándolo con sus bienes de todo lo que 
había sustraído y mandando que su casa fuese 
destruida y sembrado con sal su piso, para que no 
naciese ni una sola yerba en aquel sitio declarado 
infame. 

El decreto apareció firmado por el gobierno á 
cuyo frente estaba el honesto ciudadano don Joaquín 
Suárez. 



COSAS DE ANTAÑO 59 



Hemos visto en nuestros hombres públicos algu- 
nos que sin rastro de pudor han dejado un nombre 
desesperante de todo lo malo que puede haber, que 
han metido el brazo hasta el codo, como dicen, en 
las arcas del tesoro público, que han dispuesto de 
las rentas públicas como cosa propia; pero un rasgo 
de mayor audacia que aquél, no sabemos que haya 
tenido lugar antes, entonces, ni después en este des- 
desventurado pais. 

La casa fué demolida en parte, según se había 
mandado y destechada, y no se llevó á cabo la or- 
den de sembrar su suelo de sal, talvez por alguna 
contra orden, y porque ya no fuera de tiempo 
aquello. 

Sin embargo de que habia necesidad de probar 
entereza y fuerza de voluntad para contrarrestar todo 
lo que pudiera desmoralizar aquel sitio que pasaba 
por las más duras pruebas, pues había momentos 
en que los mejores y mas templados espíritus se 
apocaban por instantes, por el cúmulo de dificul- 
tades que como montañas pesaban sobre su resis- 
tencia, que á fuerza de constancia y de fe sabían 
defender los que se hallaban entre los muros de la 
heroica Montevideo; sin embargo, repetimos, la 
lección fué amarga, y aunque aquel Ministro se 
llevó los caudales públicos, en su conciencia debió 
siempre quedar el remordimiento, y en su faz debió 
más de una vez asomarle la vergüenza. 




OTRAS CUENTAS DE UN GRAN GAPITAN 



Don Fructuoso Rivera había sido nombrado Co- 
mandante General de campaña, al subir á la pre- 
sidencia don Manuel Oribe, en recompensa de lo 
que había trabajado para elevarlo á la primera ma- 
gistratura. Verdad es que no había hecho más que 
compensar lo que el último había prestado de con- 
curso él y los suyos, para que no cayese su autori- 
dad, ocupando la presidencia cuando tuvo lugar la 
revolución de Lavalleja, con quien decía que con- 
taba para ella, pero que le convino tal vez más á 
don Manuel sostener á Rivera que meterse en 
aventuras de revueltas, y creemos que hizo bien, 
pues mala suerte tuvo Lavalleja en su desgraciada 
empresa, teniendo que refugiarse en el Brasil y ser 
internado, y en fin, comer por mucho tiempo el 
pan amargo del destierro. 

Métase usted á redentor y saldrá crucificado, es 
lo que les pasa á muchos, sino á todos, en todos 
tiempos y en cualquier parte. 



COSAS DE ANTAÑO 6 1 



Don Juan A. Lavalleja era uno de esos que po- 
drían decir con razón eso mismo, pues él fué el jefe 
de los libertadores, él quien había organizado la in- 
vasión al país, quien nos había redimido de las ca- 
denas del Brasil, y quien había hecho más proezas 
en la guerra, y cuando menos, le correspondía des- 
pués del triunfo y después de habernos constituido 
de hecho y de derecho, la primera presidencia; pues 
no fué así, y le colgaron la galleta, nombrando á don 
Fructuoso Rivera que había estado sirviendo al Bra- 
sil cuando aquél estaba expatriado, y que no podía 
de manera alguna tener la consideración de tan gran 
patriota que nunca había traicionado sus ideas y 
principios. 

Pero así son las cosas de este mundo y no tene- 
mos más remedio que conformarnos con lo que 
sucede y nos viene, y decir como el poeta : 

c( Dad bienes fortuna 
Que no están escritos, 
Cuando pitos, flautas. 
Cuando flautas, pitos.» 

Y seguir la danza hasta que Dios quiera, que el 
mundo ha sido, es y será siempre lo mismo, y unos 
nacen con estrella y otros estrellados, ó como decía 
un amigo, de la misma madera se sirve para hacer 
santos y también para hacer carbón. 



62 COSAS DE ANTAÑO 



Y basta de refranes, que sino vamos á ensartar 
más que Sancho. 

Nombrado, como hemos dicho, Rivera, Coman- 
dante General, empezó á derrochar el dinero que era 
un gusto, y las cuentas iban y venían como granizada, 
y Oribe pagaba, ó mejor dicho, el Erario, esa vaca 
lechera que de tanto ordeñar se ha quedado hasta 
sin ubres y escuálida como esqueleto ; pero al fin ya 
se cansó de recibir y más recibir cuentas de gastos 
y quiso poner un límite á aquella informalidad. 

Hasta aquí habían existido las mejores relaciones 
entre ambos, pero una vez que quiso poner orden á 
aquella inmoralidad ya se enojaron los compadres. 

El general Rivera que tenía otras cualidades so- 
bresalientes y que se recomendaba por su humani- 
dad y otras dotes, tenía el gravísimo defecto de ser 
un despilfarrador de primera fuerza y disponía de lo 
propio y de lo ajeno lo mismo que nada, y daba lo 
que era suyo y lo que no era, al primero que le pe- 
día algo, sin miramientos ni empacho de ninguna 
clase. 

Sabemos que una vez á uno que le había prestado 
un gran servicio, quiso recompensarlo debidamente 
y le otorgó un área de campo, que ya había dado 
á dos ó tres más anteriormente sin acordarse de 
ello, y cuando le hicieron presente aquello, le dijo 
que no tuviera cuidado porque no habría de faltar 



COSAS DE ANTAfíO 63 



campo para darle sin ser aquél. Creemos que lo 
haría, pero tal vez pasaría lo mismo, pues siempre 
era asi. 

Oribe, ya en el camino de regularizar aquellos 
gastos, exigió á Rivera la presentación de cuentas 
de los gastos originados, y aquí fué Troya, pues se 
vio en figurillas para presentarlas, y los empeños se 
hicieron al gobierno para que cediese, pero nada 
se consiguió. Oribe no cejó, y no hubo más re- 
medio que darlas, y fueron mandadas á una Comi- 
sión para su examen. Pero, por más buena volun- 
tad que existiese, pues en esa misma Comisión 
habían amigos del General Rivera, no estaban 
nada regulares y fueron desaprobadas. De aquí 
provinieron las desavenencias entre Oribe y Ri- 
vera que tantos males habían de costar al país. 
Hubo quien aconsejó á Oribe que no hiciese presión 
por aquello á Rivera, pues se evitarían males y la 
guerra civil ; pero no quiso acceder á ese consejo, 
pues pretendía moralizar todas las ramas de la ad- 
ministración pública; pero, ¡qué caro costó al país 
aquello, sobre todo teniendo que habérselas con Ri- 
vera que tenía un gran partido y que podía hacer 
mucho mal ! Y así fué; pronto se levantó en armas 
contra Oribe á quien había hecho elevar á la presi- 
dencia, y ya sabemos todas las calamidades que he- 
mos pasado después por aquel hecho. 



64 COSAS DE ANTAÍ^O 



El origen de todas esas desgracias fueron las cé* 
lebres cuentas de campaña, que, cual las de Gonzalo 
de Córdoba, podían figurar muy bien 

«Entre palas, picos y azadones, 
Cien millones de millones. » 




LAS ALARMAS FALSAS DE PAGHEGO 



En el asedio que sufría Montevideo por Oribe, 
hubieron cosas verdaderamente de hacer crispar los 
nervios al más valiente, como también cosas ver- 
daderamente de sainete. 

Hubieron escenas conmovedoras, hechos inaudi- 
tos, dignos de figurar en una epopeya ; paladines 
que han dejado muy atrás á los que nos habla la 
historia y la poesía, pero como reverso de la meda- 
lla, habían hechos y cosas originales y que no se 
comprenderían si no fuese en el mundo todo con- 
traste. 

Al lado de lo sublime está lo ridiculo, es una gran 
verdad, y no hay más que un paso de lo uno á lo 
otro, como el genio y la locura no se distancian más 
que por un pequeño límite. 

Pacheco, que indudablemente estaba dotado de 
genio, imprimió al asedio toda su inteligencia, y no 
se puede negar que á él se le debe en gran parte 
la resistencia que se hizo á Oribe, y poder conseguir 



66 COSAS DE ANTAÍ^O 



que durase tanto tiempo, inspirando á todos entu- 
siasmo, valor y bríos. 

Pero á la par de esto tenia, como todos los hom- 
bres, sus pequeneces que empalidecían en gran 
parte sus condiciones. 

Mucha tela habría en qué cortar para probar 
lo que esto y mucho más presenciaron y vieron, 
pero para dar un ejemplo basta sólo citar un he- 
cho que singulariza aquella época excepcional. 

En los más terribles momentos del sitio, cuando 
todos, pocos más ó menos, temblábamos porque el 
enemigo hiciese un asalto á la ciudad, pues nos pin- 
taban á Oribe y secuaces como unos verdaderos ca- 
níbales, y que se comían hasta la gente, no esca- 
pándose ni los niños, pues que á nada ni á nadie 
respetaban. Pacheco, á las altas horas de la mañana, 
mandaba tocar á rebato las campanas de las igle- 
sias y hacía recorrer las calles á la artillería y ca- 
ballería á gran galope, metiendo un ruido infernal 
que amedrentaba á los miedosos y á los que no lo 
eran también, habiendo habido casos de que te- 
miendo algunos ya tener las falanjes de Oribe á sus 
puertas, se escondían bajo siete estados, como di- 
cen, y aún entre las polleras de las mujeres. 

Sabemos de uno que se tiró á un algibe y pere- 
ció ahogado, otro que de un balcón se tiró á la calle, 
creyendo por este medio librarse de Oribe, y se 



COSAS DE ANTAÍíO 67 



desnucó; de otro, y fué el más célebre, que se le- 
vantó de la cama con aquel ruido infernal, y sin 
acordarse de vestirse, tal era la prisa que llevaba, 
se armó con su lanza, se puso sus espuelas, y car- 
gaba su apero de montar y á pie, sin otro traje que 
el de Adán poco ó menos, se fué á la línea á pres- 
tar su contingente para que no entrara el enemigo. 
Las primeras veces, como sucede en todo, el 
susto de algunos fué mayúsculo, pero tan repetidas 
fueron las alarmas, que ya poco ó ningún caso les 
fueron haciendo, hasta que concluyó porque nadie 
saliese de su casa ni se moviese de su cama, y lo 
más que hacían era roncar más. Hasta que un día á 
Oribe se le ocurrió venirse con toda su gente, con la 
intención de asaltar á la ciudad, y á pesar del re- 
bato de las campanas y de todo el aparato que po- 
nía Pacheco en juego, nadie ó muy pocos se mo- 
vieron de sus casas, y aviados hubiéramos estado si 
no se le hubiera ocurrido al tiempo descargar sobre 
aquellos asaltantes, más agua que no la vio el dilu- 
vio universal. Se desencadenó una borrasca de que 
pocos ejemplos ha habido en este país, y eso que 
llueve aquí que es un gusto, cuando menos se piensa, 
y hay unos pamperos que duran días y días, que 
embican buques y llevan todo por los aires, y á esto 
fué debido que no los hubiéramos tenido adentro, 
pues que refrescó los ardores bélicos de los asaltan- 



68 COSAS DE ANTAÍiO 



tes, que habiendo alcanzado hasta el Cristo, tuvie- 
ron que soportar la lluvia torrencial de toda la no- 
che, y retirarse en completi desmoralización al otro 
día, que siguió lloviendo sin cesar y duró una semana 
entera. 

Fuese providencial aquello ó una simple coinci- 
dencia, el caso podrá definirlo según su paladar y 
buen juicio cada uno; pero el hecho sucedió así, y 
ya no volvió Oribe á pretender más asaltos desde 
entonces, verdad es que tenía sus presentimientos y 
creía en los azares y advertencias del hado, como 
todos los grandes capitanes y hombres que han so- 
bresalido en cualquier cosa, que pagan su tributo á 
las humanas flaquezas y creen en cosas sobrenatu- 
rales, como nos lo dice la historia. 

La verdad del hecho es, que si no hubiera llovido 
á torrentes, tal vez el ejército sitiador hubiera pener 
trado en la ciudad, pues era compuesto como de 
quince mil hombres, y se habría reproducido lo de 
la fábula de Fedro, que, por tantas veces engañar 
el pastor que venía el lobo, cuando vino, nadie lo 
creyó y le comieron los carneros, y lo mismo ha- 
bría pasado con tantas alarmas falsas de Pacheco, 
que ya nadie les hacía caso, por lo mismo que se 
habían chasqueado tanto. 




MANERA DE DESBALIJAR A LA GENTE 

EN EL SITIO GRAKDE 



Como ya hemos dicho, hubieron cosas que eran 
inmorales en aquel memorable acontecimiento, en- 
tre tanto heroismo y valor, desprendimiento y ab- 
negación. 

Por mucho malo se pasó y se puso á prueba de 
mil maneras el patriotismo de todos. 

Hubieron rasgos de un desprendimiento com- 
pleto ; patricios como don Joaquín Suárez, donaban 
su fortuna en aras de la patria, y muchos otros 
ejemplos de esta abnegación se podrian citar de 
aquellos momentos. 

Hombres inválidos, desvalidos que no tenían ni 
qué comer, con numerosa familia, concurrían á la 
linea á defender la ciudad sitiada por el ejército de 
Oribe, 

Todos, en consuno, formaban entusiastas la fa- 
lanje de guerreros de la causa que entendían que 
era la salvaguardia de sus derechos. 



70 COSAS DE ANTAÑO 



Oribe se habia aliado á Rosas, y había invadido 
con un ejército argentino, en su mayor parte, y esto 
era sobrado motivo para rechazarlo. Se le ofrecía la 
paz bajo condiciones honrosas para su causa, pero 
consultando con Rosas, éste desaprobaba todos los 
arreglos que se hacían, pues su objeto era arruinar- 
nos y ponía en práctica el Delenda est Montevideo, 
es preciso destruir á Montevideo, como el romano 
que repetía siempre Delenda est Cartago, la rival 
de la poderosa Roma. 

El caso es que para sostener aquel prolongado si- 
tio, que duró casi tanto como el de la famosa Troya, 
hubo necesidad de hacer toda clase de sacrificios de 
vidas y de intereses, vender propiedades del Es- 
tado, plazas y hasta un costado de la Iglesia Matriz, 
hoy Catedral. 

En los apuros constantes que había, Pacheco y 
Lamas, ponían en» planta cuantos medios podían 
imaginar, lícitos é ilícitos, y no se paraban en pe- 
lillos, como dicen, ni en consideraciones de nin- 
gún género para lograr recursos. 

r 

A unos les embargaban sus intereses, porque se 
ausentaban del país ó no estaban en él ; á otros los 
desbalijaban de cuanto tenían en sus negocios, y en 
fin, cuando había algún ricacho, se le imponía bajo 
pena de mandarlo á la línea y á las primeras avan- 
zadas cargando con el fusil, si en el perentorio tér- 



COSAS DE ANTAÑO 7 1 



mino de algunas horas no entregaba tal ó cual can- 
tidad, que, según era la necesidad y el estado del 
-comerciante, subía ó bajaba, y llegaba á veces de 
una pequeña cantidad á muchos miles de pesos. 

Y no había tu tía, como reza el refrán, si no la 
entregaban, podían estar seguros que al pié de la 
letra se cumplía la orden, y buen cuidado tenían de 
no hacerlo, si estimaban su pellejo y no querían que 
alguna bala traicionera los agujerease, pues llovían 
como granizada, entre líneas y todo el día, durante 
no había armisticio, pues continuamente se daban 
el lujo de estar tirando. Se les daba un recibo para 
pagarles cuando el Erario estuviese en situación de 
reintegrar la cantidad percibida, y esto podía con- 
tarse que nunca sucedería, porque el Erario siem- 
pre ha estado y está exhausto. 

La consecuencia de esta medida arbitraria, fué 
que muchos se ausentaron del país, ya cansados de 
tantas sangrías. 

Conocimos muy de cerca á un patriota que, te- 
niendo que ausentarse del país, después de haber 
servido como pocos, le embargaron sus intereses 
y quedó su familia en la estrechez, y aun en la 
miseria, y no le levantaron el embargo, hasta ya 
casi terminar el sitio, disponiendo en todo ese largo 
tiempo de los alquileres de sus casas, sin otra ra- 
2Ón sino que el Estado los precisaba. 



72 COSAS DE ANTASo 



Como éste hubieron muchos casos, que á veces, 
si no la mayor parte, no respondían más que al es- 
píritu de hacer presión sobre ciertas y determinadas 
personas, pero que daban una triste ¡dea de aque- 
llos mismos, que en otras cosas, daban motivo para 
apreciar sus cualidades, y que empeoraban la si- 
tuación ya de sí muy mala, con medidas tan violen- 
tas y de carácter irritante. Mala manera era aquella 
de hacer prosélitos, pues nada hay peor que los 
atropellos y los actos autoritarios para una causa, 
por más santa que sea, pues que la desprestigian 
completamente. 



LA PUTA AGÜÑADA 



Hubo en aquel memorable sitio la idea de acuñar 
moneda, en medio de las dificultades que se atrave- 
saban, que no eran como para pensar en eso, ni en 
cosa parecida, pues que el Gobierno no tenía rentas 
bastantes para solventar sus compromisos, y sobre 
el país pesaban las calamidades de la guerra más 
•desastroza, que lo arruinó completamente. 

A nadie se le hubiera ocurrido que estando arrui- 
nados, se pudiese pensar en fabricar dinero, pero en 
aquel tiempo que caracteriza toda una época de co- 
sas extraordinarias y sin precedentes, eso mismo 
hace ver lo que era. 

No se arredraban los hombres que estaban al 
frente de la defensa ante ningún obstáculo, y por más 
dificultades que los rodeasen, más empeño ponían 
en hacer cosas que verdaderamente eran milagros. 

Sellar plata en aquellos momentos, era una cosa 
tan estupenda que más no podía ser, y sin embargo, 
Á pesar de lo disparatado que era aquello, y que no 



74 COSAS DE ANTAÑO 



podía caber en cabeza sana, la casa de moneda se 
fundó, las máquinas se hicieron venir, se organizó la 
administración, ¿ pero de dónde se sacaba la plata ? 

Hay estaba el busilis. 

Entonces se hizo un reclamo á la población para 
que voluntariamente hicieran donación de toda la 
chafalonía que tuvieran, para fundirla en moneda. 

Es de advertir, que todas las personas pudientes 
y aún las que estaban en regular situación, tenían 
casi todos sus objetos de uso, de plata, candeleros, 
candelabros, palanganas, jarras, fuentes y otros 
utensilios, aun hasta de oro, pues todo fué á la casa 
de moneda. 

Esos objetos se hacían venir del Perú, si no eran 
fabricados aquí mismo, y era rara la familia que no 
los tuviese, como decimos. 

Algunos de buena gana y otros de muy mala, to- 
dos contribuyeron con sus donativos para sellar mo- 
neda de plata, y se llenó la casa destinada para ello 
con todo cuanto había de ese metal, pero se hicie- 
ron algunos ensayos, y después, por no se sabe qué, 
se suspendió el trabajo, tal vez porque había otras 
cosas que reclamaban más urgente atención. 

Pero no por esto se devolvió la plata á sus legíti- 
mos dueños, pues que se hizo humo, es decir, que 
fué á parar á manos de quién sabe, menos de aque- 
llos; verdad es que á los más favorecidos les tocó uno 



COSAS DE ANTAÑO 75 



que otro peso del ensayo que se había hecho, y se 
tuvieron que contentar con esto, pues á otros no les 
tocó nada. 

Buena manera aquella de sellar, quedándose con 
lo ajeno ; pero éstas y otras cosas eran propias de 
aquel tiempo en que se hacían cosas muy buenas, 
pero también muy malas, y por lo mismo muy re- 
prensibles, y que no eran ni podían calificarse sino 
de abusos de confianza de los hombres que domi- 
naban. 



US INDIRECTAS DE TARDAGÜILA 



Quién no ha tenido ocasión, alguna que otra vez 
en la vida, de oír y aun decir á sus amigos: « esas 
son indirectas de Tardáguila >, que parece que eran 
muy directas y se iban al bulto, como dicen los tore- 
ros cuando los bichos, como llaman á los toros, son 
traicioneros y no hacen caso de la muleta y buscan 
el cuerpo ; ó que eran verdades de á puño, como las 
del famoso padre Cobos, que de esto no cabe duda. 

Muchas veces en la vida he tenido ocasión de oír 
repetirlo mismo y han quedado como refrán las ta- 
les indirectas. 

Por ejemplo: hay algún individuo, como me ha 
sucedido á mí con un amigo, que desea algo, pues 
no tiene más que hacerse presente y darse á com- 
prender con algunas indirectas muy directas, insi- 
nuarse, y después dejarse caer aplomo sobre algún 
prójimo con sus pretensiones. 

Á uno que le gustaba una capa que usaba un 
servidor, no sabía cómo hacerme conocer cuánto le 



COSAS DE ANTAÑO 77 



gustaría tener ese abrigo; cómo le quedaría de 
agradecido á cualquiera que le regalase una, que 
sería un servicio que no lo olvidaría nunca, y otras 
veces se ponía á clasificar las ventajas de aquel 
abrigo : el que tiene capa, escapa, ó bajo la capa 
todo se tapa, decía siempre ; el valor del paño ó lo 
bien cortada que estaba; en fin, tantas y tantas in- 
directas me hizo, que no tuve más remedio que po- 
nérsela al fin en sus hombros y quedarme sin ella. 

Hay tienen ustedes una indirecta á la manera de 
Tardáguila. 

Otro sujeto, que deseaba de cualquier manera 
poseer una prebenda, ó mejor dicho, un empleo, 
visitaba á cuanto personaje estaba en el candelero, 
como vulgarmente dicen, y poniendo por las nubes 
sus aptitudes, aunque fuesen, como muy frecuente 
son, nulas, en los que gobiernan, solía de tal ma- 
nera insinuarse pidiendo algo, que entonces se 
descubría la hilacha para zahumar con tanta ins- 
tancia á los que podían servirle para alcanzar su 
objeto. 

Y al fin, después de tanto y tanto andar bajando 
la espina dorsal con sus saludos y quedarse encor- 
vado, con tantas solicitudes y adulaciones, ¿cómo 
no habría de haber alguno que recompensase sus 
buenos oficios, y cayendo en cuenta del motivo de 
tantas indirectas, le diese lo que ambicionaba; y 



78 COSAS DE ANTAÑO 



ya conseguida su prebenda se echase á dormir muy 
suelto de cuerpo, pues ya tenía asegurada su vida 
en vida, y después de muerto, con el sueldo de ju- 
bilación y gracia especial para su familia? 

He ahí otro ejemplo de las indirectas de Tardá- 
guila. 

Sería cosa de estar citando ejemplos y más ejem- 
plos en este sentido y en cualquier otro de este gé- 
nero, pues es interminable lo que ha dado tema 
Tardáguila por sus indirectas, que son como un 
refrán constante, y así es que lo vemos aplicado á 
cuanta cosa se le puede ocurrir á cualquier prógimo 
para insinuarse de cualquier manera, indirecta ó 
directamente, según lo desee y dando en el blanco, 
que es el objeto. 

A tantos conozco que les han dado tan buen re- 
sultado esas indirectas, que habría una lista larguí- 
sima que anotar, 'si tuviéramos que probar los re- 
sultados de ese medio. 

Pero vamos al caso, ¿existió Tardáguila, ó es 
simplemente una invención.? 

Ya lo creo que existió, y en esta benemérita ciu- 
dad. Era un hombre alto, seco de carnes, de mirada 
velada, que se dejaba caer de una manera tal, que 
abrumaba al más pintado con sus insinuantes ocu- 
rrencias y sus indirectas que dejaban patitieso al 
más despreocupado, y prosélitos ha dejado muchos, 



COSAS DE ANTAÑO 79 



que si no se parecen en lo físico, en lo moral tie- 
nen sus mismas condiciones, y que se descuelgan, 
cuando menos lo pensamos, con algún resuello de 
buso. 

Cuentan de Tardáguila, que una ocasión se en- 
contró, como vulgarmente dicen, con la horma de 
su zapato, con otro sujeto que le daba tres y raya 
en lo de dejarse caer á plomo, y que, para decir 
verdades de á puño, nadie le ganaba. 

Se hicieron amigos entonces, y sin más, ya se 
apercibieron de qué pie cojeaban los dos. 

— Amigo Tardáguila, le dijo, me aseguran que 
es usted muy campechano y que le gusta seguir 
la guasa y dejarse caer con alguna verdad de gran 
calibre, y que ni el mismo célebre padre Cobos se 
le iguala. 

— ^Amigo, yo digo siempre lo que siento y nada 
más, y no ando con empacho ni hipocresía para 
decir verdades, le contestó Tardáguila. 

— ^Entonces, déme usted la mano, pues yo soy lo 
mismo y voy á probarle que 

Usted, yo y el padre Cobos, 
Somos unos verdaderos lobos. 

No sabemos si asi lo haría, pero creemos que 
tendría necesidad de muchas pruebas para adquirir 



8o COSAS DE ANTAÑO 



y justificar la gloria de Tardáguila, pues hasta la 
posteridad ha alcanzado su nombradia. 

¡Pobre Tardáguila, creastes fama, pero cuántos 
otros te han dejado lejos ! 




EL GKLEBRE DON PASGÜÁLON 



Todos los pueblos han tenido sus tipos de gran- 
des mentirosos, y entre nosotros hemos tenido uno 
que creemos, que puede dejar atrás aun al mismo 
Manolito Gasquez, que pasa por el prototipo de los 
embusteros en España, que ha celebrado tanto sus 
embustes. 

Las cosas más extraordinarias, muchas de ellas, 
sino todas, sin ápice de sentido común, han sido in- 
ventadas por el celebérrimo don Pascual Díaz, na- 
rradas por don Pascualón, como lo llamaban, que 
las contaba con un aire tan serio y formal, y con 
tal gravedad, que contrastaba con lo que mentía. 

Había servido en el ejército libertador del Gene- 
ral San Martín ; había pasado los Andes y se habla 
hallado en casi todas las gloriosas jornadas en que 
triunfó aquel gran capitán. 

De esas campañas tenía tela para cortar bastante, 
y era fuente inagotable de sus mentiras. 

Recordamos haberle oído, que en una ocasión en 



82 COSAS DE ANTAÑO 



que el ejército estaba muerto de sed y se morían 
por centenares los soldados, acierta á ver en un 
árbol que estaba en medio del camino, un barril, 
y se le ocurre apuntarle y tirarle un tiro con su pis- 
tola ; cuando, dando la bala en el blanco, ¡ cuál no 
fué su sorpresa y la de todos, al ver que saltó un 
chorro de agua abundantísimo con el que se satisfizo 
á todo el ejército, que perecía de sed, y se hicieron 
provisiones para seguir la marcha y que no faltase 
aquel liquido tan necesario para la vida ! 

Pero no paró en esto el milagro, pues así lo clasi- 
ficaba don Pascual, sino que observándole alguno, 
que era una lástima dejar que tanta agua se perdiese 
inútilmente, halló que la observación era exacta, y 
amartillando la pistola de nuevo, y apuntando al 
mismo barril, tiró y tapó el agujero por donde 
había hecho salir el chorro, que tan providencial- 
mente les había salvado la vida, apagando la devo- 
radora sed que los consumía. 

Otro de los cuentos de aquel famoso embustero, 
que relataba con mucha formalidad, era, que con 
motivo de uno de los grandes triunfos del ejército 
libertador, cuando tuvo lugar la entrevista entre el 
gran General Bolívar y el no menos General San 
Martín, hubo un gran banquete para veinte mil 
hombres, cuya mesa inmensa ocupaba más de dos 
ó tres leguas, y eran servidos por escuadrones á ca- 
ballo y á gran galope. 



COSAS DE ANTAÍiO 83 



Oyendo alguien tan estupenda mentira, que con- 
taba muy serio don Pascual, para ver lo que decia, 
le objetó: <¿ y había caldo en aquel banquete ?> 

Á lo que contestó inmediatamente : 

<No sea usted torpe; ¿ha visto nadie que se 
sirva caldo en ningún banquete?». 

Con lo que le tapó la boca al entrometido. 

Otra vez, que había sido comisionado por el Ge- 
neral San Martín, de una comisión importantísima, 
de la que dependía la salvación del ejército, y que 
sin pérdida de tiempo y matando caballos, llegase 
cuanto antes á donde lo mandaba á entregar unas 
comunicaciones, y así lo efectuó, hasta que alcan- 
zando la noche y postrado el caballo que montaba, 
acertó en medio de la oscuridad á ver un bulto que 
consideró sería un corcel; armando su lazo, lo tira, 
y lo enlaza ; lo arrastra hacia él, le pone freno, lo 
ensilla, y sin más ni más lo monta y metiéndole es- 
puelas, anda como por el aire toda la noche en él. 

Cuál no sería su sorpresa al ver ¡ cosa inaudita 
y fenomenal ! al clarear el día, que había andado 
toda la noche.... ¿en qué creerán.'^ Pues nada me- 
nos que en un tigre. 

Esto es demasiado increíble para que colase, y 
todos los que lo oían tenían que sonreírse, pues no 
j)ermitía que se rieran, de manera alguna, de sus 
guayabas mayúsculas. 



84 COSAS DE AKTAÍÍO 



No concluiríamos de relatar todas las mentiras 
que contaba el bueno de don Pascualóriy con una 
tranquilidad y una seriedad, como si fuesen verda- 
des, que era esto lo que más llamaba la atención, y 
no podía nadie objetarle nada sin que se sintiese in- 
comodado. Era una especie de atavismo, ó bien, una 
manía que tenía de ensartar mentiras increíbles, sin 
sentido común. 

Era don Pascual Díaz militar, como hemos di- 
cho, y se había hallado en el ejército del General 
San Martín. De aquellas campañas vino con el 
grado de Sargento Mayor y siguió el servicio en su 
país, figurando en la guerra que se sostuvo con el 
Brasil, estando presente en la batalla de Ituzaingó. 
Tenía una foja de servicios como militar, que lo 
honraba. Así es que se le consideraba mucho. Tam- 
bién su persona infundía respeto : era un hombre 
alto, delgado, de una actitud marcial. Tenía una 
gran cabellera, y una barba entera y muy larga, 
blanca y bien cuidada. 

Vestía con decencia y aun esmero, lo que le daba 
un aspecto respetable : se parecía algo cuando se le 
veía, á un antiguo patriarca ó á un profeta, y más 
cuando nos ensartaba sus guayabas, pues que lo 
hacía lleno de inspiración. 

Ya hemos dicho que nadie se podía reír cuando 
largaba sus mentiras, pues se ponía furioso y tra- 



COSAS DE AXTA>JO Sí 



taba de malcriados y educados á los que tal cosa se 
permitian. 

Era preciso estar serio para que se esplayase ; no 
mofarse de él, y ni permitía aun que se le hiciese 
alguna observación á las estupendas mentiras que 
contaba ; y lo más particular de todo esto es, que 
parecía estar tan convencido en que decía la verdad, 
que creemos que últimamente creía que eran ver- 
dades lo que referia, pues á fuerza de tanto inventar 
mentiras, éstas se habían encarnado con él, tanto, 
que le parecían últimamente ciertas, y de ahí que 
se enojase cuando alguno se burlaba. 

Estuvo mucho tiempo de Comandante General de 
la fortaleza del Cerro, y creemos que en ese empleo 
murió. 

Una vez que fuimos á visitarlo á la misma forta- 
leza, y que nos recibió con mucho agasajo, pues era 
persona de buenas maneras y muy educado, como 
que era de la escuela del ejército del gran San Mar- 
tín, donde no había gente guaranga, como decía, re- 
firiéndose á algunos jefes y oficiales que ostenta- 
ban su mala educación; nos paseábamos por la 
plataforma de la fortaleza, y nos explicaba el cui- 
dado que había que tener en aquel cargo, pues te- 
nía además de la atención de la farola, que es la 
salvación del navegante, los depósitos de pólvora y 
el buen estado de la fortaleza. 



86 COSAS DE antaSo 



— ¿ Pero aqui se aburrirá usted mucho, un hom- 
bre como usted, tan sociable? le dije. 

— No lo crea, me contestó. Leo mucho, y para mí, 
es mi mayor entretenimiento ; no me faltan amigos 
que me proporcionan algunos buenos libros, y paso 
el tiempo agradablemente. 

— Además, agregó, soy muy apasionado á la 
pesca, y es mi entusiasmo tal por ella, que me paso 
las horas y aún los días con la caña, y muchas 
veces me duermo sin sacar ni un pejerrey. 

— A propósito, voy á contar á usted — y aquí, 
entre paréntesis, me encajó una mentira de grueso 
calibre, como lo van á ver, — lo que me pasó el otro 
día. Como le acabo de decir, soy muy aficionado y 
entusiasta por la pesca, y cuando nada saco, me suelo 
doi^mir. Pues bien, estaba en esta tarea, viendo si 
algo picaba, y como pasara el tiempo y nada hubiera, 
me dormí con la caña sostenida entre mis piernas y 
tomada por mis manos. Estaba con mi pito fumando, 
cuando en uno de los cabezasos que di, se me salió 
de la boca y se me fué al agua ; lo sentí, pero no 
hice caso. A los pocos momentos de esto, siento que 
la caña se mueve, se sumerje el hilo, me doy prisa 
á sacarla, y veo un hermoso pescado, que lo tomo, 
lo voy á meter en la cesta, que tengo al lado, y, cuál 
no sería mi sorpresa al ver que el pescado tenía en 
la boca el pito que se me había caído, y lo más par- 



COSAS DE ANTAÍÍO 87 



ticular del caso, aun encendido, tanto es que no tuve 
más que tomarlo y seguir fumando ! 

Figúrense cómo me quedaría con semejante gua- 
yaba; no podía reírme, porque se enojaba don Pas- 
cual , y no quería irritarlo, habiéndome tratado tan 
bien; pero era tan estupenda esta mentira, que to- 
das las de Manolito Gasquez no se le igualan. 

Otra vez, nos contó, que yendo á su diversión fa- 
vorita, al rayar el día, en que había una espesa ne- 
blina, que no se veían ni las manos, se embarcó 
€n un bote y salió un poco afuera, y viendo una es- 
pecie de islote, desembarcó allí y se puso sentado 
á pescar, y cuál no sería su sorpresa, cuando vio que 
aquello, que creía un islote, se movía y echaba á an- 
dar, y no era nada menos que una ballena que lo lle- 
vaba y de la que pudo zafarse y librarse de ser aho- 
gado, gracias á ser un buen nadador. 

¡ Pobre don Pascual! tenía un placer en mentir, y 
tanto había mentido, que para él era la cosa más 
natural, y vivió y murió mintiendo. 



UNA GAUSA 6ELEBRE 

Ó LA JUSTICIA EN TIEMPO DE ESPAÑA 



La tramitación judicial en tiempo de la madre 
España, era más ejecutiva que ahora, y no es por- 
que no hubiese litigantes temerarios y el recurso de 
apelaciones hasta de última instancia extraordina- 
ria, que era la presentación ante el Consejo de In- 
dias y aún hasta el de Su Magestad el Rey. 

Los alcaldes tenían en sus personas, atenciones 
muy complejas, y en los Ayuntamientos, que ejer- 
cían actos municipales, y hasta aun como Ministros 
de Justicia: en todo se metían y se expedían á tuer- 
• tas ó á derechas, según lo entendían, cuando no 
había algún asesor que los aconsejase bien ó mal. 

Pero el caso es, que aquellos magistrados, daban 
en el blanco las más de las veces, y que han quedado 
muy buenos recuerdos de esa institución, pues en los 
grandes conflictos, se les vio prestar grandes é in- 
mensos servicios, formando parte en los Cabildos. 

Así, en la invasión de los ingleses y toma de la 



COSAS DE ANTAÑO 89 



plaza, á todo atendían, en todo estaban, y si resis- 
tencia hubo y heroica, fué debida á sus acertadas 
medidas; pues á todo prestaban su atención, y desde 
las cosas más insignificantes hasta las más serías, 
nada quedó por hacer ( i ). 

El Virey Sobremonte, sabemos con la cobardía 
que se portó entonces, abandonando por completo 
á los defensores, y el Cabildo tuvo que ponerse al 
frente de la resistencia, y á sus medidas, fué debido 
-que el honor, cuando menos, se salvase de las armas 
españolas. 

Vamos á relatar una de esas causas célebres, que 
tuvo lugar en aquella época, y que da una ¡dea muy 
exacta de cómo se administraba la justicia entonces 
y el celo y perspicacia de los magistrados. 

El caso es el siguiente: á un honrado comer- 
ciante de esta plaza, le vino recomendado de España 
un joven, á quien desde el primer día que llegó á 
Montevideo y se le presentó, trató con el mayor ca- 
riño. Era éste un apuesto mancebo, que tenía el don 
de hacerse querer desde que se le veía y trataba ; así 
es que muy pronto se apoderó completamente de la 
voluntad de su patrón y hacía de él lo que quería. 

No muy amante al trabajo, le gustaba la vida 
holgada, y ponía á contribución á su principal á 

( I ) Puede verse como era así, en mi obra tttutada «r La invasión in- 
glesa en el Rio de la Plata», publicada en 1877. 



90 COSAS DE ANTAÍÍO 



cada momento. Éste no ponía reparo alguno en fa- 
cilitarle el dinero que le pedía, dominado completa- 
mente por su charla y adulaciones. 

Todos los que veían lo que pasaba, no se podían 
dar cuenta de la largueza de aquel comerciante con 
aquel joven, y extrañaban ver tanta prodigalidad en 
un hombre que no era muy dadivoso, y que, aunque 
muy honrado, vivía, con gran fortuna, humildemente 
al frente de su negocio, que estaba situado en la es- 
quina de San Miguel y San Felipe. 

El mozo, viéndose agasajado por éste, gastaba y 
triunfaba, y pasaba la vida alegremente sin pensar 
en trabajar. 

Tenía buena opinión entre las damas, á quienes 
siempre les gusta tipos así, de estos paseantes en 
corte, y más de una conquista había realizado. 

Todas se disputaban su cariño, y estaba en mo- 
mentos de contraer nupcias con una joven de buen 
mirar y de buena familia, y más que todo, de buena 
y mejor herencia. 

Pero la ambición todo lo trastorna y lo echa á 
perder. 

Y sucedió que una mañana, amanece la puerta 
del negocio cerrada, contra toda costumbre, pues era 
muy madrugador su dueño ; extrañaron los vecinos, 
aquello ; pasan las horas y sigue lo mismo cerrada 
la casa, hasta que la alarma cunde, se dan golpes á 



COSAS DE ANTAÑO JI 

la puerta y permanecen mudos adentro. Creen todos 
que se haya podido enfermar ó que le haya dado ur 
ataque en la noche y no pueda moverse; dan partí 
al Alcalde; viene éste con su vara de justicia, llam; 
por dos y tres veces, y siempre el mismo silencio 
entonces ordena que se eche la puerta abajo, se 
realiza, y, ¡cuál no seria el estupor de todos los asis- 
tentes, cuando, al penetrar, ven al pobre hombre ase 
sinado en su mismo lecho y bañado en su propií 
sangre ! 

El susodicho joven fué de los primeros en llegai 
al lugar, y viendo á su amigo y protector en aque 
estado, empieza á llorar amargamente, á abrazars» 
del cadáver y á gritar á grandes voces contra ta 
iniquidad : 

— ¡Oh, mi protector, mi padre, mí excelente 
amigo ! exclamó, ¡quién habrá sido el malvado quf 
le ha arrancado la existencia ! 

Todos encontraban muy natural aquel desahogo 
aquellos lamentos de quien tantos beneficios habíc 
recibido, y se enternecían al verlo asi desesperarse. 
Algunos, aún, hasta lo consolaban con palabras d{ 
resignación. 

Sólo el Alcalde no lo perdía de vista, lo exami- 
naba calladamente, sin decirle nada, y se ocupabe 
en tomar indagaciones á los vecinos, para ver si co- 
nocían algo de aquel crimen. 



92 COSAS DE AKTAÑO 



Ya transcurrido casi medio día, y viendo que el 
joven siempre estaba en la misma situación, pro- 
rrumpiendo los mismos lamentos, una inspiración 
repentina le asalta, y contra todo lo que se esperaba 
por los circunstantes, le pone la mano en el hombro 
y en el nombre de la justicia le da la voz de preso, 
declarando que es el criminal. 

Figúrense cómo se quedaría de perturbado ante 
semejante orden; protesta, se quiere disculpar, pero 
el Alcalde, inflexible, no cede; entonces se envalen- 
tona, quiere oponerse á su prisión ; pero ante esa 
actitud, el magistrado apela á su vara, exclama las 
conocidas palabras favor á la justicia, y entonces 
todos se ponen en su ayuda. Me lo trincan, y aun- 
que forcejea por librarse, mejor lo atan, y ponién- 
dose en camino, todos, el Alcalde, el presunto reo y 
los circunstantes, se dirigen por orden del primero á 
donde vivía. 

Entran al aposento, registran por todos lados, y 
ya se iban á retirar, quedando burlado el Alcalde y 
reconocida la inocencia de aquél, cuando se le ocu- 
rre, con su larga vara, levantar la colcha de la cama 
y mirar; saca alguna ropa sucia que había, la re- 
vuelve, y entre ella, ve una camisa ensangrentada, 
la examina y encuentra el nombre de la víctima. Se 
hacen nuevas investigaciones, y se encuentran el 
reloj y otras alhajas también pertenecientes al mismo. 



COSAS DE AKTAÑO 93 



Siguen haciéndose nuevas pesquizas, y se halla, en- 
terrado en un rincón, el dinero que había robado, en 
botijas. 

Ya no quedaba duda de que aquel hipócrita ha- 
bía sido el asesino de su protector, de su padre y de 
su amigo, como lo llamaba. 

Ante la evidencia del hecho y ante los cargos del 
Alcalde, por más que quiera presentarse como ino- 
cente y como incapaz de haber cometido semejante 
atrocidad con quien tantos beneficios recibiera, tiene 
que enmudecer al fin y resignarse ante la evidencia 
de los hechos que lo comprometían. 

De allí fué llevado á la cárcel, y con un celo ex- 
traordinario, en tres días, se sustanció la causa, se 
declaró convicto y confeso el reo, y fué enseguida 
ahorcado. 

El Alcalde que tomó parte en el descubrimiento 
de aquel crimen, fué mi abuelo don Antonio Pereira, 
que dio pruebas de conocer bien lo que importa, en 
ciertos momentos, para la justicia, el celo y perspi- 
cacia, y más que todo, la inspiración en los magis- 
trados, y lo citamos, por lo mismo que lo merece 
el hecho, y más cuando el autor del Montevideo 
AntiguOy al hablar de este suceso, no lo nombra y 
sólo se refiere á un Alcalde, que vivió en la calle 
de Pescadores. 



EL ASALTO DE LA PLAZA POR LOS INGLESES O 



Desde mucho tiempo, entre algunos Estados, se 
había tratado de la tentativa de apoderarse del 
Río de la Plata, que ofrecía la perspectiva de un 
gran resultado para el desarrollo del comercio, ins- 
tituyendo en estas posesiones un régimen diverso 
del que seguía España para con sus colonias, des- 
truyendo leyes absurdas de restricciones y monopo- 
lios que mataban toda industria, y el gobierno inglés 
era el que más se interesaba por destruir esa ba- 
rrera. 

La ocasión se presentó para llevar á efecto esa 
idea, como veremos enseguida. 

Poco después de un ataque violento é inesperado 
que sufrieron algunas naves españolas que partían 
de aquí con dos millones y pico de pesos, por el ca- 
pitán Mooré y sin previa declaración de guerra, no 



(•) Véase ra i obra ya citada: «La invasión inglesa en el Río de 
la Plata >), de la cual extractamos parte de esto. 



COSAS DE ANTAÑO 95 



trepidó en asaltarlos con sus buques <Amph¡om>, 
<L¡vely>, « Infatigably > y «Medusa», una fuerte 
división naval al mando del comodoro Sir David 
Popham, par de Inglaterra, con el objeto de apode- 
rarse del Cabo de Buena Esperanza, pero en el ca- 
mino cambia de idea y se propone llevar á cabo una 
empresa de mayor magnitud, y que, según opinión 
suya, daría mejor resultado. 

Esa empresa, que asaltó á la mente del aventurero 
marino, fué nada menos que la de apoderarse de las 
colonias situadas en el Rio de la Plata. 

Al efecto, desobedeciendo las órdenes terminantes 
que habla recibido de su gobierno, de no separarse 
ni un ápice de sus instrucciones, que eran de no 
abandonar á la Colonia Holandesa, como decimos, 
por propia inspiración, emprendió en 1 806 el pro- 
yecto asaz aventurado de conquista de las posesio- 
nes españolas situadas en estas ricas regiones. 

Y sin más dilaciones, el Comodoro Popham y Sir 
William Berresford, emprenden por su cuenta y 
riesgo esta atrevida empresa, aun creyendo en el 
desagrado de su gobierno y tener conciencia de que 
su conducta sería desaprobada ; y al efecto, tomando 
refuerzos en Santa Elena, la escuadra ponía la proa 
en dirección al Rio de la Plata. La escuadra se com- 
ponía de los buques siguientes, que eran de gran 
porte: <Encounter>, <Reasonable>, <Diamedes», 



96 COSAS DE ANTAÑO 



«Diadem» y <Leda>, seguidos de algunos transpor- 
tes, y que todos conducían como unos mil y quinien- 
tos hombres, destinados á llevar á cabo tan teme- 
raria empresa, la que sólo, por el escaso número, 
podría efectuarse por la sorpresa ó por un golpe de 
mano, y asimismo no podrían permanecer mucho 
tiempo disfrutando de su conquista. 

Al aproximarse la armada á las costas del Brasil, 
el comodoro Popham envió un expreso para infor- 
marse del estado en que se hallaban estos puntos y 
buscar los mejores parajes para navegar, y sin darle 
importancia alguna, las autoridades españolas vie- 
ron que un buque en que flameaba la bandera in- 
glesa, sondeaba con toda libertad el río, y aún asal- 
taba á una embarcación mercante y se apoderaba 
del cargamento que conducía, desapareciendo poco 
después. 

Los informes que le dieron al comodoro por aquel 
expreso, confirmarían sus ideas con respecto á la fa- 
cilidad de su pretendida empresa sobre las posesio- 
nes situadas en el Río de la Plata, porque inmedia- 
tamente puso en ejecución su obra, y el 9 de Junio 
de 1 806 el vigía de Maldonado señalaba el arribo 
de los buques ingleses á estas costas y poco después 
el del Cerro de Montevideo. 

El Brigadier don Pascual RuízHuidobro, Gober- 
nador de esta plaza, dio parte inmediatamente al 



COSAS DE ANTAÑO 97 



Virey, que lo era en aquel tiempo el marqués de So- 
bremonte, quien ignoraba completamente este hecho 
y ni aun sospechaba que pudiera tener lugar tal in- 
cidente y menos que los ingleses intentaran agresión 
alguna contra las posesiones españolas, y sin darle 
importancia al hecho, con su genial apatía y prover- 
bial indolencia, prefirió ocuparse de fiestas de fami- 
lia y de su rutinario despacho, antes que, como go- 
bernante previsor, dictar órdenes para reunir las 
fuerzas necesarias á fin de rechazar al enemigo, que 
amenazaba conquistar y apoderarse de estas regio- 
nes. 

Ruíz Huidobro, á pesar de este abandono, mandó 
reconocer las fuerzas enemigas con la escuadrilla su- 
til que existia en el puerto, y hostilizada por los in- 
gleses se vio en la necesidad de guarecerse en lugar 
seguro para no caer en su poder. 

Popham, consultando el mejor éxito de su expe- 
dición, comprendió que con las pocas fuerzas con 
que contaba, era más que aventurada empresa ata- 
car la plaza de Montevideo, tan bien fortificada, y 
decidió apoderarse da Buenos Aires, que no ofrecía 
tal peligro de resistencia. 

El 2 ^ de Junio de 1 806 toda la escuadra reunida 
aparecía frente de Quilmes, y en ese mismo día des- 
embarcaba en aquella costa el ejército aventurero, 
que había, por una de esas anomalías inesplicables, 



98 COSAS DE ANTAÑO 



de sorprender y apoderarse de una ciudad que tan- 
tas pruebas había dado y había de dar de inmensa 
abnegación, valor y heroísmo. 

El marqués recién entonces comprendió los peli- 
gros que le amenazaban y dictando á toda prisa ór- 
denes para organizar fuerzas para repeler al ene- 
migo, realizó su pensamiento, disponiendo de las 
milicias para guarecer la ciudad y enviando una co- 
lumna para que le saliese al paso y lo hostilizase; 
pero todo con tal precipitación y una falta de direc- 
ción y acierto que no puede de manera alguna jus- 
tificarse. 

Faltaban armas para la defensa de la ciudad y 
aun pólvora, y los vecinos las pedían inútilmente 
para defenderse contra aquella invasión temeraria. 

Era tal la imprevisión del Virey, que todos los 
destacamentos de línea habían sido remitidos á guar- 
necer á Montevideo, como si esta plaza no hubiera 
estado tan bien defendida y no en tanto peligro para 
un asalto como Buenos Aires, así es que comple- 
tamente desprovistos, fué necesario improvisar todo 
al frente del enemigo y bajo los apremios del mo- 
mento. 

Convino en desprender una columna como de 
quinientos hombres, que fué confiada al Brigadier 
don Pedro Arce, para salir al paso del enemigo, el 
que la dispersó completamente penetrando en la 



COSAS DE ANTAÑO 99 



ciudad los fugitivos en confusión, seguidos por las 
columnas inglesas que se apoderaron de la ciudad. 

El marqués, no considerándose seguro, abandona 
á los defensores y huye cobardemente para la 
campaña y no se detiene sino cuando se considera 
salvo. 

En la fortaleza se habían reconcentrado las fuer- 
zas que defendían la ciudad, y en ella se encerraron 
los restos fugitivos de la columna, como los destaca- 
mentos dispersos que fueron sorprendidos por las 
fuerzas inglesas. 

Pero era inútil en aquellos momentos toda resis- 
tencia ante aquella sorpresa y con un enemigo ague- 
rrido que había entrado á la ciudad á tambor 
batiente; así es que no tuvieron más remedio que 
capitular y la entrega de la fortaleza fué hecha con 
todas las formalidades de estilo en casos semejantes, 
y el estandarte británico tremoló orgulloso en los 
baluartes españoles. Las fuerzas que las guarnecían 
debían salir con todos los honores de la guerra y las 
banderas desplegadas, á tambor batiente, respetando 
personas, bienes y familias y permitiendo el libre 
ejercicio de su administración con arreglo á sus le- 
yes, etc. 

Parece que Popham no fué muy celoso por respe- 
tar este compromiso y que las violencias y exaccio- 
nes no se dejaron esperar, tanto más, cuanto que te- 



loo COSAS DE ANTAÍÍO 



niaa prisa de apoderarse del tesoro público, y asi 
amenazó í\ las autoridades con fuertes palabras si 
no le eran entregados los caudales del gobierno. 

La cantidad que le hicieron entrega ascendió á la 
suma de un millón y cuatrocientos mil pesos, que 
era lo que habia en las cajas, suma de que dispuso 
sin ningún reparo Popham, como cosa propia. 

Furo la verdad es que el conquistador británico, 
queriendo manifestar en toda su latitud los deseos de 
protcjer el comercio y la industria de estos pueblos, 
sometidos bien ciertamente á la más incomprensible 
tutela, como aferrados al más extravagante sistema 
económico que la Metrópoli les impusiera á sus co- 
lonias, no comprendiendo aun sus mismos intereses, 
con esa infernal política de restricciones, imposicio- 
nes y gabelas, que habían de producir lentamente el 
disgusto, la revolución y su separación absoluta; im- 
primió á sus medidas el sello de las libertades y fran- 
quicias comerciales, poniendo al Río de la Plata en 
iguales condiciones que las demás colonias que do- 
minaba la Gran Bretaña. 

Indudablemente, aunque breve y pasajera fuese 
la permanencia y dominio de las armas británicas 
iíU Uuenos Aires, no dejó por esto de influir inmen- 
hainente en el ánimo de la población sus ideas libe- 
rali*s, para emanciparse de los perniciosos vicios, 
fjiavámenes, trabas y dificultades con que luchaban 



COSAS DE \NTAS0 IOI 

las posesiones españolas para el desarrollo de su 
industria, de sus principios liberales y sus franqui- 
cias comerciales. 

El momentáneo dominio de aquel ejército, pro- 
curó los medios accesibles para el éxito de muchas 
especulaciones, y las mercaderías inglesas, que sólo 
por contrabando se introducían, pudieron libremente 
venderse, y así como ellas, las producciones de otros 
Estados. 

Sin embargo de las ventajas que les proporcio- 
naba el dominio inglés, tan diferente al de la Me- 
trópoli, la alevosía con que había sido atacado e! 
pueblo de Buenos Aires, contra todas las reglns del 
derecho de gentes y alta ofensa á la nación espa- 
ñola, despertaron la animosidad genera! contra 
aquellos que habían perpetrado tal ofensa, y el espí- 
ritu público se sublevó con justo motivo. 

Entonces, apercibidos de que habían sido subyu- 
gados por un escaso número de extranjeros, com- 
prendieron que sólo ia inesperiencia y falta de 
aptitud del Virey, pudo ser la sola causa para que 
se enseñoreasen á tan poca costa y sin trabajo al- 
guno de aquel pueblo, que siempre había dado 
pruebas de valor y que era inespugnable baluarte 
para dejar asentar sus reales á los usurpadores de 
territorios. 

El capitán de navio don Santiago Liniers, fué 



102 COSAS DE ANTAÑO 



quien en aquellas circunstancias encabezó la reacción 
de aquel pueblo que, víctima de una sorpresa ines- 
perada, no veia el medio de espulsar al extranjero. 

Era Liniers un distinguido marino cuanto valiente 
capitán. Testigo de la toma y posesión de la ciudad 
por las tropas británicas, lamentando en su interior 
la ineptitud del marqués de Sobremonte, que, con su 
indolencia, había dejado consumar semejante aten- 
tadoj trató de levantar el honor castellano, y se 
aprestó á preparar los elementos necesarios para la 
conquista de Buenos Aires. 

Para ello necesario fué que se pusiese en comuni- 
cación con los principales cooperadores de esta idea, 
y elevando una solicitud al mandat¿\rio británico, le 
pedía permiso para penetrar al pueblo so pretesto de 
atender á su familia, cuando, su objeto principal, era 
ponerse de acuerdo con los que anhelaban el mo- 
mento de arrancar el pabellón británico, que fla- 
meaba ufano en los edificios públicos de Buenos Ai- 
res, y espulsar á los invasores. 

Le fué concedido ese permiso, y pudo, entonces, 
Liniers, ver bien el grado de defensa que podían 
oponer los conquistadores, por el número de fuerzas 
con que contaban, las disposiciones y armas de los 
españoles que querían independizarse del yugo bri- 
tánico, como estudiar bien los puntos vulnerables 
en donde con una buena estratagema podría de 
seguro triunfar. 



COSAS DE ANTAfíO IO3 



Una vez realizado su objeto, fácil le hubiera sido 
á Liniers tentar, seguro del éxito, en la misma ciu- 
dad, la reconquista, pero como hombre previsor y 
que adivinaba hasta las últimas circunstancias, las 
causas que podrían influir para ceronar sus planes y 
deseos, y obediente á las leyes militares, no quiso 
prescindir de ponerse de acuerdo con el Gobernador 
de la plaza de Montevideo, para el más completo 
resultado de la empresa. 

Así es, que partió para ese destino, en donde fué 
recibido con gran entusiasmo por el Gobernador 
Huidobro y la población, encontrando tal aceptación 
y buena acogida la idea de libertar á Buenos Aires 
del dominio británico, que con la mayor actividad se 
pusieron inmediatamente á la obra de preparar una 
expedición con aquel noble objeto. 

Sabemos los resultados que dio la expedición, que 
fué la reconquista de Buenos Aires del poder de los 
ingleses, llevada á cabo con una pericia y valor ex- 
traordinarios, no sólo por parte de Liniers, sino 
también por los que lo secundaban. 

Los ingleses, después de grandes pérdidas que tu- 
vieron en el combate, tuvieron que entregarse, y 
Liniers, dirigiéndose á Berresford que estaba atrin- 
cherado con tpdas sus fuerzas en la fortaleza, le 
concedió retirarse con los honores de la guerra. 

Esta intentona frustrada, dio motivo para creer 



104 COSAS DE ANTAÑO 



que no volverían los ingleses á pretender el desca- 
bellado proyecto de invadir al Río de la Plata; pero 
no fué así, sino que viendo el gobierno británico, que 
tan fácilmente mil y quinientos hombres se habían 
podido apoderar de Buenos Aires, formó y organizó 
una nueva expedición, de más serias proporciones, 
y que daría un completo resultado. 

Y así efectivamente se hizo, tomando á su carga 
el gobierno inglés la iniciativa para llevar á efecto 
aquel plan de conquista del Río de la Plata, que ha- 
bía despertado tanta codicia. 

Al mando del Teniente General Sir John White- 
lock, que ocupaba un alto rango en el ejército inglés, 
se puso un ejército de once mil y tantos hombres; 
expedición, para aquellos tiempos, bien respetable y 
que caracteriza perfectamente el empeño de S. M. B. 
en que saliesen airosas sus armas en aquella em- 
presa. 

Al saberse, en Montevideo y Buenos Aires, la 
noticia de esta nueva expedición, se aprestaron á 
la defensa. 

El Gobernador de Montevideo, don Pascual Ruíz 
Huidobro, con una actividad y celo extraordinarios, 
trató de organizar todos los elementos para la re- 
sistencia de la ciudad, ayudado del Cabildo y de los 
principales, con más resultado que el que podría 
esperarse en aquellas apremiantes circunstancias. 



COSAS DE ANTAÑO IO5 



Los momentos eran supremos y no había tiempo 
que perder. 

La fortaleza de Montevideo, que había sido eri- 
gida por Zabala, continuada por Andunegui y ter- 
minada por el Virey de Portugal en 1 797, no pre- 
sentaba bastante seguridad para una prolongada 
resistencia, á pesar de su nombradía, y así fué con- 
siderada en junta de guerra, que al efecto fué con- 
vocada por Huidobro, la que manifestó, que no debía 
considerarse como una plaza fuerte, sino como un 
sitio cercado en la mayor parte de poca seguridad. 

Era, pues, ante todo, necesario atender esta falta 
y secundado Huidobro por los nobles esfuerzos de 
las autoridades y vecinos de Montevideo, en breve 
tiempo reparó todos los defectos que la fortificación 
ofrecía, empezando la organización de fuerzas más 
allá de lo que se permitía, atenta las circunstancias 
y medios de que podía disponer, y la ninguna in- 
fluencia ni medios que debían esperarse del concurso 
de Sobremonte, hombre funesto en aquel aciago 
acontecimiento. 

Era también urgente levantar un empréstito para 
atender á las más penosas necesidades de aquellas 
circunstancias, y se encargó A'ilardebó de negociarlo 
en el Perú, á cuyo efecto partió y pudo, sin llegar á 
aquel destino, negociarlo en Córdoba; empréstito 
cuya cantidad ascendía á trescientos mil pesos, pu- 



.^:o sin ser descubierto por 

jvLiJeo secundaba con gran 
:is:no, los nobles deseos del 
y no descansaba en propen- 
[ feliz resultado de la defensa, 
ss á las órdenes del teniente 
el contingente de las fuerzas 
(habían hecho su desembar- 
íin resistencia por parte de la 
le ceder al número y entregar 

lieron entonces su linea de 

arlos. 

Dntevideo é inmediatamente 

1 contingente de fuerzas su- 

ínemigo y hacerle desalojar 

el mando de ellas, que al- 
itos hombres, al teniente de 
Vbreu, se le dio esa comisión, 
nfortunado Abreu, con más 

vez de haber empleado sus 
ramuzas y hostilidades para 
emigo, quiso medirse con él, 
¡iva acción, con intrepidez y 
°:ente, que era compuesta en 
ias, y consiguió arrollar á la 



COSAS DE ANTAÑO IO7 



caballería inglesa, y ante esta ventaja arremete á 
los cuadros de infantería, la que esperó su intrépida 
carga y resistió, cayendo muertos en aquel momento 
el valeroso Abreu y su segundo don José Martínez, 
retirándose en completo desorden la columna, diez- 
mada por el plomo enemigo. 

Ante este triunfo, el ejército inglés adelantó, in- 
corporándose la fuerza de la división naval al mando 
de Sir Samuel Achmuty, levando anclas para Mon- 
tevideo el 1 3 de Enero y apareciendo á la vista de la 
ciudad que iba á ser teatro, dentro de poco, de tan 
grandes como sangrientos sucesos y escenas, viendo 
al fin confirmadas sus justas alarmas los vecinos pací- 
ficos de Montevideo, sobre aquella poderosa invasión. 

Pocas horas después, despachaban al navio 
€ Diadem », enarbolando en sus mástiles bandera de 
parlamento, con pliegos cerrados para las autorida- 
des de Montevideo, y que decían : 

A bordo del navio «Diadem», de S. M. B. 



Enero 14 de 1807 



Señor: 



Teniendo bajo mis órdenes fuerzas suficientes, pertene- 
cientes á S, M. B., y habiendo recibido instrucciones para 
atacar el territorio español en el Río de la Plata, quiero 



.don á V. E. de la rendi- 
. ',. Ipe y dependencias. 

:! una capitulación en térmi- 
\-czipo asegurar á V. E. que 
.¿ suficientes para la rendición 
cu^a del país. 



Carlos Stirlincr, 

o 

Samuel Achmuty. 

sie esta nota fué la siguiente 






c' oiicio de VV. EE., de fecha de ayer, 

, Jc:cnerme ni en qué trepidar, repitiendo 

^ >^ .;í señor Achmuty en respuesta del que 

>i. :'»ij:reso al mando de S. M. B., á la 

^. s;, a; pero sí debo agregar, que sobre aquel 

V .^íÑidorada la propuesta del día por el señor 

.V cita, por las tropas de la guarnición y 

^ cvA^'i^'^r» por todos sus vecinos y habitantes, 

^ o longo el honor de mandarlos, como un 

cv: v> honor y á la lealtad que profesamos á 

.vio soberano el rey de España, de que nos 

. . > v^ T'-^r ^^^ digno objeto, todos estos sus vasa- 

. i U efusión de sangre y la entrega de su úl- 

^ '.o svuiio el más gustoso sacrificio, antes que 

^ , A cu un ápice. 



COSAS DE AHTAilO 

Aquel jefe está de acuerdo conmigo en i 
extremo, así como las tropas y el vecmdaí 
momento de hacer uso de las armas; y que, 
traun con su provocación de hacer mutua 
bles los males que ocurriesen, pueden pom 
las de su mando, no esperando ni otro m 
ni otra contestación. 

Montevideo, Enero 15 de 1807. 

Firmado : 

El marqués de S 

Después de estas notas, los sucesos 
ron y el sitio se estableció. 

Una salida que algunas fuerzas h 
plaza, tuvo un desastroso fracaso cerca 
Cruces, pues los ingleses, viéndolas, se 
tado dentro de los maizales que hat 
paraje, y en los socavones y zanjas, 
las sorprendieron haciéndoles un fueg 
que las puso en dispersión y desordí 
tanto, que fueron perseguidas hasta enti 
taleza misma. 

En esa salida desapareció el filánt 
que era conocido por el padre de los 
que se pudiera hallar en ninguna parte,; 
que hubiese muerto allí; pero si asi fué 



'*"'^'' '■■' ■■ ' ninicohT fué esto, y sólo po- 

*^'"" ^''' ' ' .- .nr-lMP^; lo hubieran hecho 

' después lo ha- 
ista desaparición 
sible explicar. 
, diremos, que el 
ó en seguida de 
jranadas llovían 
n guarecido los 
, pero asimismo 
is y granadas y 
< género. 
)r al fuego y no 
índian el honor 
sin que el miedo 
mimo de los que 
IOS número cada 
momentos, 
más vigoroso el 
5 un parlamento 
e entrega de la 
inútil toda resis- 
lamiento de san- 
á los defensores 
contestación fué 

en aquellas tris- 



COSAS DE ANTASO III 

tes circunstancias, iba á sonar, en la lidia desespe- 
rada en que estaban empeñados sitiadores y sitiados. 

Ln lucha era insostenible y no se podía prolon- 
gar, por más heroicos esfuerzos que hicieran los 
españoles, atento los medios y recursos de que dis- 
ponían. 

Eran ciento contra uno, y el quebranto y fatiga 
debía postrar sus ánimos y abatir sus fuerzas. 

Y sin embargo, no desmayaban ios bravos de- 
fensores de la plaza, y el ataque fué vigorosamente 
rechazado por espacio de catorce días, de un con- 
tinuo cañoneo y bombardeo. 

Los ingleses consiguieron al fin abrir una brecha 
en la fortaleza por la parte Sud, y aunque los defen- 
sores pudieron evitar que penetrasen en seguida por 
ella, cubriendo aquel hueco con cueros y otros ob- 
jetos, y defendiendo aquel punto con gran vigor, sin 
embargo las fuerzas decaían, desfallecían los áni- 
mos por el cansancio y la fatiga continua de aquella 
heroica resistencia. 

En la noche del 2 de Febrero, en que las guar- 
dias de la fortaleza estaban dominadas por el sueño 
por tanta noche de vigilancia y de ruda tarea, las 
fuerzas inglesas consiguieron aproximarse á ella, 
y, sin ser sentidos ni apercibirse de su aproxi- 
mación los sostenedores de la plaza, escalaron sus 
murallas, y cuando recordaron, la voz de alarma 



112 COSAS DE ANTAÍÍO 



fué sofocada entre el fuego y la sangre; la matanza 
más horrible se estableció entonces en medio de 
aquel baluarte. A la sorpresa y espanto de aquel 
primer momento, sucedió !a desesperación y la có- 
lera ; los españoles pelearon entonces como verda- 
deros héroes, en combate singular con los enemigos, 
y éstos, con no menos vigor, sembraban de muer- 
tos el terreno que habian asaltado, logrando, por 
el número, ir venciendo todas las resistencias. 

Mezclados defensores y agresores, llegaron hasta 
la plaza Matriz, y en medio de la más espantosa os- 
curidad de aquella aciaga noche, en que sólo alum- 
braban los fogonazos de los disparos de las armas 
de los combatientes, los enemigos, que cada vez au- 
mentaban sus fuerzas, dominaron completamente. 

El día 3 de Febrero el sol alumbró aquel vasto 
teatro de tan heroicas hazañas, en donde habian te- 
nido lugar en la noche anterior las escenas más ho- 
rribles, y pudieron presenciar el espectáculo de 
aquella sangrienta lidia. 

Sembradas las calles y la plaza de muertos y de 
heridos, de armas rotas y de cañones, la población 
reducida de Montevideo, llena de terror, estaba su- 
mida en la mayor consternación. 

Como mil y tantos muertos tuvieron los españoles 
en aquella luctuosa jornada, é igual número, si no 
mayor, hubieron de ingleses. 



COSAS DE ANTaSO IIJ 

Muchos dias se ocuparon en enterrar á los muer- 
tos, y el hospital y ios lugares públicos fueron redu- 
cidos para albergará tantos heridos como hubieron. 

Los ingleses triunfaron al fin y se posesionaron 
de Montevideo, que no habían de dominar por mu- 
cho tiempo, pues sabemos la derrota que sufrieron 
en Buenos Aires, y que en la capitulación entró la 
entrega y desocupación de esta ciudad. 





mmm 



EL POETA FIGUEROA Y US TORAIDAS 



Es indudable que ha habido un entusiasmo loco 
en nuestros antepasados por las corridas de toros. 

Verdadero fanatismo, pues que estaban toda la 
semana pensando que llegara el domingo ó el día de 
fiesta, para que todo bicho viviente se trasladara 
como por encanto á la plaza de la lidia, y allí dar 
ensanche á toda la espansión de aquel cruel placer, 
vociferando, aplaudiendo ó reprobando con infernal 
frenesí, todas las suertes que ofrece aquel espec- 
táculo de astucia y fuerza brutal. 

Uno de los que más participaban de aquel entu- 
siasmo era nuestro popular poeta, el inmortal Fi- 
gueroa, que ha cantado las toráidas en todos los 
tonos, y que, como buen aficionado, nunca faltó á 
ninguna corrida, salvo cuando estuviera enfermo ó 
imposibilitado de concurrir á ellas, ó cuando, como 
él decía: 

« Si quieres agua lograr, 
No hay que acudir á San Roque, 
Sino de los toros el toque 
Has de oír resonar. » 



COSAS DE ANTAÑO II3 



Pues que cuando anunciaban alguna corrida, daba 
b casualidad, de que nnuchos domingos, se abrieran 
las cataratas del cielo y se ahogara en un diluvio de 
agua, quedándose afeitados los aficionados y sin 
toros. 

Era, pues, nuestro popular poeta, entusiasta par- 
tidista por los cuernos, y por lo mismo, á más de 
un marido burlado le dedicó más de un epigrama 
donde salían esos ornamentos á bailar, y tal era su 
afición á la tauromaquia, que se exhibe nuestro F¡- 
gueroa, con sus gracias todas y su proverbial dispo- 
sición, en las composiciones de ese género, como 
en el epigrama, que no tiene quien lo sobrepuje. 

No de balde, viendo nuestro vate que un novel 
escritor, con toda la inexperiencia de los años y el 
atrevimiento que da la ignorancia más supina, cri- 
ticaba sus obras poéticas y no lo dejaba nunca sin 
censurar, decía: 

« Gran quemazón, y no es 

Baratillo ni remate, 

Sino los versos de un vate 

Que arden mañana á las tres. 

¿De esta sentencia tan rara. 

No se escapará, ni una toraida siquiera ? 

No, señor! Todo á la hoguera. 

Es orden de Tavolara:^. 



Il6 COSAS DE ANTAÑO 



Figueroa ha cantado en todos los tiempos y en 
todos los tonos, como decíamos, esos espectáculos, 
y era de verlo, como lo hemos visto nosotros, de 
pie, en las gradas, accionar, pues no podía gritar, 
porque era afónico, y con su bastón ayudar á hacer 
barullo, ese ruido infernal que es sólo propio de la 
plaza de toros. 

El fué el inventor de muchas canciones con que 
impacientaban á todo el que entraba á la plaza; que 
concluían: «que se lo saque» y «que se lo ponga», 
con que hacían perder la paciencia á más de un 
prójimo. ^ 

Recuerdo á uno que entró á la plaza con unas 
botas largas de campaña, muy embarradas, y al 
momento empezaron á gritarle: «Al de las botas, 
que se las saque !> Y después de mucho bregar, 
consiguió aquel populacho que se las sacara, pues 
tanto le gritaron, y después que hubieron conseguido 
esto siguieron con el estribillo : «¡Que se las ponga! 
¡que se las ponga!>.... 

También recuerdo que al que se enfadaba le sa- 
lía caro el enojo; y entre otros á don Juan Manuel 
Bonifaz, que, habiendo ido en mi compañía, tomó 
un chino de marca mayor, porque le entonaron el 
canto susodicho, y viéndolo enojarse, más se entu- 
siasmaron, tanto, que más que picado, tuvo que 
abandonar la plaza. 



COSAS DE AXTaSo 



Transcribir las composiciones de Flgueroa sobre 
hstoraidas, seria cosa de nunca concluir, y habría 
para formar un libro; veamos algunas de ellas: 



SI EL TORO ES BRAVO 



¡ Viva el torillo 
Viva el rejón ! 
Pobres chulillos, 
Kirieleisón. 

Al bello sexo 
El corazón, 
A sus pasioDes 
Kirieleisón. 

Rojos y blancos 
AI unisón. 
Canten al toro 
Kirieleisón. 

Cuidado con el bicho 
Que es bravucón, 
Si se descuidan 
Kirieleisón. 

SI EL TORO ES FLOJO 

Vaya un ternero 
Bóbilis, bobis! 
Vuelvan la plata 
Y ora pro nobis. 



Il8 COSAS DE ANTAÑO 



Vaya una cabra 
Patas de adobe, 
No vale un pito; 
Ora pro nobis. 

Buey de carreta 
No me jorobes, 
Que te desuellen, 
Y ora pro nobis. 

Mira Delgado, 
No nos embobes 
Con tales maulas 
Ora pro nobis. 

En unas pinceladas biográficas de una cuadrilla 
que trabajaba en la Unión, en donde describe á to- 
dos los toreros que la componían, hablando del pri- 
mer espada Manuel Sánchez (alias el Pintor), hay 
estos buenos versos: 

«Más Sánchez, el pintor, brilla 

Cual sol de aquella esfera ; ¿ quién y cuándo 

Más osado se vio ni inteligente 

La espada y muletilla manejando? 

En un embroque tal ó un accidente, 
Pone en riesgo su vida, más salvando 
De los cuernos del toro, su fortuna 
Se eleva hasta los cuernos de la luna.» 



COSAS DE AKTARO 

El ínclito Sánchez, 
Con brío y decoro 
Desprecia del toro 
Furor baUdí, 

Y al ver i sus plantas 
Tendida á la fiera 
Mil ecos doqoien 
Repiten asi: 

¡Si, si! 
Repiten así. 

j Honor al valiente 

Y un lauro de Apolo! 
Domínguez tan sólo 
Su igual se elevó; 
Ninguno más alto 
Renombre reclama, 
Más digna la fama 
Jamás resonó. 

¡No, no! 
Jamás resonó. 

El pueblo por premio 
Donarle debiera 
FutgCQte diadema 
De esmalte y rubí, 
Grandioso capote 
De raso celeste 

Y espléndida veste 
De rico ormesí. 
¡Sí, si! 

De rico ormesí. 



12Ó COSAS DE ANTAÑO 



Á todas las compañías que trabajaron en el país 
dedicó nuestro poeta, durante su vida, sus buenos 
versos, y en todos ellos campea su buen gusto y afi- 
ción por esa suerte de espectáculos. 

Participaba del gusto de su época, del medio en 
que habia nacido, en que se había criado y se había 
educado, y así, no es extraño que fuese un partida- 
rio decidido por las toraidas. En aquel tiempo en 
que la madre patria había implantado sus gustos, 
sus costumbres, y que sus hijos, por más rebeldes 
que fueren, tenían necesariamente que respirar las 
mismas ideas y resignarse á la ley de la herencia, 
nuestro vate había nacido, y por consiguiente, todo 
lo bueno y lo malo de nuestros padres debía cantar; 
de esa España en donde, como decía otro poeta : 

¡Viva el sandungueo, 
Viva el salero. 
Viva el jaleo 
Y viva el toreo! 

Habrá sido lo más bárbara ó inhumana que se 
quiera la lidia de toros, pero la verdad es, que no se 
puede negar, que aquel espectáculo templaba los 
ánimos de los espectadores, que salían después de 
la plaza con tanto valor y bríos como para desafiar 
todos los peligros. La indomable España, que jamás 
pudo vencer el gran Napoleón, que sostuvo por in- 



COSAS DE ANTARO 

finidad de siglos la guerra contra los moros 
ha sido un pueblo que siempre ha dado pr 
de virilidad, tal vez al espectáculo de los tor 
debe, en gran parte, el que sus hijos sientan 
decer su sangre en presencia del peligro de 1; 
tria y que haya siempre desafiado todos los í 
del destino con ánimo varonil. 

Los romanos, con sus circos cuyo recuerd 
horroriza, acostumbraban á templar su valor, 
hemos que fueron los dominadores del mun 
aunque eran más que espectáculos bárbaros, n 
jaron de contribuir á la grandeza del puebh 
que extendió su dominio por doquier y se 
ñorearon sus águilas en todas las naciones 
sometieron. 




U MÁRISGAU 



Don Melchor Xavier de Viana, Mariscal de los 
ejércitos españoles, fué un gran personaje en estos 
dominios. 

Se cuentan de él una porción de anécdotas á cual 
más célebres, y que hacen ver que tenía un carácter 
accesible y popular. 

Su consorte, doña Margarita, era una de aquellas 
andaluzas que podría haber causado otra guerra 
como la de Troya, si se hubiese llamado Elena y 
hubiera tenido otro París ; pero que sin ser aquella 
heroína^ era una de esas andaluzas que podría ha- 
ber alborotado á todo un pueblo. 

Era una buena moza, en toda la extensión de la 
palabra, y de un garbo y una apostura capaz de 
tentar al más santo. 

Según parece, no era de muy ilustre alcurnia,, 
pues el Mariscal, como amigo de las buenas mozas, 
no se había parado en pelillos para enamorarse per- 
didamente de aquella garbosa mujer, yéndola á en- 



COSAS DE AíJTAÍ90 

contrar en uno de los barrios más frecuent 
Andalucía, entre la gente de pelo en pecho. 

Así es, que á pesar de ocupar el alto n 
Mariscal de los ejércitos españoles, no tuve 
cho alguno en darle su nombre y casarse con 

La Maríscala no pudo olvidar jamás su 
nencia y las costumbres donde se había edi 
criado, ni el medio en que había vivido, y 
que arrastrando seda y terciopelo, pues se ve 
el lujo que correspondía á su elevada posic 
nía particular placer en ir á visitar los muell 
barrios bajos, donde bullía la gente del br 
allí, poniéndose en jarras y terciando la n 
los invitaba á decirles cuantas palabrotas 
lenguaje de la marinería, provocándolos cor 
rachos y andaluzadas. 

— Hola, no me dicen ustedes náa! Sec 
drías; aquí está una barbiana de rechupete! 

Y entonces le caía encima un chubasco 
puestos y desvergüenzas, que no son para re 
que gustaban de una manera extraordinai 
Maríscala, y después se retiraba muy satísfe 
aquel tiroteo que había sostenido con aquel! 
cruda. 

Parece que el Mariscal, sabedor de ell< 
evitar que no volviese más á provocar aquell 
ñas poco edificantes y que no estaban en •< 



124 COSAS DE ANTAÑO 



con el rango que ocupaba su consorte, pero no pudo 
conseguir nada, y siguió, hasta muy anciana, ha- 
ciendo lo mismo, pues que entonces se hacía con- 
ducir por los criados en silla de brazos, pues era 
su mayor diversión y entretenimiento aquello, y 
cuando nada le decían se retiraba á su casa tris- 
tísima. 

— Hoy no me han dicho nada aquellas aborreci- 
das almas de cántaro; parece que no tienen sangre 
en las venas ni sienten nada por una mujer! 

Y no porque tuviese tal afición a oir palabrotas y 
denuestos, que sentarían muy mal en cualquiera 
otra persona menos meticulosa, la Maríscala gozó 
de mala fama, sino muy al contrario : parece que 
nadie pudo decir nada de liviandad ni de cosa al- 
guna que ofendiese su buena reputación de mujer 
honrada. 

Asi es, que aquella espacie de costumbre, que de- 
bía estar muy en uso en la madre patria, y que debe 
estarlo aun, de rozarse la aristocracia con el pueblo, 
explica el que la Maríscala se distinguiese en esto 
tanto y que se le aplaudiese viendo que desde tan 
alto descendiese á tan bajo, y que se confundiese 
de aquella manera con el pueblo, permitiéndole de- 
cirle toda clase de dicharachos, y cuando no lo ha- 
cían, incitarlos para que lo hiciesen, y cuando lo 
efectuaban llenarse de contento. 



EL MAESTRO BARCHILÓN 



En tiempos de España, la enseñanza no estaba 
muy prodigada, pues no había mucho empeño en 
que se ilustrasen los hijos de esta tierra. 

Todo se reducía a las primeras letras, y alguno 
que otro hombre pudiente que quería que se educa- 
sen mejor sus hijos, les tomaba maestros particula- 
res que les enseñaban un poco de francés y algo de 
humanidades. 

El convento de San Francisco fué el lugar donde 
todos nuestros prohombres se formaron, y fué el 
centro, diremos así, de la mejor enseñanza que en 
aquel tiempo podía esperarse. Todos los años había 
colaciones y conclusiones ¿ pero de qué ? De latín, de 
filosofía, de gramática, aritmética y algún otro 
ramo, no olvidando para nada ni por nada, el cate- 
cismo del padre Astete, que era materia muy seria 
de examinar. 

Y sin embargo, ¿ cuántos caracteres no se forma- 
ron y salieron de aquel convento ? 



126 COSAS DE ANTAÑO 



Casi todos los que figuraron entonces en la es- 
cena política, fueron discípulos de aquellos padres 
franciscanos. 

Fuera de ese convento, existieron en la entonces 
diminuta población, algunas escuelas particulares, 
muy pocas bien ciertamente, y entre ellas había la de 
Barchilón. 

Era éste catalán, más bravo que un agí y He los 
que estaban aferrados á la doctrino de que la letra 
con sangre entra, y que la ponía en planta á cada 
momento con sus discípulos, dándoles cada zurra de 
padre y muy señor mío, por quítame estas pajas, 
que los muchachos recibían por manos mismas de 
aquel energúmeno, llegando á ser el terror de la 
adolescencia. 

Hablar de Barchilón, era como hablar del diablo 
mismo para los muchachos, y aquellos que sus pa- 
dres creían incorregibles, me los ponían en aquella 
escuela, especie de inquisición, y muy pronto salían 
más suaves que un guante. 

Barchilón era un hombre alto, coloradote de cara, 
de facciones bruscas y que se revelaba á primera 
vista lo que era y podía dar. 

En la escuela tenía su asiento más alto que los de 
sus discípulos y desde allí observaba todo lo que 
pasaba y no se le escapaba ni la menor cosa, y cuando 
estaba presente, no se sentía ni el ruido de una 



COSAS DE ANTAÑO l^^ 



mosca. Vestía, cuando estaba en la clase, un levitón 
largo y negro, abrochado todo ; un gorro negro cu- 
bría su cabeza y siempre le era inseparable la pal- 
meta que tenia en la mano y la disciplina que col- 
gaba de su cinturón, con las que ejercía los castigos 
corporales más brutales que nos podemos imaginar. 

Aquella fiera encontró un día la horma de sus 
zapatos con uno de sus discípulos, y fué uno que 
con el tiempo debía figurar mucho. Don Manuel 
Oribe que había sido puesto en aquella escuela, no 
sabemos qué travesura hizo, que Barchilón se en- 
colerizó con él hasta tal punto, que le infringió algún 
fuerte castigo ; pero el joven Oribe, que no era paro 
sufrir mucho ni poco, le arrojó un tintero encima y 
ganó la puerta de la calle y corriendo se fué á su 
casa, y hallando un caballo ensillado de uno de los 
peones de las estancias de sus padres, montó en él 
y se fué á esconder por los alrededores del pueblo. 

Su familia supo pronto lo que había acontecido y 
mandó en su busca ; pero no lo hallaron sino tres ó 
cuatro días después y como era consiguiente de- 
bía estar toda alarmada, porque no aparecía ni 
vivo ni muerto. 

Tuvieron un gran alegrón cuando dieron con el 
prófugo y no sabían qué hacerse con él ; se lo qui- 
sieron llevar pronto á su casa, pero Oribe se resistía 
y no había forma de poderle convencer que debía 



^ "h -UNTASO 



r^zyi'on que sólo á una condi- 

. • ira ésta, que no lo habían 

... ••> in la escuela de Barchilón. 

,. :exío y de ese modo, pactando 

V . >u casa. 

^^:í tiempo, y era costumbre de 

i.oíioís, salir afuera del radio de 

V :>rviba vacia y era todo campo 

Uirar á la cometa 
.- !iabía llovido algo y que habla 
o-j, >^?íIlo todos sus contemporáneos, 
....leíiiiose y embebido en su juego, 
.ao siente un fuerte pescozón que le 
. i suelo y le hace abandonar el hilo 
.... jue se le fué quien sabe dónde, y al 
.^. M.a y vea Barchilón que era el que le 
.. >. Siií poderse contener por la ira, no sa- 
.eȒi;anza tomar, mira al suelo y el 
^ V. Niiüo a Barchilón de capa blanca, hecha 
icore paño de San Fernando, que cos- 
to» H y que duraba una eternidad por lo 
. siíi más ni más, empieza á tirarle á puña- 
,vv^ V á arrojárselo encima, poniéndolo en 
^..v.o a¡nentable. 

; .. V ov>í vvmo se quedaría Barchilón con aque- 
k. . uM v,le rabia, amenazaba á Oribe con su 
:, Ks\> inútilmente, porque su perseguidor con 



COSAS DE ANTAÑO 

más tenacidad, al verlo vociterar y i 
jaba barro y más barro, y en ese ( 
entrar al pueblo y ganar su casa, ca 
ridad de cuantos le habían visto pe 
muchacho y en aquel lamentable e 
habia puesto. 

No sabemos si esto le sirvió di 
Barchilón para moderarse un poco 
que daba á sus discípulos, ó si siemp 
después; pues genio y figura has\ 
como dice el refrán. 







OTORGUEZ Y IOS GODOS 



Tanto se ha fustigado al teniente de Artigas, con 
íUvis o menos razón, que su nombre ha venido á ser 
execrado por sus mismos excesos; pero como en to- 
vlas las cosas siempre se lleva la exageración más 
allá de lo verosímil y de la verdad, á Otorguéz, ó 
'IVrjjuéz, como lo llamaban, también le ha tocado 
carjjar con muchas cosas que le han colgado y 
que no le pertenecen y de cuya responsabilidad 
debe estar exento. 

Y no porque tengamos que hacer esta salvedad, 
vayan á creer que á Otorguéz lo vamos á juzgar 
menos malo de lo que fué, y como un santo varón 
que estaba muy lejos de serlo, nada de eso; pues 
hay mucho que censurarle con lo que hizo en 
aquellos famosos tiempos, en que los abusos y las 
represalias entre godos y patriotas estaban á la 
orden del día, pues no se daba cuartel á nadie, 
ni se respetaba mucho ni poco nada, pero la ver- 
dad verdadera, es que á Otorguéz, que no se le 



COSAS DE ANTASO IJI 

pj3d-' negar que prestó todo su concurso, buenc 
ó malo, al sostén de la libertad y de la patria, l( 
li.in colgado el San Benito de muchas cosas dt 
que no fué autor. 

Y entre ellas la de enchalecar á los españoles 
que fué el General don Jorge Pacheco, argentino 
el que introdujo y puso en planta tan horrible com( 
salvaje castigo. Consistía el enchalecamiento ei 
meter á un ser viviente en un cuero fresco, en 
cerrarlo en él y coserlo por fuera, y después expo 
nerlo á los rayos del sol. Podrá imaginarse uní 
cosa más brutal que ésta, que ni aún la mism; 
inquisición con todos sus tormentos y todos su 
suplicios podrá igualársele, y sin embargo, esto s 
puso en planta con toda perversidad! No sabemo 
que Otorguéz hubiera infringido ese tormento ver 
dadero, pero en caso de que lo hubiese hecho, n 
fué él quien lo introdujo, sino Pacheco como he 
mos dicho, y hay quienes aseguran que fué sol 
él quien lo puso en práctica. 

Debía tener entrañas de tigre y corazón de pe 
dernal para poner en ejecución semejante barbari< 
pues la mente no puede inventar un suplicio m¿ 
horrible que aquél, pues ni el emparedamiento, i 
la muerte por hambre, ni la muerte de Mazzepa, i 
todos los horrores juntos en punto á castigos, puf 
den comparársele. 



1^2 COSAS DE ANTAÑO 



Figúrense las torturas que sufrirían los desgn»- 
ciadosá quienes se les infringía ese suplicio, cuando 
el cuero^ secándose gradualmente por los rayos del 
soK se iba encogiendo hasta entumecerse y adhe- 
rirse al infeliz que estaba adentro. ¡Qué horror!.... 

Otorguéz ha sido acusado de esto, pero alcanza- 
mos á muchos de los que habían servido con él, que 
me negaron que hubiera puesto en ejecución tal 
cosa jamás, que Pacheco introdujo para baldón de 
^u nombre. 

Pero, no obstante que absolvamos á Otorguéz 
de esta verdadera afrenta, no podemos dejar de 
consignar, que en algunas otras cosas bastante re- 
prensibles, no fué extraño, y que ayudado de Gay 
¿ Iglesias, cometiese verdaderos excesos criminales 
v]ue la pasión desenfrenada por la causa los lle- 
vaba sin freno alguno á poner en pie. 

Las represalias entre unos y otros, entre españo- 
les y patriotas, eran constantes, y no porque algunos 
de éstos hicieran algunas dé éstas y aun actos bár- 
baros, los primeros dejaron de imitarlos. 

Pero para los hombres como Otorguéz, Gay, 
Iglesias, etc., los godos eran como para los españo- 
It^s fueron los moros, y eso de esterminarlos así 
como creían que era una cosa santa los primeros, 
con los españoles eran lo mismo los segundos. 



I 



COSAS DE ANTAÑO 1 33 '^J 



Les decian : 



«Todos son todos 

Y todos godos.» 

Y otras veces: 

«Todos son godos 

Y todos lobos.» 

y bastaba esto para que los tuviesen como ¡rrecon- 
ciüables enennigos de la libertad y de la emancipa- 
ción de estos pueblos del poder opresor de la madre 
patria, á todos los aferrados á las añejas tradicio- 
nes de la Península, de su patria, en fin. 

El gobierno español perdió sus posesiones de 
América, por su política tiránica y refractaria á las 
ideas de adelanto moral como material, y la revo- 
lución fué su propia obra. 

En la lucha ardiente y apasionada que se sostuvo 
entre españoles y patriotas, se chocaron los intere- 
ses de unos con otros, como siempre sucede ; los hi- 
jos revelándose contra los padres, hizo más terrible 
el espectáculo de la guerra ; hubieron grandes ge- 
nios que se inmortalizaron por sus heroicas acciones 
en aquellos memorables tiempos, que han dejado 
una carrera luminosa en la esfera de la revolución, 
pero otros han dejado estampada su huella de terror 
que hasta hoy espanta. 



i 



134 COSAS DE ANTAÍÍO 



A Otorguéz se le ha hecho una atmósfera tre- 
msndn que la historia ha recogido y ha llenado de 
oprobio su memoria. 

Mucho hay de razón en gran parte para poner 
en la picota su nombre, pero creemos que en algo 
hn sido injusta la opinión que se le ha hecho á 
Otorguéz, como en el caso que hemos citado. 

Era Otorguéz un hombre alto, delgado, muy 
blanco, de ojos azules, muy rubio, tanto que pa- 
recía más un inglés que un hijo de esta tierra; era 
de apuesta figura y bien parecido. 

Sus modales eran de paisano, pues se había criado 
en el campo. Pasaba por ser uno de los más adictos 
partidarios de Artigas y por ser muy valiente. 

Su odio inveterado á los españoles lo arrastró á 
cometer algunos actos que se reprueban, pero que 
con su apasionamiento creía legales y justificados. 

No es extraño que hombres incultos como Otor- 
guéz cometiesen errores, cuando hombres de inte- 
ligencia y saber, entre otras muchas cosas, man- 
daban á Artigas, á cuatro de sus enemigos más 
irreconciliables, y de los que le hacían más cruda 
guerra para que los fusilase; contestándole éste al 
devolverles aquel presente de carne humana que le 
hacían, que el General Artigas no era verdugo, ó 
bien á los que dictaban bandos de esterminio, de 
opresión y muerte como el siguiente, que sólo la 



COSAS DE AKTAfiO I35 



Convención francesa, en la revolución y en la época 
ée más terror, habria prohijado. 
Dice asi : 

« Ciudadanos : cuando los ejemplares castigos en los 
autores de la horrible conspiración del 3 de Julio y la 
firmeza invariable del gobierno en su ejecución, pareció 
dejaba escarmentados á nuestros enemigos de tentar otra 
vez, etc.... Cinco de los traidores, solidarios y cómplices 
de delito, los tenéis á la expectación pública, y no excusan 
los castigos mientras los enemigos intenten perseguirnos. 

«Españoles, ya veis el fin de vuestra obstinación, etc.... 
seguid en el desempeño de vuestra ridicula pretensión é 
impotencia y vuestro esterminío será inevitable. El brazo 
de la justicia va á caer sobre vosotros.... 

«Artículo i.° Ninguna reunión de españoles europeos 
pasará de tres; y en caso contrario, serán sorteados y pa- 
sados por las armas irremisiblemente. Y si esta reunión 
fuese de muchas personas sospechosas á la causa de la 
-patria, nocturna ó en parajes excusados, los que la com- 
pongan serán castigados con pena de muerte. 

a Art. 2.° No podrá español alguno montar á caballo, 
ni en la Capital ni en su recinto, si no hubiese expresa 
licencia del jefe de policía, bajo las penas pecuniarias ú 
otras que se consideren justas, según la calidad de la 
persona, en caso de contravención. 

« Art. 3.® Será ejecutado, incontinente, con pena capital, 
«1 que se aprehenda en un transfugato con dirección á 
Montevideo ú á otro punto, de los enemigos del país, y 
el que lo supiere que alguno lo intentare y no lo dela- 
tare, probado que sea, será castigado con la misma pena, 
etc.... — (Firmados): Juan José Passo— Nicolás Rodrigue:!^ 
Pena — Antonio Jlvare:^^ de Yonte.y> 



136 



COSAS DE AKTASa 



Para muestra basta esto solo, y eso que podría- 
mos agregar y señalar muchos otros hechos y des- 
manes que se cometieron, por los que pasaban por 
muy inteligentes y eran superiores á hombres como 
Artigas y Otorguéz. 

Se le ha acusado de haber autorizado también el 
vejamen de haber hecho ensillar á algunos españo- 
les como si fueran caballos, y que poniéndolos en 
cuatro pies, montaban y espoliaban. De esto se ha 
hablado que hacia Gay y algún otro bandallo como 
éste, pero, á ciencia cierta, no se le puede acusar á 
Otorguéz de que lo hubiera hecho ni que lo hubiera 
mandado hacer. ( i ) 



( I ) No era sólo á Otorguéz á quien se le podía acusar de esta iniqui- 
dad, y sino véase esto que cantaban entre los porteños : 



Vigodet en su corral 

Se asoma con sus gallegos, 

Y temiendo que lo pialen 

Se anda haciendo el chancho rengo. 

Cielos de los mancarrones, 
I Ay! cielos de los potrillos, 
Ya brincarán cuando sientan 
Las espuelas y el lomillo. 

Godos miserables 
Salgan del corral 
Que aquí los patriotas 
Los van á marcar. 



Oliendo á ferruña 
Samozos están, 

Y godos y godas 
Siempre por demás. 

£n vano en Artigas 
Ellos confian, 
También á este potro 
Sabremos domar. 

Ya verán la escuadra 
Gritarles de atrás 

Y allí como ratas 
Todos morirán. 



COSAS DE ANTASO 1 37 



Será esto como el enchalecamiento de que se le 
acusa y que no fué obra suya. 

Tales tropelías, sin duda alguna reprobables y 
reprobadas, no podían llevarse á cabo, sino por al- 
gunos desalmados, y que en aquellos tiempos de- 
bían naturalmente abundar, tanto más cuando en 
apocas muy posteriores, en otras guerras, los ha 
habido, que han dejado recuerdos de infame con- 
<lucta, pero no por eso se puede colgarle el San 
Benito de esto también á Otorguéz como también 
al General Artigas le han llovido calumnias de todo 
género, propaladas por sus enemigos irreconci- 
liables, haciéndolo aparecer como no era y con- 
virtiendo su cuartel general en el Hervidero, como 
una verdadera inquisición. 

La pasión partidista que engendra todos los odios 
y los rencores, ha sido la causa única de esa atmós- 
fera con que se ha rodeado su nombre, y lo mismo 
ha pasado con Otorguéz, que aunque haya co- 
metido muchos actos censurables, que no negamos 
los han exagerado tanto, que con toda perversidad 
lo presentan como el prototipo de la más refínada 
barbarie, y es preciso atenuar esa injusta aprecia - 
ción, pues no ha sido tan malo el león como lo 
pintan. 




EL DELEGADO DON MIGUEL BARREIRO 



Era don Miguel Barreiro uno de esos excelentes 
caracteres que se encuentran en medio de la agita- 
ción y en los momentos más críticos que suelen atra- 
vesar los pueblos, como en la época que le toc6 
figurar nada menos que cómo Secretario del Gene- 
ral Artigas, del guerrero y hombre de acción, y 
después como su delegado. 

Parece un contraste, pero así pasan muchas co- 
sas en la vida, y vemos, que no se encuadran bien 
ciertos roles con ciertos personajes, y que existe una 
verdadera anomalía, entre su carácter y el papel 
que les toca desempeñar. 

Don Miguel Barreiro estaba llamado á la vida 
tranquila, á vivir en paz y sosiego con todo el gé- 
ñero humano y á figurar en épocas bonancibles, y 
no en aquellos momentos de azares guerreros y de 
lucha ardiente, cuando Artigas no sólo tenia que 
combatir contra los españoles sino también contra 
los porteños para libertar á su país. 



\: 



.?/ 



COSAS DE ANTAÑO 1 39 



Don Miguel Barreiro fué uno de los que con más 
razón se podía alabar de poseer la confianza del 
general á quien servía ; pues que en las ocasiones 
más supremas siempre fué elegido para represen- 
tarlo, á la par de algunos otros que lo sirvieron, 
pero que claudicaron ante los principios de la re- 
volución ; pero no asi Barreiro que siempre se en- 
contró en las filas de los patriotas. 

En el momento de mayor conflicto, Barreiro no 
abandonó su causa, y trabajó é hizo lo que pudo en 
las desavenencias de Artigas contra los porteños, 
cuando el Directorio de Buenos Aires lanzaba el 
formidable decreto poniendo á vil é infame precio 
la cabeza de aquel caudillo, y que transcribimos 
para que se vea cómo procedían los hombres de 
la revolución. Dice asi : 

El Directorio Supremo decreta, etc. 

i.° Se declara á don José Artigas infame, privado de 
sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la patria. 

2.^ Como tal, será perseguido y muerto en caso de 
resistencia. 

3.° Los pueblos, justicias, comandantes y ciudadanos, 
deberán perseguirlo por todos los medios posibles, y se 
gratificará con seis mil pesos al que entregue la persona 
de Artigas viva ó muerta. 

4.^ Los comandantes, oficiales y sargentos de Artigas, 
conservarán sus graduaciones, siempre que en el término 
de 40 días se presenten sumisos al general del ejército 
sitiador, ó á los comandantes, justicias, etc. 



* 






140 COSAS DE ANTAfíO 



5.° Los que así no lo hicieren, son declarados traido- 
res á la patria, y los que sean aprehendidos serán juzga- 
dos sumariamente y fusilados en 24 horas. 

6.^ El presente decreto deberá circularse á las provin- 
cias, autoridades, etc. (Firmado):— Gerz/¿xííO Antonio Po' 
sodas, Director Supremo de la Junta de Buenos Aires. 

¿Qué tal el documento? ¡No podía ser más céle- 
bre y más contundente! Verdad es, que no se an- 
daba por las ramas el Directorio ó la Junta Suprema, 
que tanto decía velar por los intereses de la libertad 
y andaba buscando nuevas cadenas para aherrojar 
á estos pueblos! 

Pero muy pronto tuvieron que reconocer el error 
que hablan cometido y borrar con el codo lo que 
habían escrito con la mano y dar la siguiente 
proclama : 

PROCLAMA DEL CABILDO DE BUENOS AIRES 

El Excmo. Ayuntamiento de la ciudad de Buenos Ai- 
res, á sus habitantes: 

Ciudadanos! Libres vuestros representantes del duro 
despotismo que tan gloriosamente acabáis de destruir, 
contempla un deber suyo reparar los errores á que le 
arrastró su escandalosa opresión. 

Empeñado el tirano en alarmar al pueblo contra el que 
suponía invasor de nuestra provincia, precisó con amena- 
zas i esta corporación para autorizar con su (Irma la in- 
fame proclama del 5 del corriente. 



COSAS DE ANTAÍ90 I4I 



Ella no es más qtu un tejido de imputaciones las más 
execrables contra el ilustre y benemérito jefe de los orientales^ 
don Josl Artigas. 

Sólo nuestros representantes sabian con cuánto pesar 
dieron lo que tanto ultrajó el nombre de aquel héroe y la 
pure:(a de sus intenciones. 

El acuerdo secreto que celebró el A.yuntamient09 es un 
monumento que hará la apología de su conducta ; y aun- 
que la confíanza con que empezó y continuó sus rela- 
ciones con aquel jefe lo sinceran suficientemente para con 
vosotros, no obstante, cree deberos protestar la insolencia 
con que le arrancó la tiranía aquella atro^ declaración. 

El Cabildo espera de la confianza que se merece, que 
esta solemne declaratoria desvanecerá las funestas impre- 
siones que pudo ocasionar en vosotros un procedimiento 
forzado. 

Ciudadanos! deponed vuestros recelos; vuestros verda- 
deros intereses son el objeto de los desvelos de vuestro 
Ayuntamiento, y para afianzarlos, procede con el jefe 
oriental, la rectitud de intenciones de este invicto general es 
tan notoria y la ha acreditado de un modo tan plausible, 
qu¿ no podéis dudar de ella sin agraviar su decoro. Olvidad 
las atroces imposturas con que hasta aquí os lo ha presen^ 
todo odioso la tiranía; destruid ese fermento de rivalidad 
que diestramente mantenía el despotismo á costa de ca- 
lumnias que dilaceraban la conducta de aquel jefe, para ha- 
cemos gemir bajo sus cadenas y alarmaros contra el bien- 
hechor generoso que se apresuraba á quebrantarlas en nuestro 
país. 

Sea uno el interés, uno el principio que anime vues- 
tros procedimientos : las comunes ventajas afianzadas so- 
bre la base incontrastable de la equidad. 



142 COSAS DE ANTAÑO 



Esta confianza recíproca, esta uniformidad de senti- 
mientos proporcionará á vuestros representantes la mayor 
recompensa á que aspiran sus desvelos; esto es, haceros 
dbfrutar los bellos días de la abundancia y de la tran- 
quilidad. 

Este documento lo firman los miembros del Ayun- 
tamiento de Buenos Aires. 

No en balde tuvieron que hacer quemar por mano 
de verdugo, en la plaza pública, todo lo que había 
infamado la memoria del General Artigas y se le 
mandaba á cuatro de sus más encarnizados enemi- 
gos para que los fusilase, como ya hemos referido, 
devolviendo tan horrible presente de carne humana, 
y contestando airado que el General Artigas no 
era verdugo, pues que sin él era imposible la re- 
sistencia y los progresos de la revolución, y tal vez 
no se hubieran salvado estos pueblos de caer en el 
dominio de alguna otra corona. 

¿En quiénes había más patriotismo, en aquellos 
que proscribían y ponían á precio vil la cabeza del 
General Artigas y trabajaban subterráneamente por 
monarquizar á estos pueblos, ó en el que sólo de - 
fendia los principios de la libertad republicana ."^ 
¿En quiénes más sinceridad de intenciones, como 
decimos ( i ) en una de nuestras obras, si en aquellos 



(x) Véase el opúsculo « £1 General Artigas ante la historia »• 



COSAS DE ANTAÍtO I43 

que sirviendo en una atmósfera de continuas intri- 
gas, hostilizaban al General Artigas y sembraban 
el espíritu de disolución y anarquía, ó en quien, sin 
más ideal que el puro y ardiente amor á la patria, 
iba á morir miserablemente en país extranjero? 

¿En quiénes había más sinceridad y patriotismo, 
si en los que minaban por su base el espíritu repu- 
blicano y andaban en busca de un rey, y ofrecían 
pensiones á personajes como Godoy, titulado Prín- 
cipe de la Paz, ó quien rechazaba con indignación 
las propuestas de Vigodet primero y de Lecor 
después, ofreciéndole distinciones y riquezas, pero 
traicionando la causa de la libertad de la patria? 

Este fué Artigas, y al lado de él, entre otros mu- 
chos patriotas, se encontraba don Miguel Barreiro, 
quien no desmintió jamás su adhesión por la causa 
de la libertad de su patria, ni dejó de coadyuvar en 
todo y por todo en la lucha que sostenía aquel cau- 
dillo. 

En la guerra, en todas las alternativas de la for- 
tuna, en el triunfo como en la derrota, Barreiro fué 
siempre consecuente con sus ideas, nunca desmayó 
su ánimo por los peligros que amenazaban á su 
país, ni dio vuelta la espalda al procer de nuestra 
independencia, aun cuando se aglomerasen sobre 
su cabeza todas las tempestades, y que la suerte, la 
derrota, los desastres y el ostracismo lo llevaran 
lejos de su patria á morir en suelo extranjero. 



144 COSAS DE ANTAÑO 



Barreiro, en todo ese tiempo, y aun después, fué 
siempre fiel á la causa de Artigas y consecuente con 
sus principios, de los que no se separó jamás, hasta 
su muerte. 

Hombre de convicciones profundas, sacaba bríos 
de su misma debilidad y se imponía por su honora- 
bilidad y por su mismo carácter bondadoso. 

No era una ilustración, ni un personaje dotado 
de grandes talentos, pero poseía un gran fondo de 
instrucción, y sobre todo conocía á los hombres y 
sabia dar el verdadero valor y también importancia 
ó los sucesos que se desarrollaban en estos pue- 
blos, en lo que tanto había de figurar. 

Pocos patriotas pueden vanagloriarse de haber 
servido á su país con mayor celo y menos desin- 
terés personal que Barreiro. 

Era excesivamente modesto; sus hábitos eran hu- 
mildes y estaba dotado de principios de moral cris- 
tiana y de religión profunda. No había más. allá 
para su sano criterio, que lo que estrictamente se 
ajustaba á esas ideas, ni comprendía que nadie se 
pudiese apartar de ese camino. 

Sirvió al General Artigas porque estaba encar- 
nada en él la causa de la patria ; por esto se en- 
contraba á su lado y por esto también lo acompañó 
en todos los tiempos. 

Estaba vaciado en el molde de esos espíritus su- 



COSAS DE ANTAf^O I45 



periores que sacan fuerzas de sus propias flaquezas, 
que se engrandecen por su carácter siempre recto, 
por su convicción de ¡deas y por su incontrastable 
uniformidad de principios. 

Aun en los momentos más supremos que atra- 
vesó este pais, cuando todas las tempestades se des- 
encadenaron sobre él, nunca desmayó don Miguel 
Barreiro, y fiel y firme, constante y consecuente, 
desafió todas las borrascas qué debian sepultar á su 
patria en el abismo, por la traición é infamia de sus 
enemigos, en verla aherrojada y esclava de poder 
opresor, después de tantos sacrificios consumados 

» 

en aras de su libertad. 

En la invasión de los portugueses, en que sucum- 
bió el poder de Artigas, por una serie de catástro- 
fes continuadas, y en las que el Gobierno Argentino 
fué principal autor, Barreiro, como delegado de 
aquel caudillo, mostró su inmenso y decidido em- 
peño por desviar el rayo que amenazaba hundir la 
patria. Hizo cuanto humanamente pudo por atraer 
ci\ Gobierno Argentino á una alianza para salvar á 
este pais, pero todo su empeño fué inútil; todos sus 
trabajos fueron estériles para conseguir ese objeto: 
la invasión portuguesa había sido convenida con 
acuerdo de aquel Gobierno, y prefirió ver á este país 
sometido al yugo extranjero antes que salvarlo y 
hacer una alianza con Artigas. 



1^6 COSAS DE AKTASÍO 



He aquí cómo se expedía don Miguel Barrelro: 

« Excmo. señor : 

«He recibido la nota de V. E., fecha 2 del corriente, 
con copia de la que en igual fecha dirigí al Eterno. Ca- 
bildo de Buenos Aires. 

«Por su tenor, advierto, que al despacho de estos plie- 
gos, aun no habían llegado á manos de V. E. los míos 
del 29 del pasado. 

«Sin embargo, á esta hora considero ya destruido en 
gran parte los motivos en que apoya V. E. sus quejas. 

«La franqueza que respira mi comunicación, la sinceri- 
dad de mis ofertas y las garantías que prometo siempre 
que se preste V. E. de un modo eficaz á hacer causa 
común con esta Provincia contra el ejército portugués 
que la invade, son pruebas nada equívocas que habrán 
convencido á V. E. que estamos muy distantes de pen- 
sar otra cosa que en la unión. 

«Cualesquiera que sean las medidas que se haya visto 
en la necesidad de adoptar el Jefe de los Orientales, de- 
ben reputarse nacidas en circunstancias que, ignorando la 
reclamación que V. E. había hecho al general portugués, 
por medio del Coronel Vedia, observaba con dolor que 
iban transcurridos tres meses desde la ocupación de nues- 
tro territorio por las fuerzas enemigas, sin que ese Su- 
premo Gobierno hiciese la menor aparición de decidirse 
á favor nuestro, á pesar de las empeñosas gestiones que 
al intento hizo esta Municipalidad por medio de su co- 
misionado, doctor Victorio García, no dignándose V. E. 
remitir el menor auxilio que se le pedía, y lo que es 



COSAS DE ANTaSO 



147 I 



raás notable, ni aua contestar al oficio que aquella cor-I 
poración le dirigió. 

«También observaba, que derramindose la sangre de los| 
orientales en continuos combates con los portugueses, I 
V. E. mantenía sus relaciones de paz y comercio con aque- 
lla nación, permitiendo tremolase su bandera ominosa en' 
el Rio de la Plata y puertos de la banda septentrional, y se 
paseasen aquellos extranjeros con toda seguridad en las I 
plazas y calles de Buenos Aires, facilitando á sus paisa- 
nos frecuentes y exactas noticias de todo cuanto en el| 
interior de nuestro país pasaba. 

«Estas y otras muchas razones que anoto, á la verdad, 
no despreciables para el criterio de V. E. y de cualquier! 
hombre imparcial, son las que incitaron al General don 
José Artigas á la adopción de aquellas medidas, razones, 
que con disgusto recuerdo, obligado por la necesidad en! 
que V. E. me pone de vindicar el honor de mí jefe y', 
sobre la que aseguro echaré desde luego un denso velo, 
porque penetrado del mismo principio que V. E. pri 
nuncio, esto es, que la unión es h salvadora única de^ 
nuestra libertad, estoy dispuesto i hacer por ésta todos,' 
los sacrifícios que sean necesarios á su sagrado objeto. 

«La diputación quu el Excmo. Cabildo dirige i V. E.,|-^ 
explicará más ampliamente estas sanas ideas, en que es-'j 
tan conformes todos los habitantes de esu Provincial 
desde el General hasu el último ciudadano, y yo ¡uro| 
á V. E., en nombre de mi jefe, que será restablecida muy.' 
en breve la confianza y la sincera amistad cual corres-t 
ponde entre pueblos hermanos; terminarán los motivo' 
que recientemente han turbado nuestra próxima reconci' 
liadón y reunidos nuestros nuevos esfuerzos con la acti- 



148 COSAS DE ANTAÍÍO 



vidad y energía que exige el actual conflicto de las cir- 
cunstancias, podremos contar desde ya con el infalible 
triunfo contra el enemigo común. 

«Tengo el honor de reiterar á V. E. mi más respe- 
tuosa consideración. 

«Montevideo, 6 de Noviembre de 18 16. 



( Firmado ) : 



a Miguel Barreiro. 



«Excmo. Supremo Director de las Provincias de Sud- 
América.» 



Este documento revela cuáles eran los poderosos 
motivos que tenía el General Artigas para poner en 
duda la lealtad y buena fe del Gobierno Argentino, 
en aquellas críticas circunstancias que atravesaba 
este país, mirando, como miraba, indiferente, que 
la invasión extranjera extendiese sus alas y se 
apoderase del territorio oriental; y sin embargo, 
acallando los motivos de queja que tenía contra 
aquel Gobierno, se levantaba bien alto, ofreciendo 
su patriotismo para estrechar los intereses de estas 
provincias en los lazos de la unión. 

Pero las mezquindades de aquel Gobierno, sus 
intrigas y la falta completa de patriotismo en aque- 
llas críticas circunstancias, como fueron todos sus 



COSAS DE ANTAÑO 1 49 



actos para con este país, pretendiendo dominarlo 
siempre á su capricho, respondieron en aquella 
ocasión suprema, sosteniendo sus imposiciones de 
dominio absoluto, y desecharon los buenos deseos 
del General Artigas, manifestados por medio de su 
delegado Barreiro, y prefirieron, antes que tran- 
sigir con Artigas, presenciar impasibles que las 
huestes extranjeras se posesionasen de este pais y 
paseasen vencedoras su carro triunfal. 

Conocida es la nota de don Miguel Barreiro di- 
rigida al representante del Gobierno Inglés, que 
empezaba asi: <¿Por qué motivo , ¡oh, milord! 

nos tratáis con tanto desdén ? > en la que 

tanto se interesaba en que influyera para alejar 
el terrible momento que se le preparaba al país de 
verse entregado al dominio extranjero. 

Todos sus afanes fueron inútiles, todos sus tra- 
bajos dieron por resultado estrellarse con la indife- 
rencia y apatía del Gobierno Argentino, así como 
sucedió con el General Artigas, á quien represen- 
taba, y cayó envuelto en las redes que la traición 
había urdido para entregar su patria á la corona 
de Portugal. 



10 




SIETE 6HAQUETAS 



Hubo en tiempo del General Artigas uno de sus 
ayudantes que fué conocido por ese apodo, y era 
que tenía y usaba chaquetas de diversos colores; 
se llamaba don Gregorio Brun, el que tal sobre- 
nombre había adquirido con tan singular manera 
de llamar la atención y tan estrafalario gusto. 

Ostentaba hoy una de un color, después otra y 
así sucesivamente, y en todos los días de la semana, 
tenía una diferente con qué vestirse. 

Sus compañeros de armas no lo conocían sino 
por ese sobrenombre, y en todas las campañas del 
Genercil Artigas, á quien acompañó siempre, os- 
tentó sus diferentes chaquetas, desde la punzó, azul 
y encarnada, hasta la blanca y la negra, con una 
constancia extraordinaria. 

Era don Gregorio Brun, uno de los más entu- 
siastas sostenedores de la causa del General Artigas, 
y en todos los lances de la guerra en que aquel 
caudillo blandió su espada, se encontró, manifes- 
tando un valor á toda prueba. 






COSAS DE ANTAÍÍO I5I 



El ayudante Brun, con ese amor por la patria, 
que animaba á su alma templada por el sagrado 
fuego, nunca escatimó la ocasión de presentarse 
frente al enemigo, y con una decisión probada, era 
de los que daban ejemplo de singular entereza ante 
todas las contrariedades de la guerra. 

Siete chaquetas estaba allí donde habia más pe* 
ligro ; se ofrecía al General Artigas para desempe- 
ñar las más difíciles comisiones, y en el fragor de la 
lucha, se le veía correr á galope, desafiando las ba- 
las que se cruzaban y dar cuenta de su comisión. 

Era una de esas naturalezas entusiastas, que 
abrazan con alma y vida la idea ó causa que les 
parece mejor, y que fuera de ella, nada ven bueno 
ni creen que exista más que el error. Los godos 
para Siete chaquetas, como para tantos, entonces, 
no eran más que unos enemigos irreconciliables con 
la libertad y refractarios á todas las ideas de ade- 
lanto y progreso; no eran más que unos empecina- 
dos contra la voluntad de estos pueblos, que querían 
independizarse para ocupar el rango que debían 
poseer de naciones florecientes, y no vivir bajo la 
tutela de los españoles que les infringían toda clase 
de gabelas y de restricciones, con que mataban 
todo espíritu de progreso y de adelanto moral 
como material. 

No es extraño, pues, que quisiesen sacudir el 



i 



152 COSAS DE ANTAÑO 



yugo de la madre patria cuando esto pasaba y que 
el poder español se derrumbase. 

Era el tiempo aquel, del entusiasmo frenético por 
la libertad, en que se cantaba: 

«Morir por la patria. 
Qué dulce morir I » 

y que hombres como Brun, denominado Siete 
chaquetaSj no respiraban otra cosa, pero no eran 
solo ellos, sino que todos se sentían animados por 
la sagrada causa de la misma manera, en toda la 
América. 

Era una especie de delirio, que sufrían todos, y 
delirio sublime, que nos dio por resultado ver res- 
plandecer el sol de la libertad en el cielo de toda 
esta bella región. 

Siete chaquetas tenía un espíritu inquieto; poseía 
en sumo grado la pasión por la patria, era un faná- 
tico frenético por la libertad. Sin llegar á ponerse 
en parangón con los Gay, Iglesias y otros frenéticos 
perseguidores de los godos, como llamaban á todos 
los españoles, sin distinción alguna, y sin tener que 
acusársele de ninguna mala acción que sepamos, 
era, como apasionado por naturaleza, un elemento 
de entusiasmo donde estuviese, y sabía imprimir 
en todos sus mismos sentimientos; asi es que no 



COSAS DE ANTAÍk) 1 55 



sólo por SU original manera de vestirse con dife- 
rentes chaquetas, sino por sus cualidades, se habia 
hecho en extremo popular. 

«Siete chaquetas llegó 
Y el tiroteo cesó.» 

le decian cuando lo veían. 

¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto de grande, de 
heroico y de sublime no encierra toda aquella 
época del sitio de los patriotas contra los españoles! 

Cuando se les invitaba : 

a Si al blanco ó rojo color 
Con que la patria os convida 
Es para que se decida 
Vuestro aprecio á lo mejor. 
Si al blanco vuestro valor, 
Breve os sabrá castigar. 
Mas si al rojo os queréis dar, 
Discreta y sabia lección; 
Contad con la protección 
Del ejército auxiliar.» 

» 

O bien cuando se les decía á los refractarios de 
la libertad en Montevideo : 

Si á la libertad ¡oh pueblo! 
Prefieres el sucumbir, 



154 COSAS DE ANTAÑO 



Ya tu desgracia preveo 
Infeliz Montevideo! 
Infeliz ! 

La peste, el hambre y el hierro, 
Tu soberbia han de abatir, 
Y serás triste trofeo 
Infeliz Montevideo ! 
Infeliz ! 

Sirviendo á duros tiranos 
Que te pisan la cerviz, 
Gozas de esclava el empleo, 
Infeliz Montevideo ! 
Infeliz ! 



Aquel entusiasta ayudante del General Artigas, 
después que vio esconderse el sol de la libertad en 
su patria y que se enseñoreaban las huestes ex- 
tranjeras sobre su territorio, colgó la espada y 
todos sus laureles^ para vestir el traje humilde del 
sacerdote, con el cual murió, dando ejemplo de 
mansedumbre y bondad cristiana, asi como habia 
dado pruebas cuando fué soldado, de heroísmo y 
entusiasmo por la patria. 



GAGAREANDO Y SIN PLUMAS 



Era el General don Fructuoso Rivera uno * 
esos espíritus bromistas que se complacen en cha 
quear á las gentes. Aquel hombre, ocupado en tai 
tos asuntos como requería la alta posición qi 
siempre ocupó en su país, y que no podia perd 
tiempo, lo tenia, no obstante, para todo, y se cor 
placía en chasquear á sus amigos con algunas br 
mas, inocentes á veces, pero otras que tenían s 
malas consecuencias. Era, como sabemos, en e 
tremo dadivoso, y no podía tener algo sin que s 
íntimos tuviesen su parte, y cuando nada tenía qi 
dar, disponía de aquello que no le pertenecía, c< 
una sangre fria extraordinaria. 

No era extraño que tuviese tantos prosélito 
pues además de sus innegables dotes de caudill 
de su valor y pericia militar, de su tacto y talen 
indisputables y de su extraordinario don de atrai 
ción, poseía ese desprendimiento de todo y r 
quería que hubiese pobres á su lado, así es qi 



156 COSAS DE ANTAÍÍO 



repartía lo suyo y lo que no era y había veces que 
daba una propiedad ó un campo á dos ó tres, y se 
dimanaban cuestiones que los tribunales tenían que 
ventilar y dar la razón á quien la tenía, es decir, 
al que tenía mejor derecho. 

Cuentan de uno que había favorecido con algu- 
nas suertes de campo, y que olvidado después, dio á 
otro, que viniendo á reclamárselas, Rivera, al sa- 
berlo, pues lo había olvidado, lo consoló dándole 
otra fracción que ya también había dado. 

Pero de todas estas prodigalidades, la más sin- 
gular, era la que tenia de disponer de los bienes de 
sus amigos, como si fuesen propios. 

Había un compadre suyo que quería en extremo, 
y que por quererlo mucho, lo dejó por puertas. 

En sus momentos difíciles, que eran en todo tiempo, 
Rivera, que tenía exigencias pecuniarias á cada 
instante, ya para este ó aquel caso, acudía á su 
compadre, y hoy esto y mañana aquello, me lo tenía 
seco, tanto que varias veces fué á verse con su 
compadre para manifestarle lo que le pasaba, pero 
Rivera siempre le decía: 

— No tenga cuidado compadre, hago esto por- 
que lo protejo. 

Cansado ya el hombre de ver que iba de capa 
caída su estancia, tanto por la guerra como por 
los pedidos de Rivera, se manifestó algo rehacio 



COSAS DE ANTAÑO 1 57 



para seguir atendiendo á sus liberalidades, y sor- 
prendido de que su compadre hiciera aquello, lo 
mandó buscar y le manifestó su extrañeza. 

— Es, compadre, que ya estamos en las últimas 
gambetas y me voy quedando como el gallo de 
Morón, cacareando y sin plumas^ le contestó. 

— Pero compadre, si esto lo hago porque lo 
protejo, le dijo entonces, saliéndole con la cantinela 
de siempre. 

— Pues mire, compadre, si me ha de proteger 
asi, es mejor que no lo haga, y le agradezco desde 
ya su buena intención. 

Desde aquel dia se cerró á no darle más á su 
compadre, pero el hombre propone y Dios dis- 
pone; lo poco que le había quedado, la guerra se lo 
concluyó y se vio, como tantos otros infelices, en la 
miseria. 



DOS PRESIDENTES 



Cuentan que el General don Manuel Oribe, que 
sitiaba la plaza de Montevideo, se hizo denominar 
Presidente legal de la República, durante los nueve 
años y medio que duró el sitio, y á don Joaquín 
Suárez, dentro de la plaza, también se le denomi- 
naba con el mismo título, siendo el caso muy cu- 
rioso de tener dos Presidentes por mucho más 
tiempo que el que señala la Constitución, que marca 
un período de cuatro años para el ejercicio de 
cada Presidente. Esto puede explicarse por la si- 
tuación anormal del país entonces, por la imposibi- 
lidad de hacer nuevas elecciones, estando, como 
estaba en guerra y por consiguiente, no poder en- 
trar en el camino normal la República, con aquel 
memorable sitio que recuerda el de la famosa 
Troya, cantado por Homero en su ¡liada. 

Dado este caso, tuvimos dos Presidentes en un 
país tan reducido, como hubieron dos Papas en 
tiempos atrás en la Iglesia; y los dos se creían con 



COSAS DE ANTAÑO 1 59 



toda la legalidad, que eran Presidentes, y tuvieron 
sus Cámaras que funcionaron hasta que á los Pre- 
sidentes les dio la gana, pasándose después sin ellas 
muy bien. 

Lo más curioso es, que Oribe habia, antes de 
haber abandonado el país, presentado su renuncia á 
la presidencia^ y después se hacia dar el tratamiento 
de Presidente legal, cuando la renuncia le habia 
sido aceptada y habia tenido que ceder á las cir- 
cunstancias desfavorables de los sucesos que le fue- 
ron adversos, hasta precipitarlo en la necesidad de 
renunciar y abandonar el pais. 

Don Joaquin, que era amoldado para todas las 
circunstancias, también ondo y morondo se creia 
un Presidente muy legal. 

Nada da una mejor idea de cómo se ofuscan los 
hombres que han llegado á ocupar el solio del 
poder alguna vez, que cuando se les ve pretender 
verdaderos imposibles, y más extraño es aún, que 
haya quien de buena fe los sostenga. 

Partidarios decididos tenia Oribe que considera- 
ban que estaba en su perfecto derecho en hacerse 
llamar Presidente, y también los tenía Suárez para 
ser reconocido por tal, en aquella época famosa que 
recuerda una de nuestras más ardorosas luchas. 

Todo aquello que la simple razón y buen sentido 
es bastante para resolver, no lo es para ciertos 



I ¿o COSAS DE AKTAfiO 



momentos en que la pasión ofusca á las inteligen- 
cias más espertas y una venda cubre sus ojos. 

Hemos oido tantas utopias desacertadas como 
principios erróneos en el transcurso de nuestros días, 
que nada nos extraña, y nos explicamos perfecta- 
mente, que se haya dado un ejemplo en nuestro 
país, de que hubieran dos Presidentes, en un terri- 
torio tan pequeño como el nuestro y que durase 
su mando por tan largo tiempo. 



i: 



V > 




DON JOAQUÍN SUÁREZ Y LOS NAPOLEONES 



Siempre recordamos la actitud de este preclaro 
personaje, siendo Presidente durante el sitio. Era 
modestísimo en todo: en el vestir, en sus acciones, 
en sus maneras, en su modo de ser, de pensar y de 
vivir, y aunque tenía momentos de verdadera ener- 
gía y no trepidaba, cuando había que asumir gran- 
des responsabilidades, en afrontar con muestras so- 
bradas de verdadera entereza, las ocasiones difíci- 
les, contrastaba con su carácter pacífico aquéllo, y 
muchas veces respondía á exigencias de alguno de 
sus más íntimos, ó de sus Ministros, pero que cuando 
menos, las sabía sostener. 

Pacheco unas veces. Lamas, y Herrera y Obes 
otras, ponían á don Joaquín en condiciones de ha- 
cer cosas que lo contrariaban, como la deportación 
y prisión de Rivera, y que se le veía ceder y aún 
sostener lo que en su foro interno rechazaba- 
Era un hombre á quien las circunstancias se le 
imponían y no imprimió jamás su voluntad á las 



i 



l62 COSAS DE AKTAÍÍO 



circunstancias; con Ministros dominantes, era capaz 
de llevar adelante las medidas más fuertes, como 
con débiles, hubiera sido extremadamente limitado 
en su acción. 

Las más violentas medidas que se tomaron en el 
sitio, cuando era Presidente, fueron obra de los 
Ministros citados y de algún otro que se había sa- 
bido imponer durante aquellos momentos difíciles. 

Con la idea dominante de que nada debia de- 
jarse por hacer para rechazar la invasión injustifi« 
cada de Rosas, el camino no podía dejar de ser 
accesible para consumar muchos atentados, que 
se llevaron á efecto entonces; también se hacían 
por los sitiadores, verdad es que esto no los jus- 
tifica, pues lo malo es malo siempre. 

¿Respondía aquella manera de ser de don Joa- 
quín, en política, á un plan determinado ó á la 
conciencia de que debía proceder asi.^ 

Creemos que en ocasiones solemnes, se presen- 
tan en la escena ciertos personajes que responden 
á las necesidades; don Joaquín Suárez fué uno de 
ellos. 

Nadie mejor que él para acomodar su política 
á los que daban nervio y vigor á una situación 
que entrañaba grandes peligros, que amenazaba 
derrumbarse á cada instante, y que pudieron re- 
sistirla durante nueve años y medio, no dejando 



COSAS DE ANTAÑO 1 63 



que se enseñoreasen las huestes de Rosas sobre 
Montevideo. 

Este era el hombre que estaba al frente de la 
Defensa. 

De cualquier manera cómo se mire, era un gran 
patriota. Pero este gran patriota tenia sus debili- 
dades como todos los hijos de los mortales, y 
era de ser extremadamente aficionado á las con- 
fituras y á las masas, y no pasaba por alguna 
vidriera donde se ostentaban dulces y golosinas, 
que, como un muchacho, no se parase á verlas y 
saborearlas mirándolas, y no dejaba de entrar á 
comprar aquellas que más le llenaban. 

Pero lo más particular era, que en la calle 
misma se deleitaba comiendo, con la mayor des- 
preocupación del mundo, las golosinas que había 
comprado, y como los muchachos, no reparaba 
en que lo veían y en lo que podían decir, viendo 
nada menos que á un Presidente comiendo en la 
calle. 

Pero el colmo, verdaderamente de todo, era 
que don Joaquín llevaba su entusiasmo por las go- 
losinas hasta comer unas masitas, las más ordina- 
rias posibles, que se conocían por napoleones y que 
se vendían á un cobre en la calle. Pueden figurarse 
cómo podrían ser aquellos napoleones de á cobre 
y qué gusto no tendrían; cualquier persona de me- 



164 COSAS DE ANTAÑO 



diano gusto los hubiera rechazado, pero á don Joa- 
quín le parecían magníficos y se hartaba con 
ellos, y solía hasta llevar en los bolsillos las tales 
masas, y de ahí el sobrenombre que los mucha- 
chos le pusieron de come napoleones. 



DON JUAN MANUEL BONIFAZ 



Y SU SISTEMA DE ENSEÑANZA 



Siempre hemos considerado á los que dedican 
su existencia á la enseñanza, como verdaderos 
apóstoles de la educación. Hemos tenido verda- 
dero respeto por ellos y una gran veneración. 

Entre éstos, Bonifaz, que toda su vida la consa- 
gró á educar, á fomentar los estudios, á ponerlos 
al alcance de todas las inteligencias, es uno de 
los que mayor cariño le debemos profesar, porque 
bien lo merece quien en más de cuarenta años 
no hizo más que desvivirse en la tarea noble y 
llena de espinas del magisterio. 

Bonifaz era un hombre que había profundizado 
los sistemas de enseñanza, que les había dedicado 
la mayor parte de su tiempo y que no descansaba 
por esparcir la educación en todas las esferas de 
nuestro centro social. 

Había hecho un sistema de enseñanza que con- 
sideraba fácil para propagar la instrucción, y con- 
11 



H>o COSAS DE ANTAÑO 



Mstia 011 reducido todo á unas composiciones que 
teiitaii pretensiones de versos, pero que reñían en 
todo y por todo con las musas. 

afectivamente^ los asonantes y consonantes es- 
taban de tal manera fuera de lugar en su gramá- 
tica, y en todas sus obras didácticas, que franca- 
mente, pudiera decirse que el buen sentido andaba 
a mojicones con la razón en aquellos trabajos; 
poro no se puede negar, que la ¡dea que llevaba, 
oui noble y no andaba tan errada y no estaba tan 
fuoia de lugar. 

Kocordamos que su gramática era algo asi como 
uaa jerigonza que costaba más aprender y retener, 
quií la^ más difíciles proposiciones y elementos y 
ti atados de cuantas gramáticas se han escrito; 
[Kwo íie ve en sus trabajos y particularmente en 
v»ae» la conciencia y fe de un verdadero apóstol 
vio la enseñanza que quiere á todo trance facilitar 
l(».\ principios de educación. 

Koci>rdamos algunos de sus cantos gramaticales 

que dooian: 

Sólo se usan en plural, 
Exponsales, nupcias, arras, 
Dimisorias, antiparras. 
Andaderas, angarillas, 
Exequias, herpes, cosquillas, 
Efemérides, tenazas. 



COSAS DE ANTASo 1 67 



Alicates y parrillas, 
Tinieblas, vísperas, creces. 
Completas^ maitines, preces, 
Comicios, Carnestolendas, 
Idus, nones y calendas. 
Fasces, puchos, parias, llares, 
Faches, bártulos, hilares, 
Viveres, pertechos, bicos. 
Alrededores, añicos, 
Trébedes, gachas, tijeras. 
Bragas, despabiladeras. 

Vaya uno á concertar todo esto, pero la ver- 
dad es, que una vez aprendido, es difícil que se 
borre de la memoria, aunque la coordinación no 
se ajuste mucho al metro poético. Sin embargo, 
se ve fácilmente, que cualquier inteligencia por 
menos feliz que sea, puede retener, y ese era el 
objeto primordial de Bonifaz en todos sus trabajos 
didácticos. 

Era Bonifaz un hombre dotado de excelentes 
cualidades, de esmerado y ameno trato, extrema- 
damente sociable y que tenia el don de gentes en 
^Ito grado. 

Cultivaba á los hombres de letras y á toda per- 
sona que ocupaba algún rango social, y se hizo es- 
timar siempre por sus condiciones especiales, pues 
«ra, en toda la extensión de la palabra, un com- 
pleto caballero. 



i 



1 68 COSAS DE ANTAÑO 



Era muy atento con todo el mundo, y los niños- 
que educó, nunca pudieron olvidar su carácter be- 
névolo, tolerante y dulce con que los trató siempre, 
cuando fueron hombres. 

Yo fui uno de ellos, y en mí tuvo siempre un 
gran admirador de sus excelentes cualidades que 
resaltaban cada vez que lo considerábamos con 
más discernimiento que el de adolescente, verdad 
es que siempre me distinguió con verdadero cariño. 

Era uno de los pocos hablistas que pronunciaba 
el español con más puro acento y que se hacia 
notar por lo castizo del idioma. Las palabras afran- 
cesadas ó tomadas de otras lenguas, las desterró 
siempre de su conversación, y eso que conocía el 
francés como su propio idioma. 

Jamás se mezclaron en su conversación palabras 
extranjeras y habló siempre en el más castizo 
español. 

Tan atento era en la pronunciación de las pala- 
bras, que predicaba continuamente á sus discípulos 
la necesidad de pronunciar bien y no confundir las 
terminaciones de las palabras, y llevaba á tal 
rigor esto mismo, que se cuentan mil anécdotas 
de sus exigencias para que todos hablasen el ver- 
dadero español y no el verdadero galimatías que 
se habla hoy, habiéndose introducido tantas pala- 
bras del francés y de otros idiomas, que resulta ua 



COSAS t>E AlíTAftO 1 69 



<:ompleto imbrogliOj que no es español ni extran- 
jero. 

Una de tantas anécdotas que se cuentan^ es la 
<le que en cierta ocasión que don Juan M. Bonifaz 
fué á visitar á unas señoras, pues que le agradaba 
mucho el trato con las damas, ve salir á una criada 
á recibirle, que era morena, y que por consi- 
guiente, no estaba en el caso de tener achaques 
de pronunciar bien, y preguntándole su nombre 
para anunciarlo á sus señoras, le dijo: 

— Diles que está don Juan Manuel Bonifaz. 

— Muy bien, señor, le contesta la criada. 

— Oye; has de pronunciar bien, Bonifaz con zeta, 
le advierte. 

— Sí, señor. 

Y vase la criada á informar á sus amas que es- 
taba don Juan Manuel Bonifaz con geta en vez de 
zeta^ haciendo una confusión lamentable de la g 
yla z. 

Las señoras se echaron á reír, como era consi- 
guiente, y don Juan Manuel las halló entregadas á 
la hilaridad, y preguntándoles el motivo, se lo di- 
jeron, y entonces también se puso á reír de aquella 
confusión que la criada había hecho de su apellido 
y de la advertencia que le hizo. 

Si hubo alguno que pudo decir con mucha ra- 
zón, que no conoció enemigos, lo fué don Juan 



170 COSAS DE ANTAÑO 



Manuel Bonifaz, pues su excelente carácter y con- 
diciones personales, le granjearon siempre la vo- 
luntad, y aun entre sus émulos, que los debió 
tener, por lo mismo que habían muchos que no 
participaban de sus ¡deas de enseñanza, nunca de- 
jaron de respetarlo y aun ahora mismo se recuerda 
su nombre como de un verdadero hombre de bien. 



EL BARÓN DE LA LAGUNA 



Y SU FRASE FAVORITA 



El Barón de la Laguna era un hombre seductor 
en toda la extensión de la palabra. 

Cualquiera que hubiera tenido ocasión de ha- 
berlo tratado, ó se hubiera acercado á él, era se- 
guro que habría salido convertido en amigo suyo. 

Reunía condiciones especialisimas para atraerse 
á todas las personas; poseía un carácter bonda- 
doso; tenia modales muy fínos y era en sumo 
grado atrayente; además que se le tenía por un 
consumado político. 

En el tiempo que dominaron las fuerzas luzo- 
brasileras, después de la separación de estos úl- 
timos de la corona de portugal, cuando quedaron 
dueños y señores de este país, con el nombre 
de Provincia Cisplatina, el Barón de la Laguna 
quedó en el carácter de Gobernador, y por todos 
los medios trató de conquistarse á los hijos de esta 
tierra con sus corteses maneras, y particularmente 
á los que no había podido reducir por las armas. 



172 COSAS DE ANTÁÍÍO 



Con aquella afabilidad característica suya, se- 
dujo al General don Fructuoso Rivera y lo hizo 
servir bajo sus banderas. 

Lo hizo nombrar Capitán General de la cam- 
paña y le dio grados y honores, y tanto lo elevó, 
que fué Rivera, después de Lecor, la primer figura 
que sobresalía en la dominación brasilera. 

Y así como á Rivera, que después de haber ba- 
tallado tanto contra !a invasión extranjera como 
uno de los principales jefes de Artigas, sucumbió 
á la política astuta de Lecor y lo atrajo á sus filas, 
hubieron algunos más que se plegaron á los domi- 
nadores, pero fueron pocos. 

Esto fué debido, más que á otra cosa, á la as- 
tucia del dominador, que con habilidad extremada, 
tendía las redes de tal modo, que caía en ella todo 
aquel que pudiese hacerle sombra, y de los más 
empecinados enemigos, sabía conquistarse adictos. 

Era, el Barón de la Laguna, en extremo prác- 
tico en las cosas de la vida, y estaba dotado su 
natural de una filosofía positivista en grado extraor- 
dinario ; sabia hacerse querer por todos, así es que 
mientras tuvo las riendas del Gobierno en sus 
manos, no dejó de manifestar su evidente empeño 
en hacer olvidar la conquista, que bajo pretexto de 
pacificación, se había apoderado de esta bella y 
rica región. 



COSAS DE ANTAÍÍO 1 73 



Así es, que bajo su Gobierno, la tolerancia no 
dejó de predonninar, y las relaciones se estable- 
cieron entre muchos orientales y brasileros, unién- 
dose algunos de éstos con hijas del país que los 
hicieron ligar más y más á esta tierra. 

Como hemos dicho, la táctica establecida para 
acapararse la buena voluntad de los orientales, 
dio en parte sus resultados, pues se captó á cierto 
número, que distinguió Lecor con buenos empleos 
y beneficios. Las famosas guerrillas que dieron 
bastante que hacer entonces, casi en su totalidad, 
eran compuestas de hijos del país, en donde se 
encontraban los Llerenas y otros. 

En la época aquella en que parecía que el do- 
minio extranjero se podía casi afirmar había sen- 
tado sus reales en el país, para no ser despojado 
de la usurpación, alguno de sus hijos que no 
habían querido doblegarse ante las huestes ex- 
tranjeras, y conservaban ardiente en sus corazo- 
nes el sagrado culto de la libertad, hostilizaban de 
todas maneras al usurpador y trabajaban con fe 
y ardor por sacudir el yugo opresor. 

Lecor era sabedor de ello, y tolerante como era, 
hacía vista ciega á sus trabajos, tal vez no dándo- 
les mayor importancia, pues con los medios con 
que contaba el ejército de que disponía, se consi- 
deraba bien seguro. 



174 COSAS DE ANTAÍÍO 



Á más que tenía al General Rivera á su servicio, 
el único caudillo que creía podría hacerle sombra 
é intentar algo formal, por el prestigio que tenia 
en la campaña y por sus aptitudes personales. 

También las relaciones del Brasil con el Go- 
bierno Argentino eran cordiales, al extremo que 
éste no sólo había tolerado la conquista de este 
país, sino que hasta en perseguidor se había con- 
vertido de los orientales patriotas, que tenían que 
vivir ocultos en donde creían • haber podido encon- 
trar refugio. 

El General Lavalleja, el jefe de los Treinta y 
Tres denodados patriotas, sufrió la prisión y re- 
clusión de muchos años de aquel Gobierno, por re- 
clamos de Lecor, y así como Lavalleja, el General 
Medina en Entre-Ríos fué preso y se le pusieron 
barras de grillos, y otros muchos más, sólo por- 
que conspiraban contra el dominio extranjero y por 
la libertad de su país. . 

Lecor confiaba demasiado en la sinceridad del 
Gobierno Argentino, ó mejor dicho, el Brasil, y 
tarde le vino el desengaño. Es extraño que un 
hombre tan perspicaz, pudiera adormecerse con una 
política tan solapada como la que usaba aquel 
Gobierno, que aunque parecía leal, en su ánimo 
existía el deseo de que se libertase este país. 

Verdad es que el torrente de la opinión pública 



COSAS DE ANTAÑO I75 



lo arrastraba á esto último, pues el pueblo argen- 
tino todo estaba de acuerdo en que era una ig- 
nominia que la Provincia Oriental estuviese en 
poder de los brasileros, y conspiraba con los Orien- 
tales para darle libertad y emanciparla del poder 
extranjero. 

Sabemos los resultados que esto dio, que fué el 
triunfo de la emancipación de este pais del poder 
extranjero, que tarde ó temprano tenia que suceder, 
pues no era posible que un pueblo que tantos sa- 
crificios habla hecho por la libertad^ no sacudiera 
el yugo opresor. 

Entre las dotes que distinguían á Lecor, habia 
algo que lo hacía notable y era su carácter ocu- 
rrente. 

Entre muchas de sus frases, célebres aun hoy, 
se recuerda la que empleaba en infinidad de casos 
cuando había alguien que protestaba contra sus 
medidas, á lo que con mucha flema decía : 

«Protestas e caldo de galinha é o mesmo». 

Y otras veces decía : 

€ Protestas e caldo de galinha no fazen mal a 
ninguem». 

El General Rivera le tomó mucho en su modo 
de ser á Lecor; fué un digno discípulo suyo, pues 
sus maneras y la suavidad de su política, en * que 
predominó hasta cierto grado la tolerancia en todo, 



Ij6 CX)SAS DE ANTASO 



fué inspirada por el ejemplo que había dado Le- 
cor durante su permanencia en el pais. 

Y aún muchas de sus ocurrencias eran tomadas 
en gran parte de aquél, á pesar de que ponía mu- 
cho de su parte, pues es innegable que poseía una 
inteligencia natural que verdaderamente sorprendía. 

Tan suave era Lecor, que aun ya pronunciada 
la revolución, no se hizo notable por medidas bru- 
tales contra los que en la ciudad misma trabajaban 
por su triunfo, y aunque eran estrictamente vigi- 
lados, podían comunicarse con los patriotas, y en 
aquella época, en que aun las mujeres mismas po- 
nían manos á la obra de libertar la patria, otro más 
severo que Lecor, nada tampoco habría conseguido, 
pues que á un pueblo que quiere ser libre, no hay 
barreras que se le resistan ni diques que no 
rompa. 




U TERMINOLOGÍA DE SAYAGO 



Era don Santiago Sayago una excelente per- 
sona que gozaba de general estimación entre to- 
dos, por sus condiciones personales. Era, además, 
muy laborioso y se habia labrado una muy regu- 
lar fortuna en el campo, con lo que vivía holgada- 
mente con su familia; fortuna que vio desaparecer 

en la Guerra Grande, como tantos otros, que su- 

• 

frieron la misma cosa, que de ricos que estaban, 
se vieron en la indigencia y teniendo que vivir 
de las raciones que les daba el Gobierno de la de- 
fensa. 

Pero Sayago no se arredró por eso, y aun en 
aquella situación, buscón como mejor pudo, su vida, 
y no se desdeñó aun hasta en hacer cigarrillos 
con que pudo hacer frente á sus necesidades, pues 
que todos lo protegían. 

Era intimo amigo del Coronel don Venancio 
Flores, de quien era compadre y el más grande 
admirador suyo. Este también le correspondía de 



178 COSAS DE ANTAÑO 



igual manera, pues para don Venancio era Sayago 
el prototipo de la honradez, de la laboriosidad _ y 
del patriotismo. Fué por esto que Sayago ocupó 
en la guerra el cargo de Ministro de Hacienda por 
la influencia de su amigo, y no desmintió en su 
puesto el buen concepto que se tuvo de él. 

Cuando se acabó el sitio, volvió á la campaña» 
se estableció, y muy pronto llegó á rehacer su 
fortuna, volviendo á ocupar la buena posición que 
anteriormente tenía. 

Era, pues, recomendable bajo todos puntos de 
vista aquel hombre tan honrado y laborioso, que 
sabía abrirse camino en todas las alternativas de 
la vida por medio del trabajo honesto; en fin, era 
el vivo ejemplo del paisano de nuestros campos, 
virtuoso, resignado con la suerte que se le depara, 
mala casi siempre, y de continuo dispuesto al sa- 
crificio en aras de la patria. 

Don Santiago Sayago no tenía nada que se le 
reprochase, pues además de sus prendas personales, 
tuvo la condición de cuando era amigo, lo era hasta 
la pared de enfrente, como decía, pero mejor di- 
cho, lo era de veras y de todo corazón, así como 
al enemigo no le daba ningún cuartel. 

Sólo tenía una especie de manía: le gustaba 
usar un lenguaje altisonante, en lo que hasta cierto 
punto su fatuidad, porque la tenía, parecía llenarse 



COSAS DE ANTaSÍO I79 



de placer, y creía que eso le daba más considera- 
ción y respeto sobre los que lo oian; asi es que 
repasaba el diccionario de la lengua española y 
buscaba aquellas palabras menos usadas, anticua- 
das, las aprendía de memoria, y á lo mejor de su 
conversación con algún amigo, las soltaba y se 
quedaba muy ancho, y más si el que lo escuchaba, 
como por lo general sucedía, se quedaba sin saber 
lo que decía y en ayunas. 

Entonces se echaba para atrás, y con cierta pro- 
sopopeya, su persona se erguía y se quedaba muy 
satisfecho de que pudiese causar admiración con su 
lenguaje. 

Cuando quería expresar que una persona era 
proba, decía que inspiraba fiducia; cuando se refe- 
ria á la época calamitosa del Sitio Grande, decía 
que no sabía cómo la gente no se había muerto de 
inopia^ y así por el estilo, empleaba los términos 
más desusados que encontraba en el diccionario, 
al que, sin duda, consultaba siempre para bus- 
carlos. 

Cierta ocasión en que á una persona de su fa- 
milia le dio un ataque, fué llamado el médico, que 
encontró un gran alboroto en la casa, y como era 
natural, trató de sosegar los ánimos con palabras 
de esperanza y de consuelo, y entonces don San- 
tiago con mucha tiesura dijo : 



^ ^»TAÑO 



\„ 



1 



'. 1 



1 



i; 



1 

1 : 



. ií»ies, que no querían 

rúes la muerte no podía 

_ : iel rayo. 

• renetró al cuarto donde 
. ^rrte, recetando, y después, 
. . <as amigos la ocurrencia 

, :jicón de su casa, que que- 
.\ :<¿tuc¡ón, donde hoy se en- 
_c. tal vez el más monumental 
. ^lie ocupa el Club Uruguay, 
' y otras en mangas de camisa, 
^ .a estar charlando horas y ho- 
^ ,i coche esperaba á la puerta 
.^ Luniüa al campo. 
. a vie esas veces tuve, que acom- 
^» que me hizo entrar, y Sayago, 
.'.Jad característica que era pro- 
V c> los de aquellos tiempos, y sen- 
, V txvmendable, nos hizo poner en el 
^ oicontraba, y nos dijo: 
^ >^ vva ustedes en lo que estoy entre- 
vo no sabiendo qué podría ocu- 
, •. iU íío pudimos contestar, y entonces 

\ A Je saber, que desde esta mañana 



COSAS DE ANTaRO 

estoy viendo pasar y pasar á mucha gei 
ninguna que inspire fidiicia verdadera. 

Nos miramos mi amigo y yo y nos sí 
recordamos que era su palabra favorita. 

Desde el balcón se entretenía en en 
hombre de confianza, asi como Diógene 
linterna encandída, en pleno dia, buscab 
brc de bien. 




U RATÓN DE SACRISTÍA 



Y UN LOBO DE HOSPITAL 



Cuentan las crónicas, que siempre, ó casi siem- 
pre, nos pondremos en un término medio, han ha- 
bido gatuperios de todos géneros entre la gente de 
zotana, y que estos señores á cual más ó cual me- 
nos, han sabido explotar a las gentes sencillas y 
sin serlo, con el ropaje de religión, valiéndose de 
todo cuanto medio han podido encontrar á mano. 
Es decir, que la religión que han formado á su 
ijusto, les ha servido de manto de hipocresía para 
hacer cosas non santas; pero no la verdader¿i re- 
ligión del Divino Redentor del Mundo, que si viniera 
de nuevo, tendria que echar del Templo á los infa- 
mes mercaderes que comercian con todo hasta para 
absolver culpas y salvar almas del otro mundo, 
por dinero. 

En los tiempos de España y aún después de ha- 
ber tenido que abandonar aquella nación su domi- 
nio en estas regiones, hubo un célebre coadjutor 



COSAS DE ANTAÑO 1 83 



que se había de tal manera incrustado, diremos así, 
en todo lo que se relacionaba con la iglesia, que 
hacia y deshacía por su cuenta, todo lo que le pa- 
recía bien ó le pagaban mejor. De la iglesia sacó 
una gran fortuna, que ostentaba el muy hipócrita, 
y pasó por un santo mucho tiempo. 

Era un verdadero ratón de sacristía, pues que 
allí escarbó su fortuna y allí engatusó á más de un 
pobre prójimo que caía en sus uñas, y era con- 
siderado como un gran jesuíta que tenía á todos en- 
redados, hasta que murió. 

¡Cuántos después de él lo han secundado en el 
mismo sendero y se han incrustado en las sacris- 
tías ó en algún otro empleo eclesiástico y se han 
hecho de muy buenos pesos! Conocemos á uno 
que está en el Notariado Eclesiástico hace más de 
cuarenta años, y que sin que jamás se le haya .visto 
trabajar en nada, ostenta muy regular fortuna. ;De 
dónde la ha sacado? Del notariado, no hay que 
ponerlo en duda. 

Había también en aquellos tiempos que recorre- 
mos, otro sujeto que se dijo explotaba la caridad, y 
que tenía por teatro de sus hazañas el hospital. 

Era un verdadero lobo con piel de oveja; se lla- 
maba Sagra, era español y de aquellos que se 
pierden de vista por lo lince que son. 

Siempre, ó casi siempre, esa institución sagrada 



184 COSAS DE ANTAÑO 



ha servido para que algunos se pongan las botos, 
como quien dice, y en todos tiempos hemos visto 
que se convierte para algunos en base para la 
explotación más indigna. 

No hay nada que pueda sublevar tanto como que 
las cosas sagradas y de caridad, sirvan para hacer 
fortuna y se conviertan en objeto de especulación. 

¿Y qué conciencias deben tener esos sujetos 
cuando no respetan ni los lamentos de la desgracia 
ni los gritos del desvalido que se ampara en un 
hospicio para contar con que la caridad lo proteja 
y nada le falte, y haya quienes á su sombra lo 
exploten ? 

Nada más criminal que esto, y sin embargo, han 
existido y existen seres que no han trepidado en 
hacerlo, habiendo sido para ellos una verdadera 
mina de oro, y han llegado los enfermos hasta 
morirse de hambre por no tener alimentos, y de 
frío, por falta de abrigo, en algún tiempo. 

Era el caso de decir de éstos : 

Aquí yace don Juan de Robres 
Que con caridad sin igual 
Hizo este santo hospital, 
Y también hizo los pobres. 



EL GENERAL LAGUNA Y EL MONTE PIÓ 



El general Laguna era una verdadera especiali- 
dad en su género. 

Había sido uno de los militares más aguerridos 
en nuestras luchas, y se habla grangeado el res- 
peto y admiración de todos sus compañeros en las 
guerras de la independencia y de la libertad, y ha- 
bía conquistado en los campos de batalla las presi- 
llas de general, grado por grado, sin favoritismo ni 
indulgencia de ninguna clase. 

Podía decirse bien de él, que era un militar sin 
mancha ni mancilla, y que el valor sólo lo había 
elevado, siendo ésta la nota más sobresaliente de 
su persona. 

Pocos podrían presentar una foja de servicios 
más importantes por la patria que él, ni también 
más abnegación, más civismo y mayores sacrificios. 

Era un hombre fundido en el molde de los gran- 
des guerreros, que podría servir de protagonista en 
cualquiera de los más notables episodios de núes- 



1 86 COSAS DE ANTAÑO 



tra epopeya nacional, y ser cantados por inspira- 
dos poetas. 

Héroe en cien batallas, siempre desafiando los 
peligros, en todas las ocasiones que figuró en acción, 
nunca desmintió su valor y sobrepujó á todos sus 
compañeros por su entereza y condiciones de gue- 
rrero. 

Llegó un momento en que el sólo nombre del 
General Laguna era una columna y aún más, un 
ejército, pues supo infundir tal respeto, que su pre- 
sencia sola en cualquier acción, era bastante para 
temerlo. 

Es que poseía condiciones superiores y aptitudes 
guerreras que tenían necesariamente que rodearlo 
de tal prestigio que se imponía por sí mismo. 

Era el brazo derecho del General Rivera en 
toda la guerra que este gran caudillo sostuvo, y en 
quien depositaba toda su confianza para el éxito de 
las batallas. 

A pesar de sus dotes de guerrero, que podían ha- 
berlo ensoberbecido, era un hombre de extremada 
sencillez, y que al tratarlo, nadie hubiera creído 
que era el mismo personaje de nuestras grandes 
guerras, en que había sabido adquirir tan respe- 
table nombradla. 

Era un hombre alto, bien formado, de presencia 
simpática, que á primera vista disponía á su favor; 



COSAS DE ANTAÑO 1 87 



en extremo afable y bondadoso catequizaba á los 
que á él se acercaban, aunque fuesen enemigos. 

Siempre vistió el traje de paisano; el poncho no 
lo abandonó nunca, ni el sombrero con el prover- 
bial barbijo con grandes borlas, y aun siendo Mi- 
nistro de la Guerra, no dejó de usarlo; verdad es que 
no quiso jamás ni permitía que le quisieran vestir 
de otra manera. 

Tenia ocurrencias célebres que han quedado en 
la memoria de todos, que le dieron en aquellos 
tiempos mucha celebridad. 

Entre ellas se cuenta que yendo á cobrar su 
sueldo, se le quiso descontar el monte pío, como 
á todos los militares y empleados de la Nación, 
y muy lleno de extrañeza reclamó contra aquel des- 
cuento, manifestando al empleado : 

<Que conocía á la República palmo á palmo; 
que no había rio que no hubiese pasado ni monte 
que no supiese, pero que jamás había oído ni visto 
en donde quedaba ese monte pió ^, y sin más se 
hizo entregar sin descuento su sueldo. 

Otra ocasión en que siendo Ministro de la Guerra, 
se daba una función de gala en el teatro, en con- 
memoración de uno de los días patrios, y se la de- 
dicaban los artistas; fueron con tal motivo á verlo, 
y recibiéndolos, les preguntó qué era lo que iban á 
representar. 



1 88 COSAS DE ANTAÑO 



Entonces le nombraron el drama que iban á po- 
ner en escena, y no conformándose les dice: 

— Miren, si no quieren ustedes que me duerma, 
lo que hacia siempre cuando asistía con los demás 
miembros del Gobierno al teatro, den ustedes algu- 
nos sainetes que nos hagan reventar de risa, por- 
que sino no acepto la dedicatoria y vayanse con la 
música á otra parte. 

Y sin más los despidió y se quedó muy satisfecho 
con su salida. 

De estas cosas podrían citarse muchas más, que 
hicieron de Laguna una verdadera originalidad y 
que quedaron por mucho tiempo como recuerdo de 
sus buenas ocurrencias. 



EL GENERAL LAVALLEJA 



JUZGADO POR UN ADMIRADOR 



Era el General Lavalleja un hombre verdadera- 
mente patriota. Era uno de aquellos espíritus que 
están dotados de una extraordinaria firmeza de 
convicciones, de una fe profunda, y de un entu- 
siasmo tal por la libertad de la patria, que degene- 
raba en fanatismo verdadero. 

Nada le arredraba; ningún obstáculo habia su- 
perior á su voluntad ; todo le era accesible, fácil, 
y las montañas se le allanaban ante su omnipo- 
tente amor por la libertad. Tenia una idea fija, y 
era redimir á su país del yugo extranjero, y no 
descansaba un solo momento y se agitaba de 
continuo ante ese plan. 

Todo él, en cuerpo y alma, estaba consagrado 
á ese culto por la redención de la patria ; no res- 
piraba otro ambiente, ni aspiraba á otra cosa, y 
su corazón sólo latía impulsado por ese senti- 
miento grandioso que habia, al fin, de ver coro- 
nado con el éxito más feliz. 



190 * COSAS DE ANTAÑO 



Desterrado, puesta su cabeza á precio, perse- 
guido, jamás desmayó por más que la suerte le 
fuera adversa; confiaba en su destino, tenia fe 
completa en su estrella, y eso lo sostuvo siempre, 
y de allí resultó, el que se produjese el más grande 
y notable hecho que registran los anales de nues- 
tra historia, y en que su nombre figura como un 
verdadero héroe ó como el gran adalid de nuestra 
epopeya nacional. 

El acto grandioso de la cruzada de los Treinta 
y Tres, de que fué principal protagonista, es algo de 
sobrehumano, de sobrenatural, que se engrandece 
más y más conforme los tiempos corren, y aparece 
más grandioso y más sublime. 

El General Lavalleja era, como todos los de 
aquella época, en extremo sencillo, pues parece 
que el verdadero mérito reside en caracteres be- 
nevolentes y sin pretensiones. 

Cualquiera que se hubiera acercado á él, se pre- 
guntaría, después que lo hubiera visto y hablado, 
si seria el mismo hombre que tantas grandes cosas 
había hecho, pues por lo mismo que sobresalen del 
común de los mortales, la gente los tienen por 
seres superiores ó como unas especies de divinida- 
des, y como lo maravilloso es siempre lo que más 
agrada á todos, de ahí que la imaginación les 
preste todo lo que puede soñar de inmenso, gran- 
dioso y heroico. 



COSAS DE ANTASÍO I9I 



Después de las hazañas en que Lavalleja figuró 
en primera linea, de todas partes de la campaña 
venían á saludarlo y á felicitarlo por su heroica 
empresa; y hasta aun mismo sus enemigos, los bra- 
sileros, lo admiraban. 

Hubo un momento, después del combate del 
Sarandi, en que á su decisión fué debido, más que 
á todo, que fuese ganada aquella heroica acción, 
con su carga de caballería al grito de sable en 
mano y carabina á la espalda, que fué un ver- 
dadero frenesí el que tuvieron todos por él. El 
entusiasmo llegó á su colmo cuando triunfó en 
aquella memorable acción, y si ha habido algún 
héroe que haya visto en vida su apoteosis, fué en 
aquel momento para nuestro gran patriota. 

Lavalleja estaba en los labios y en el corazón 
de todos, y palpitaba en los orientales tal entusiasmo 
por su libertador que nada podría dar una idea de 
ello. 

Y es que lo merecía: pues fueron verdaderos 
prodigios de valor y de patriotismo los que al- 
canzó en la redención de su patria, que sólo en los 
grandes hechos de la historia se consignan. 

Entre sus grandes admiradores, hubo un hacen - 
dado muy rico, riograndense, que lleno de entu- 
siasmo por Lavalleja, llegó después de concluida la 
guerra de la Independencia al ejército, con el sólo 
objeto de conocerlo. 



\NO 



..e habia realizado tan- 

.ore de su voz, contem- 

. ..M una de sus más grandes 

>uír al lado de aquel héroe 

. nada lo detuviese, se puso 

. :aartel general con sólo ese 

■ícomendaciones que le habían 

.^ ís con el sólo fin de ser presen- 

.'^-> al ejército y fué satisfecho su 

iicver al hombre que tanto admi- 

Je los jefes que más en contacto 

» a quien se lo presentó en seguida, 

.. ..\ iMra que satisfaciese su curiosidad 

>.0tO Y sin testigos importunos. 

..•.u\ el brasileño pareció quedarse per- 

. i L,avalle¡a, que consideraría tal vez de 

vSjvmí^» elevado y de actitudes insinuantes, 

, .. j tvxlo lo contrario, muy bajo de esta- 

. N >»ca grueso que delgado, y que no tenía 

o AvjvicUo que pudiese distinguirle personal- 

, vvS siempre la imaginación agiganta á los 

V V ^ \v; presenta como el complemento de todo 

...vJv^ Y lo humano, física y moralmente. 

' , tw^ es que después de haber estado como 

. V * t Cí^ horas juntos, oyendo á Lavalleja referir 



COSAS DE ANTAÑO 

todas SUS hazañas con toda la verbosidad que te 
natural, y que no concluía nunca cuando empe: 
á hablar, el brasileño pidió permiso para retirí 
lo saludó y lo dejó. 

Cuando salió, fué á ver á quien le había ser 
de introductor para agradecerle su atención, y v 
dolo éste muy cabizbajo y sin aquel entusia 
que traía cuando había llegado, le preguntó: 

— ¿ Qué tal, qué le ha parecido Lavalleja ? 

El brasileño meneó la cabeza, suspiró y se ci 

Pero viendo este silencio y notando ese susf 
insiste en saber la opinión que llevaba, y entor 
después de algunas palabras más ó menos er 
cortadas y algunas disculpas más ó menos disi 
ladas, instigado siempre para que dijese cuál 
el concepto y opinión que se había podido for 
de nuestro ¡lustre general, el brasilero, apremi 
contestó al fin: 

— Quer que diga a pocé a verdade; pots I 
sinío muito haberlo conheddo. 

El encanto había desaparecido de aquel e 
siasta admirador, al acercarse y hablar con L¡ 
lleja, lo que prueba que no porque sean héi 
dejan de ser hombres y que tienen las mismas 
perfecciones, ó más, que todos los humanos, y 
es una gran verdad, que á grandes méritos, gra 
defectos, y que si hay pocos que ganan mucho 



194 COSAS DE ANTAÍíO 



nociéndolos y acercándose á ellos, los hay en gran 
número que pierden inmensamente y sucede así 
siempre que al idolo se le descubren los pies de 
barro. 

Verdad es, que á veces también son injustos los 
hombres y los pueblos con sus libertadores, y que 
se olvidan muy pronto de los grandes servicios que 
han prestado. A Lavalleja le pasó otro tanto; todo 
aquel entusiasmo que despertó en su pasada al país 
y en la batalla del Sarandi, cuando debía haberle 
correspondido el haber ocupado la primera presi- 
dencia por ser un acto de justicia, nombran á Ri- 
vera, que había estado hasta muy poco antes sir- 
viendo á los brasileros, y no sólo esto, sino que le 
entonaban : 

¡ Sarandi, Saranda ! 
Lavalleja 3*a no anda. 

Por lo que se ve que no sólo fué el brasilero el 
desencantado, que al fin y á la postre era un ene- 
migo, sino sus mismos paisanos, que le debían 
tanto, fueron muchos los que también experimenta- 
ron lo mismo. 




EL GENERAL RIVERA OCURRENTE 



Todos sabrán, por haberlo oído ó por tradición, 
porque pocos son ya los que viven de la época en 
que figuró Rivera como uno de nuestros principa- 
les caudillos, que éste era en extremo ocurrente y 
que tenía una salida feliz para todo. 

Son tantas las anécdotas y cuentos que se refie- 
ren de él, que habría tema bastante para hacer un 
libro. 

Tenía Rivera un talento natural que sobresalía, 
y condiciones especialísimas de gaucho y hombre 
civilizado. Se adaptaba á todo con una facilidad 
inconcebible, y poseía en grado extraordinario el 
don de asimilación de todo lo que veía y oía, como 
también el de atracción, que le valió siempre verse 
rodeado de la mejor gente del país. 

Como caudillo, sabemos que después del inmor- 
tal Artigas, nadie ha tenido tanto prestigio como 
él en el país, y nadie también como él ha podido 
dominar la campaña por tanto tiempo. 



1 86 COSAS DE ANTAÑO 



tra epopeya nacional, y ser cantados por inspira- 
dos poetas. 

Héroe en cien batallas, siempre desafiando los 
peligros, en todas las ocasiones que figuró en acción, 
nunca desmintió su valor y sobrepujó á todos sus 
compañeros por su entereza y condiciones de gue- 
rrero. 

Llegó un momento en que el sólo nombre del 
General Laguna era una columna y aún más, un 
ejército, pues supo infundir tal respeto, que su pre- 
sencia sola en cualquier acción, era bastante para 
temerlo. 

Es que poseía condiciones superiores y aptitudes 
guerreras que tenían necesariamente que rodearlo 
de tal prestigio que se imponía por sí mismo. 

Era el brazo derecho del General Rivera en 
toda la guerra que este gran caudillo sostuvo, y en 
quien depositaba toda su confianza para el éxito de 
las batallas. 

A pesar de sus dotes de guerrero, que podían ha- 
berlo ensoberbecido, era un hombre de extremada 
sencillez, y que al tratarlo, nadie hubiera creído 
que era el mismo personaje de nuestras grandes 
guerras, en que había sabido adquirir tan respe- 
table nombradía. 

Era un hombre alto, bien formado, de presencia 
simpática, que á primera vista disponía á su favor; 



COSAS DE ANTAÑO 1 87 



en extremo afable y bondadoso catequizaba á los 
que á él se acercaban, aunque fuesen enemigos. 

Siempre vistió el traje de paisano; el poncho no 
lo abandonó nunca, ni el sombrero con el prover- 
bial barbijo con grandes borlas, y aun siendo Mi- 
nistro de la Guerra, no dejó de usarlo; verdad es que 
no quiso jamás ni permitía que le quisieran vestir 
de otra manera. 

Tenia ocurrencias célebres que han quedado en 
la memoria de todos, que le dieron en aquellos 
tiempos mucha celebridad. 

Entre ellas se cuenta que yendo á cobrar su 
sueldo, se le quiso descontar el monte píOy como 
á todos los militares y empleados de la Nación, 
y muy lleno de extrañeza reclamó contra aquel des- 
cuento, manifestando al empleado : 

«Que conocía á la República palmo á palmo; 
que no había río que no hubiese pasado ni monte 
que no supiese, pero que jamás había oído ni visto 
en donde quedaba ese monte pió ^^ y sin más se 
hizo entregar sin descuento su sueldo. 

Otra ocasión en que siendo Ministro de la Guerra, 
se daba una función de gala en el teatro, en con- 
memoración de uno de los días patrios, y se la de- 
dicaban los artistas; fueron con tal motivo á verlo, 
y recibiéndolos, les preguntó qué era lo que iban á 
representar. 



1 88 COSAS DE ANTAÑO 



Entonces le nombraron el drama que iban á po- 
ner en escena, y no conformándose les dice: 

— Miren, si no quieren ustedes que me duerma, 
lo que hacia siempre cuando asistía con los demás 
miembros del Gobierno al teatro, den ustedes algu- 
nos saínetes que nos hagan reventar de risa, por- 
que sino no acepto la dedicatoria y vayanse con la 
música á otra parte. 

Y sin más los despidió y se quedó muy satisfecho 
con su salida. 

De estas cosas podrían citarse muchas más, que 
hicieron de Laguna una verdadera originalidad y 
que quedaron por mucho tiempo como recuerdo de 
sus buenas ocurrencias. 



EL GENERAL LAVALLEJA 



JUZGADO POR UN ADMIRADOR 



Era el General Lavalleja un hombre verdadera- 
mente patriota. Era uno de aquellos espíritus que 
están dotados de una extraordinaria firmeza de 
convicciones, de una fe profunda, y de un entu- 
siasmo tal por la libertad de la patria, que degene- 
raba en fanatismo verdadero. 

Nada le arredraba; ningún obstáculo había su- 
perior á su voluntad ; todo le era accesible, fácil, 
y las montañas se le allanaban ante su omnipo- 
tente amor por la libertad. Tenía una idea fija, y 
era redimir á su país del yugo extranjero, y no 
descansaba un solo momento y se agitaba de 
continuo ante ese plan. 

Todo él, en cuerpo y alma, estaba consagrado 
á ese culto por la redención de la patria ; no res- 
piraba otro ambiente, ni aspiraba á otra cosa, y 
su corazón sólo latía impulsado por ese senti- 
miento grandioso que había, al fin, de ver coro- 
nado con el éxito más feliz. 



UN PORTUGUÉS FINCHADO 



Cuentan las crónicas, que en la dominación por- 
tuguesa, hubo un célebre militar que presumía de 
buen mozo, y que lo era en efecto, tanto que parece 
que era el quebradero de cabeza de cuanta mucha- 
cha bonita había entonces en esta ciudad benemé- 
rita, que siempre ha tenido muy justa fama de te- 
nerlas, antes y ahora, y que han ablandado á mgs 
de un corazón de roca, y al que más presumiese de 
insensible á los dardos del amor y á las miradas de 
fuego de las bellas. 

El caso es, que á ese fidalgo poj^tugués no po- 
dían conseguir hacerlo caer en las redes, ninguna 
de las encantadoras circes ni las que no lo eran. 
Se paseaba muy ufano y con toda la arrogancia de 
fidalgo por donde había más bellas, con su orde- 
nanza, pues era jefe de alta graduación, y se pa- 
voneaba que era un gusto : se retorcía los bigotes, 
y de vez en cuando miraba á alguna que otra, y 
cuando ya había pasado, preguntaba al ordenanza 



COSAS DE ANTASo 201 



que lo seguía^ qué habían dicho de él, á lo que le 
contestaba : 

— Dizem que vossa señoría é muito bom mozo. 

— E ¡sso assim ? Elntáo deichalas penar ! excla- 
maba. 

Y se retiraba muy satisfecho del gran efecto que 
había hecho su persona y de la gran fama de buen 
mozo que tenía entre las damas. 

Pero parece que al fin y al postre, como todos 
los mortales, se enamoró de una de tantas que 
al pasar siempre le decía que era muy buen mozo, 
y que con otras muchachas, por lo mismo que no 
se daba por entendido, lo hacían más adrede, por 
burlarse tal vez de quien no les hacía caso, ni se 
daba por entendido con ellas, cosa que no perdona 
nunca la mujer, y más si es bonita. 

El caso es que se ablandó el corazón de aquel 
pretencioso personaje, y que se bebía los vientos 
por aquella deidad que antes había dejado penar 
y no había ni aun mirado, y que quería después, á 
todo trance, conquistar. 

La joven, viendo que no era extraña á sus mira- 
das, quiso dar una buena lección á quien tanto había 
pregonado de independencia y de indiferentismo, y 
empezó á coquetear con el finchado militar, hasta 
hacerle consentir en que lo recompensaba. 

El fidalgo portugués, muy contento, ya creía se- 



202 COSAS DE ANTAÑO 



guro SU triunfo con aquella bella, pero siempre ha- 
bía algún obstáculo para obtener su deseo ardoroso, 
y pasaba el tiempo y más se enardecía su corazón 
por quien creía una conquista fácil, mucho más 
cuando creía que no había quién pudiera resistir sus 
miradas, teniendo el convencimiento de que era una 
especie de Adonis para las mujeres, pues tanto se 
lo habían dicho, que había concluido por creerlo asi. 

Pero creyendo seguro su triunfo, no contaba sin 
embargo con la huéspeda, como vulgarmente di- 
cen, y es que esa deidad tenía otro pretendiente, 
que si no era tan arrogante y buen mozo como el 
fidalgo, era de aquellos que no se andan por las ra- 
mas y se van derecho al tronco, y de los que na 
abandonan una empresa así no más. Parece que á 
la dama no le era indiferente tampoco, y de con- 
cierto, después de haberse entendido sus corazones, 
quisieron darle un mal rato al portugués. 

El caso es que yendo á ver á la dama de sus 
pensamientos, le había pedido el fidalgo una cita, 
en donde podría hablar y estar á solas, á lo que 
con algunas resistencias, como era natural presen- 
tir y esperar, al principio, había al fin consentido 
aquélla. Concertóse el lugar y la hora y juró la 
dama que no faltaría, y el fidalgo se fué muy 
satisfecho, palpitándole el corazón desde ya, de 
puro gozo. 



COSAS DE ANTAÑO 2O3 



Los instantes eran siglos, las horas eternas, por 
que lo alejaban del supremo goce que iba á experi- 
mentar, cuando al fin llegó el momento, y conten- 
tísimo se dirigió á donde debía tener lugar la cita. 

Llega á la casa, golpea y no le abren; vuelve f\ 
golpear, y nada; se impacienta el portugués y gol- 
pea hasta romper el picaporte y amenazar echar 
la puerta abajo. 

Entonces aparece un hombre con un buen bastón, 
que se dirije al que golpeaba, preguntándole qué se 
le ofrece y por qué golpea de ese modo, incomo- 
dando a todos. 

El fidalgo no sabe cómo disculparse, creyendo 
que se ha podido equivocar; pero se cerciora bien 
después que es el mismo sitio que se le ha designado, 
y creyendo que sea una burla la que le han ju- 
gado, vuelve y golpea de nuevo con más bríos; se 
abre de nuevo la puerta, aparece el mismo hombre 
que antes había abierto, y entonces, dejándolo en- 
trar, le sacude una tunda de palos que lo pone 
como nuevo. El fidalgo quiere hacer uso de sus 
armas, pero como aquél no le da tiempo para 
nada, sale, y al hacerlo, le cae encima un balde de 
agua que le arrojan de la azotea y que lo deja en- 
sopado y al mismo tiempo que eso le pasa, le gritan: 

< Deichelas penar, deichelas penar. > 

Quiere medirse con quien le dio los palos, y le 



204 COSAS DE ANTAÑO 



grita desde afuera ¡cobarde! y no sé cuántas brava- 
tas. El que había ejecutado tal hecho, que no era 
otro que el pretendiente de la dama en cuestión, no 
se esquiva á sus provocaciones y sale y le dice que 
allí está, qué se le ofrece y que si quería que vol- 
viese á empezar de nuevo; y entonces el portugués, 
' viendo su actitud resuelta, con[io el famoso andaluz, 
dio media vuelta y. . . 

«Retorceu o mostacho, 

Caló o chapeu; requirió a espada, 

Foi-se e nao hubo nada.» 



É6HENLE ARRAYÁN, QüE EL GAMPO LO DA 



Aunque no de Montevideo, esto que vamos á re- 
ferir, no deja de ser digno de narrarse. 

Refieren las crónicas, que allá en Entre-Ríos 
hubo un famoso gobernador llamado García de Zü- 
ñiga, y cuentan y no acaban de relatar todas sus 
extravagancias y rarezas. 

Era un hacendado muy rico y tenía pobladas 
grandes estancias, en donde solía pasar la mayor 
parte de su tiempo, cuando los asuntos de Gobierno 
no le ocupaban su atención. 

En aquellos tiempos, pues nos referimos á algu- 
nos lustros, era Entre-Ríos una verdadera nidada 
de bandoleros: era como la Sierra Morena en- 
tre los españoles y la Calabria entre los italianos. 

El que tenía que pasar por allí, podía confesarse 
y comulgar, si era buen cristiano, y si no, encomen- 
dar su alma al diablo, porque bien ciertamente, si 
salía con su pellejo vivo, era más que un milagro, y 
más si llevaba algunos morlacos, pues aunque uno 



20é COSAS DE AKTAÍÍO 



quiera ocultar que los lleva, los huelen de lejos los 
sabuesos ó ladrones. 

Era, pues, Entre-Ríos una verdadera nidada de 
bandidos, en donde el pobre que pasaba por allí, 
tenia que caer en sus garras y verse desbalijado, y 
gracias que salía vivo; y esto duró hasta que Ur- 
quiza fué Gobernador, que los metió á todos en un 
zapato, como dicen, y llegó á tanto, que después po- 
día andarse por allí con los talegos en la mano por 
todas partes, sin que nadie osase ni se atreviese, no 
diremos ya á asaltar á los que los llevaban, sino 
ni aun á mirarlos. 

Cómo hizo aquel milagro Urquiza, bien podremos 
hacernos cargo de ello; fué no dando tregua ni 
cuartel á cuanto foragido había, y llegó hasta tal 
punto el rigor, que por el sólo hecho de rolxír una 
gallina y unos huevos, Urquiza mandó que para 
escarmiento, sufriese el delincuente la úhima pena, 
lo que era ya la exageración del castigo. 

Pero en aquellos tiempos á que nos referimos, 
Entre-Ríos estaba en todo su apogeo de asesinatos 
y robos; así es que vivía allí el que algo tenía, 
por casualidad, con el Jesús en la boca, como quien 
dice, ó con la espada de Dámocles suspendida so- 
bre su cabeza. 

El famoso Ramírez, que traicionó, como sabemos, 
á Artigas, era el caudillo entonces que encabezaba 



COSAS DE ANTAÍÍO 207 



toda esa cohorte de bandoleros, y bajo su som- 
bra hacían todos los desmanes y tropelías, que- 
dando después Entre-Ríos con una fama muy bien 
adquirida, hasta que Urquiza puso á todos como 
guante, como ya hemos dicho. 

García de Züñiga, de quien nos. ocupamos, quiso 
dar un ejemplo, cuando fué Gobernador, de justicia 
á su modo, y la hizo en su estancia. 

Sucede que estando en ella, oía de continuo á 
los peones decir: «échele no más arrayán, que el 
campo lo da > y que se reían y festejaban la gracia 
con grandes risotadas. Quiso García Zúñiga saber 
qué era aquello, y vio que lo que llamaban arra- 
yán era el sebo y la grasa que había en los gal- 
pones y que había disminuido mucho por el abuso 
que se estaba cometiendo. 

Entonces, sin darse por entendido, ordenó á to- 
dos que entrasen á trabajar en los galpones, para 
dar vuelta los pilones de cueros, grasa, sebo, etc., 
y cuando estaban todos adentro, les cierra la puerta 
y entonces prende fuego á las maderas, que arden 
como estopa, y más con el combustible que había 
adentro, se produce un vasto incendio, en donde 
perecieron quemados los delincuentes, gritándoles 
Zúñiga de continuo : Échenle arrayán no más, que 
el patrón lo paga. 

¡Qué entrañas no tendría aquel buen señor Zü- 
ñiga cuando hizo aquello!... 



QUE LE DEN GHOGOLATE, ET6. 



Del mismo Entre -Ríos cuentan una anécdota 
curiosísima entre muchas otras, que siendo no ya 
Gobernador Urquiza, sino Presidente de la Confe- 
deración, dio un gran baile en su palacio y estancia 
de San José, y que como era natural, fueron invi- 
tados todos los Gobernadores de las provincias. 

Entre los que figuraban, había uno que sobresa- 
lía de todos los que pudieran clasificarse de menos 
civilizados, y que en aquellos tiempos, y aun en es- 
tos mismos, no deja de haberlos; se podría de- 
cir que toda clase de trato social estaba reñido 
con él, pues parece que en las provincias muchos 
de sus Gobernadores, no sólo ni escribir ni leer 
sabían, sino que ni aun tenían modales ni cos- 
tumbres de gentes, y había más de uno que eran 
unos semi-salvajes ó semi-bárbaros completos. 

Dicho Gobernador fué á saludar á Urquiza en 
cuanto llegó á San José, y viéndolo éste con el pelo 
largo, que más bien era greña que pelo, con pon - 



COSAS DE ANTAÑO 209 



cho y mal calzado, encargó á uno de sus ayudantes 
que lo hiciese arreglar como mejor se pudiese, para 
concurrir al baile. 

En efecto, salió junto con el ayudante, y éste que 
sabía lo mismo que el Gobernador, que toda orden 
de Urquiza era preciso cumplirla inmediatamente, 
pues no esperaba réplica, en seguida se puso á la 
obra. 

Llevó primeramente al Gobernador á una bar- 
bería para que lo afeitasen y le cortasen las greñas, 
y recomendó mucho que tuvieran mucha atención 
con él. Nunca había entrado peine en aquel bosque 
greñudo; asi es que al barbero le costó un triunfo 
poder arreglárselo, no sin que viese las estrellas el 
pobre Gobernador. 

Después de concluida esta operación, fueron á 
una sastrería militar á buscar ropa que le viniese 
bien y después de buscar y probarse sacos y ca- 
sacas, se encontró una que le venía tanto cuanto 
es posible bien, pues no le era muy holgada que 
digamos, y más bien lo apretaba, pero no había 
más remedio que ponérsela, pues no había tiempo 
para hacer una nueva, y el Presidente Urquiza 
había ordenado que se vistiese bien, y no había 
más remedio sino cumplir la orden, pues que ya sa- 
bían que quería que se cumpliera lo que mandaba, 
tuerto ó derecho, sin observación de ninguna clase. 



210 COSAS DE ANTAÑO 



En fin, aun le quedaba algo más serio que llenar, 
y era el calzarlo al bueno del Gobernador ; ningún 
zapato, ni botin, ni bota, le venían bien, y sólo las 
chinelas, á que se habían acostumbrado sus pies, 
era lo único que soportaba; ¿pero cómo había de 
ir en chinelas á un baile de gran categoría ? como 
dicen aun los paisanos. ¿Y qué no diría el viejo? 
como lo llamaban á Urquiza en señal de cariño y 
respeto. Nada; era necesario ponerse botas, y así lo 
hizo, encomendándose á Dios y á todos los santos. 

Llenada su comisión, el ayudante se retiró y fué 
á dar cuenta al Presidente de que la orden estaba 
cumplida. 

Urquiza se alegró mucho y se sonreía al saber 
que aquel pobre paisano se había podido resignar á 
vestirse como la gente. 

Llegada la noche del gran baile, el Gobernador 
se vistió, como Dios le dio á entender, no sin pro- 
testar una y mil veces contra aquellas modas, y de 
verse tan ajustado que no podía moverse á sus 
anchas. 

Entró al salón y fué á saludar, como era natural, 
á Urquiza, quien lo felicitó por lo bien apuesto que 
venía, y luego, después de algunas palabras corte- 
ses que le dirigió, lo dejó. 

Ya habían pasado algunas horas y la estrechez 
de la ropa la iba sintiendo más y más, sobre todo 



COSAS DE ANTAÑO 211 



los botines, pues, conforme se le calentaba el cuero, 
se hacían nicas insoportables. El Gobernador veía 
ya estrellas al poco tiempo de haber entrado, pero 
últimamente ya sudaba frío y casi estaba en estado 
de desmayarse. 

La lividez de su rostro la observó Urquiza, y 
mandó al mismo ayudante que le había servido 
para vestirlo, que fuese á saber si estaba indis- 
puesto. 

Lo hizo así, y le preguntó en nombre del Presi- 
dente, si se encontraba mal. 

— Sí, paisano, le contestó ; estoy muy descom- 
puesto y viendo estrellas con estas malditas botas. 

El ayudante tuvo que retenerse mucho para no ; 

reírse en su cara, y fué á dar la respuesta á Ur- 
quiza, que se reía grandemente de aquello. 

En eso, por mal de sus pecados, pasa por frente ¡ 

de él una bandeja con pocilios de chocolate y le ' 

ofrecen uno; el Gobernador, que no veía ya del « 

dolor, toma la taza que le dan, y creyendo que 
fuese algo frío, se embucha el contenido y se 
quema la boca y las entrañas, y desparrama por 
el suelo el resto y por encima de los convidados. 

una hilaridad general de los que había allí pre- 
sentes, corrió al pobre Gobernador, que no pudiendo , 
soportar aquello, salió como Dios le dio á entender 
y no volvió á aparecer más en el salón. 



212 COSAS DE ANTAÑO 



Es que se habia ido á refrescar al jardín, y allí 
se había sacado los botines para respirar un poco, 
sin contar con la huéspeda, esto es, que después no 
se los podría poner, como así sucedió. 

Apercibiéndose Urquiza de que había desapare- 
cido, lo hizo buscar, y pronto dieron con él y le di- 
jeron todo lo que había pasado. Fué él mismo á 
verlo, y preguntándole qué era aquello, contestó : 

— Mi General y Presidente: mándeme hacer 
matar al frente del enemigo, pero no me haga ves- 
tir, ni poner botas apretadas, ni tomar chocolate 
hirviendo. 

Urquiza se rió en grande de esto con todos; le 
hizo dar unas chinelas, y después le dio su carruaje 
para que lo condujera á su hotel. 

Después de este percance, el Gobernador siempre 
que tenía que castigar rigorosamente á alguno, di- 
cen que mandaba que lo peinasen^ le pusiesen bo- 
tas ajustadas y le diesen chocolate hirviendo, como 
que no comprendía que pudiera haber mayor tor- 
mento que éste, lo que si non é vero e ben trovato. 



I 




EL PADRE DE LOS POBRES 

DON FRANCISCO A. MACIEL, Y SU DESAPARICIÓN MISTERIOSA 



Verdaderamente que es cosa de admirar, cómo 
pudo desaparecer^ después de la acción contra los 
ingleses, en las Tres Cruces, don Francisco A. Ma- 
ciel, conocido por el padre de los pobres, y fundador 
del Hospital. 

Persona como era tan espectable, no podía dejar 
de ser buscado con todo interés después que hubo 
desaparecido, y así fué; pero por más investigacio- 
nes que se hicieron, ni vivo ni muerto apareció, ni 
entonces ni después, y ha quedado sumido esto en 
el más profundo misterio. 

Se creyó que los ingleses podrían haberlo secues- 
trado y habérselo llevado á Londres para tenerlo 
cerno prisionero; pero nada de eso hubo, y aun los 
ingleses mismos, después que tomaron esta plaza, 
pusieron el mayor interés de su parte para hacer 
todas las pesquisas é indagaciones del caso. 

Tampoco sabían nada sus compañeros, que ha- 



214 COSAS DE ANTAÑO 



bían tenido que huir ante las fuerzas británicas, que 
los sorprendieron entre unos maizales, que hubiese 
sido herido ni muerto. 

Caso tan extraño como éste, pocas veces se ha 
visto, pues que el hecho de armas tuvo lugar en las 
aproximaciones de la ciudad, á la luz del día, pu- 
diendo distinguirse y verse todo bien. 

Transcribimos lo que á este respecto hemos es- 
crito: 

a Al conocerse en la ciudad el triste resultado de la 
operación militar (i) confiada al Virey, se quiso 
lavar aquella afrenta con un digno ejemplo de valor 
cívico, haciendo una salida algunas fuerzas de las que de- 
fendían sus muros. 

« Y aunque nada prudente era comprometer nuevamente 
la causa por una repentina intentona, en que sin preten- 
derlo podría debilitarse la defensa, y no obstante la opi- 
nión de Huidobro y del mismo Cabildo, se decidió en 
mal hora á tomar ese partido, aprestándose para ese ob- 
jeto dos mil trescientos ochenta y dos hombres. 

(c El Cabildo, previsor de lo que iba á ocurrir, se diri- 
gió al Gobernador exhortándolo para que no se aventu- 
rase el éxito de la causa en aquella arriesgada empresa, 
y asi le manifestaba: 

cLa batalla que se lu dado últimamente, si bien quedó 



(i) Véase mi obra titulada a Invasión inglesa en el Río de la 
Plata», que es de donde tomamos esto. 



COSAS DE ANTAÑO 21 5 



por los enemigos, la victoria les hizo conocer á los mis- 
mos, que si nuestras fuerzas tienen valor para irlos á 
buscar en su mismo campamento á cuerpo descubierto, 
hará esta ciudad, con la misma gente dentro de sus mu- 
ros, una defensa irresistible con todas las fuerzas reu- 
nidas. 

«En las acertadas disposiciones de V. S., en su acti- 
vidad, en el precioso entusiasmo de este vecindario, de 
cuyos corazones es V. S. absoluto dueño, por la dulzura 
con que sabe mandarnos, estriba nuestra felicidad y 
acierto. 

a Algunos oficiales de aquellos de quien menos se con- 
taba, han venido á este Cabildo intentando que se ata- 
case al enemigo; ellos dicen que en la última acción, la 
victoria hubiese sido nuestra, á no ser la mala dirección 
de los jefes, que no se dieron cuenta de algunos incon- 
venientes imprevistos y circunstancias locales, á pesar de 
su energía y pericia. 

«Este Cabildo no apoya el dictamen de dichos ofícia- 
les, aunque aprecie sus buenas disposiciones. La nueva 
salida que ellos opinan, ni puede hacerse de pronto, ni 
es prudente de ningún modo. 

ce Esta es nuestra opinión, y aunque esta determinación 
corresponde á V. S., nos permitimos manifestarla since- 
ramente, por los resultados que pueden ocasionar á la 
defeasa de la plaza y al honor de sus armas. 

a Concretándonos á nuestro cometido, agregaremos sí, 
que se hace indispensable que disponga V. S. que se aco- 
pien prontamente trigos, para que los conduzcan á la ba- 
rra de Santa Lucía, de donde deben ir embarcaciones 
menores i conducirlos á esta plaza, en previsión de un 



2l6 COSAS DE ANTAÑO 



largo sitio en que podamos vencer. Que no falten víve- 
res, que asi nuestras fuerzas no se desanimaran» y ba- 
tiéndose con brío, labrarán la gloría de V. S. y asegu> 
rarin nuestra felicidad. Nuestro Señor guarde á V. S. 
muchos años. 

fü Antonio Pereira. 

«Señor Gobernador don Pascual Ruiz Huidobro. o 

Sin embargo de tan prudentes advertencias, la 
expedición se organizó para batir al enemigo. 

La columna se componía de dos mil trescientos 
hombres, como hemos dicho, cuyo mando fué con- 
fiado al mayor de plaza don Javier de Viana, y al 
brigadier don Bernardo Lecocq, estando lista para 
emprender sus operaciones sobre los invasores, 
desde el día 19, en que formaron en la plaza Ma- 
triz, realizando su salida al día siguiente por la 
madrugada. 

La columna partió con indecible ánimo, y bien 
ciertamente podría haber detenido, cuando menos 
por algún tiempo, las operaciones del enemigo, no 
presentándole batalla campal, porque no era pru- 
dente de ningún modo, medirse con tropas bien re- 
gimentadas y envanecidas con sus recientes triunfos, 
y por medio de escaramuzas y fuego de guerrillas 
hacerles grandes destrozos, sin comprometer en nada > 



COSAS DE ANTASO 217 



en campo abierto, la causa que sostenían y de la cual 
dependia la suerte de esta plaza. 

Pero fué otro el plan que se puso en práctica. 

En columna cerrada, partieron desde la ciudad, 
dirigiéndose por el Cordón hasta alcanzar al Cristo, 
sin ser hasta entonces agredidos, pero adelantan* 
dose por una de las calles laterales, la columna fué 
sorprendida y diezmada por fuertes descargas ce- 
rradas de los enemigos, que escondidos entre los 
maizales crecidos que habla en las quintas de esos 
lugares, les hicieron á quema ropa y sin que se 
apercibiesen. 

El enemigo habia previsto el caso de aquella in- 
tentona; había visto salir á la columna, é informado 
y seguro del ataque y de la , manera cómo debía 
producir mejor resultado, se prevaleció de las ven- 
tajas que le ofrecían las desigualdades del terreno y 
la poca pericia militar de los que venían á su frente, 
pues debieron mandar adelante partidas en descu- 
bierta y exploradoras cuando menos, siendo esto de 
práctica en todas las operaciones de guerra. 

Aquella verdadera sorpresa determinó todo el 
éxito de esa jornada. 

Los españoles se desordenaron, pereciendo mu- 
chos de entre ellos, y aunque quisieron rehacerse, 
replegándose á la caballería, que se componía de 
fuerzas del marqués de Sobremonte, ésta aumentó 



21 8 COSAS DE AVTAÑO 



el desbande y la desmoralización, dando cobarde- 
mente las espaldas al enemigo y huyendo en despa- 
vorida fuga á la campaña. 

La confusión y la dispersión fueron entonces com- 
pletas. 

Los ingleses destacaron fuerzas para cortar \a 
retirada á los restos de la columna, y éstos, apre- 
surados, retornaron á la plaza, entrando por los 
portones de la fortaleza en desorden completo y ar- 
diendo en ira contra el proceder y comportíimiento 
de la caballería del funesto marqués, que tan igno- 
miniosamente había abandonado á sus compañeros, 
dejando sacrificar á tantos y contándose entre ellos 
al benefactor y filántropo Maciel, que fué también 
víctima en aquella acción. 

Efectivamente, las pérdidas fueron de importan- 
cia para las tropas españolas en aquella aventurada 
jornada; pero el valor castellano sobrepujó, como 
siempre, los peligros de aquella desastrosa acción. 

Las fuerzas que tan duro revés habían sufrido, no 
amenguaron sus esfuerzos en pro del sostén de la 
noble causa que sostenían y se dispusieron á morir 
todos ó á vencer en defensa de la plaza. 

Por lo que hemos visto, pereció don José A. 
Maciel en aquella desgraciada acción, pero sólo es 
una presunción, pues que su cadáver no se halló 



COSAS DE ANTAÑO 21 9 



en ninguna parte, por más pesquisas é indagaciones 
que se hicieron para hallarlo. 

Todo hacía presumir que los ingleses, no habiendo 
sido su cadáver, lo hubieran llevado vivo á Ingla- 
terra y lo retuvieran como prisionero, bien . en el 
ejército ó á bordo. 

Pero nada hubo, y ya hemos dicho que los ingle- 
ses, una vez tomada la plaza, se mostraron tanto 
ó más interesados que los españoles en buscaHo, 
y nunca se dio con él, ni vivo ni muerto. 

¡Qué profundo misterio hubo en esto, no es fácil 
de adivinar, pero que ha dejado una honda im- 
presión que no ha sido fácil cicatrizar en el pueblo! 
La verdad es, que persona tan principal y tan digna 
y acreedora al cariño y respeto de todos, por sus 
condiciones y sentimientos humanitarios, su desapa- 
rición debia dejar un profundo vacio en nuestra so- 
ciedad por su caridad, á que se había consagrado y 
á la que tan útil había sido. 



EL GABILDO Y LA DOMINAGION INGLESA 



Apoderados los ingleses de la plaza de Montevi- 
deo, ( I ) respetaron á los funcionarios públicos en el 
ejercicio de sus actos judiciales y administrativos, y 
trataron de despertar la confianza en la población, 
reanimando los ánimos abatidos por el terror del 
desastre que habían sufrido. 

Pero era tan profunda la herida recibida ; eran 
tan justos los motivos de resentimiento y de rencor 
contra los procederes inusitados de los invasores en 
el Río de la Plata, y tan alevosos los medios que 
habían empleado, asaltando estos pueblos sin mira- 
mientos de ninguna clase, atentando de una ma- 
nera inaudita á todas las formas y principios del 
derecho, que natural y aun legitimo era de espe- 
rarse el encono contra los incalificables abusos de 
la imposición del dominio que la Gran Bretaña 
pretendía imponer á estos pueblos. 



( I ) Véase el opúsculo citado : u La dominación inglesa en el Rio de 
la Plata ». 



COSAS DE AKTASo 221 



Posesionados de la plaza, Sir Samuel Achmuty 
dio toda clase de seguridades á las autoridades y 
á la población, y sea dicho en honor á la verdad 
en este particular, los dominadores correspondieron 
dignamente á esos deseos, proporcionando y faci- 
litando todos los medios para inspirar confianza á 
todos y hacer olvidar el triste resultado de la lucha 
y de su dominio. 

Cooperando eficazmente á las indicaciones del 
Cabildo, dedicaban su formal atención en captarse 
la buena voluntad del vecindario, no obstando en 
nada, ni oponiendo trabas ni inconvenientes para 
el ejercicio del culto católico y de las leyes mu- 
nicipales y la justicia del pueblo conquistado. 

Estableciendo una franca organización en su 
marcha, protegían las ideas liberales y fecundaban 
las franquicias comerciales é industriales que Es- 
paña prohibía terminantemente á sus colonias, con 
esa política estrecha y mezquina que caracterizaba 
sus medidas exclusivistas y arbitrarias. 

Para dar ensanche á esas ideas y defender los 
principios de intervención en las colonias españolas, 
propendieron de todas maneras á desacreditar el 
régimen absoluto, administración y política del go- 
bierno de la Metrópoli, que bien ciertamente mere- 
cía la reprobación y censura, y para el efecto, funda- 
ron un periódico titulado La Estrella del Sud^ en 



_ ' -. — - • 

: : español y se ensalzaba 

_ , iesarrollaíldo las ¡deas 

Trirtos liberales diametral- 

\:rradicc¡ón completa con 

> fsnañoles sentaban como 

Tvevas completamente para 

'.waios á obedecer, con las 

\:er naturalmente; lasconse- 

•-T.TS no debian tardar en dar 

r Je los que las propagaban, 

^ r'rno de la América misma, 

. > y haciéndolas suyas, sacudió 

a sujetaba á ese ciego despo- 

:::ansigente de la madre patria. 

•rTeviiario entre el ejército con- 

. c:on dominada, ejerció toda su 

^ tr á un completo acuerdo con 

c;M\^sentaba, con el jefe britá- 



í e- 



V V. > 



:i aquellas circunstancias, ma- 
lo arduo de la empresa y cuánta 
wtaba para calmar los ánimos y 
\\ no ya entrando en un orden áe 
\x situación que desgraciadamente 
> » uioo, que era forzoso respetar por 
,\ísamado, sino ejerciendo su activi- 



COSAS DE ANTAÍtO 

dad y celo aun hasta en los menores detalles, o 
revelan las siguientes notas que fueron dirigidas 
el Cabildo ni Gobernador británico: 
Véase cómo se expresaba : 

o Este Cabildo tiene particular cuidado de comp! 
á V. E., lo mismo que auxiliar en cuanto sea po 
las disposiciones del Gobierno, sin desatender por un 
tante el bien público y la policía de esta plaza. 

« V. S. puede estar seguro de esta verdad, y no atr 
á otra cosa, aiguna falta que advierta de que V. £ 
sirvió instruirnos en oficio de ayer, á que tenemt 
honor de contestar. 

« Una guerra causa en una ciudad tal disolución, 
no se ponen en tono los varios resortes que. la organ 
sino después de pasado mucho tiempo. La novedat 
un distinto y repentino Gobierno, por dulce y suave 
sea, como sin duda lo es el de V. S., altera los dn 
de los habitantes por meses enteros; se retraen uno 
sus antiguas ocupaciones, se ausentan .otros y faltan 
más, que perecieron en la guerra. 

«El diferente idioma, causa el inconveniente de no 
derse explicar mutuamente sus sentimientos, los ven< 
res ni los vencidos, naciendo de esto una recíproca 
confianza entre unos y otros. 

uLa guerra, siempre cruel, todo lo asóla y destru] 
de aquí se sigue que aquellos instrument«>s destinad 
conservar la felicidad pública, desaparecieran, y aun 
materiales, qu« bien se hicieron pedazos ó inutiliza 
esta suerte tuvieron los útiles de panaderos, carníc< 
carruajes y todos otros objetos. 



224 , COSAS DE AKTAÑO 



«¿Y no seria pretender un imposible que un cúmulo 
de tantos males se remediara en el cortísimo tiempo de 
quince ó veinte días? 

«El Cabildo se permite decir á V. S.^que no tiene ra- 
zón en persuadirse que fué omiso en cuidar que los ca- 
rros destinados á la limpieza de la ciudad no han cum- 
plido sus deberes. 

« Los negros destinados á correr con los citados carros, 
ó murieron ó se huyeron, ó estuvieron á bordo prisio- 
neros. 

«Los bueyes, que estuvieron muchos días sin pastos, 
murieron ó los mataron nuestras gentes; las carretas de 
basuras se quemaron unas y se inutilizaron otras. 

«¿Cómo, pues, querer que se reparen completamente 
estos daños en el corto tiempo de quince ó veinte días ? 

« Actualmente, como sucedió ayer, usando de la fuerza 
destinada á los trabajos militares y lo hacen cuando quie- 
ren las carretas de la limpieza. 

« Si las tropas de V. S. tienen la culpa, no es justo 
que se le atribuya al Cabildo. 

«Esto sucede y otras cosas que callamos por no mo- 
lestar á V. S. Frecuentemente toman los esclavos de este 
vecindario y los llevan al trabajo por un día ó por me- 
dio día. Esto lo hacen regularmente cuando los cocine- 
ros van á la plaza á comprar, y en tales días quedan 
sus amos sin comer, porque no tienen cocinero ni con 
qué hacer la comida. 

« El Juez de Policía, nombrado por este Cabildo, siem- 
pre tuvo á sus órdenes un sargento veterano de con- 
fianza que le auxiliase, haciendo cumplir sus disposiciones. 
En el día se necesita más que antes para que conozcan 



COSAS DE ANTAÑO 225 



todas las personas que son autorizadas por V. S. y con 
su acuerdo las providencias del Cabildo. 

«Hoy se fíjarán proclamas para que tenga efecto lo re- 
suelto por V. S., en orden á que todos los vecinos jun- 
ten las basuras que hubiesen frente d las casas, para que 
las tomen fácilmente los carros y se saquen afuera; pero 
hay el inconveniente de que no lo cumplan los Oficiales 
á sus órdenes, á no ser que V. S. particularmente se lo 
ordene. 

«Remitiremos á V. S. copia de esos carteles que se 
sirve pedirnos, y se hará asunto de ello en el libro par- 
ticular, pero si no pudiese hallarse intérprete que supiese 
bien la versión, será forzoso remitirla en idioma español. 

« Por lo que respecta á las armas, este Cabildo no sólo 
pasó órdenes para que se entregasen, sino que además 
persuadió al pueblo verbalmente, que todos debían cum- 
plir escrupulosamente esta orden. 

« El Cabildo tendrá gusto de que V. S. se sirva hacer 
un nuevo registro que tiene meditado, porque espera que 
asi se acabará de desengañar que este vecindario procede 
siempre de buena fe y que es muy dócil para cumplir 
las órdenes superiores. 

«¿ Sala Capitular de Monte video, á 26 de Febrero de 1807. 

m Antonio Penira. 

«Señor Gobernador de esta plaza, Sir Samuel Achmuty.» 

En esta otra nota, revela el Cabildo los honrosos 
sentimientos que lo animaban por los desgraciados 



i .STXSO 

.i.nor de la verdad eran 

,iv. Llores. 



^^vl exige de la humanidad la más 
.1 ranto, no hay la menor duda 
^♦.iJo nuestras instancias acerca 

.V .. lúos, desgraciados enfermos, se la- 

. _ ' erse despojados del único alivio 

^> compatriotas les proporcionaba á 

> . l:i:aJos á mirar por los pobres en- 

. .v>:> con mano compasiva, cediendo á 

^ , .1 lurte de nuestros bienes; pero, si 

^ a es» ley que impone la caridad, le 

^ ^^4ltimamente les corresponde, sería 

, c X M. B. tienen en esta plaza Hospital 
c otro particular cada regimiento; esto 
:.o que el cuidado de V. E. con los 

.. .v>$ que tienen la fortuna de estar bajo 
asMue á los bellos sentimientos de la 



.. .^ ^acrú imitar á V. S. en esta parte, ha- 

. ..v> á favor del pueblo de su cargo, pero le 

...xx V iHxler, sin tener otro medio que el de 

. v^,i V w>tras faltas, y esto siempre con temor 



COSAS DE ANTAÜO 227 

o El Hospital de Caridad, pues, ?std ocupado por las 
tropas de S. M, B. Es tiempo ya, Excmo. señor, de que 
lo dejen libre á beneficio de los pobres, sus legítimos 
dueños. 

dLas tropas de S. M. B. que se hallaa en ¿1, podrán 
trasladarse á las casas del señor Virey de Buenos Aires, 
en la calle de San Diego número 15, que al presente sir- 
ven sólo para juntarse á comer los señores jefes y ofi- 
ciales en ciertos días de la semana, siendo aquellas ha- 
bitaciones de suñciente capacidad para la traslación de 
dichas tropas, Pero, si el fin á que actualmente esidn 
destinadas dichas casas, fuere de tanta importancia que 
deba preferirse .i la. asistencia y curación de nuestros en- 
fermos, en tal caso, podrá servir para la tropa que está 
en el Hospital, la casa de don Jús¿ Molas, número ijo, 
que se halla en la calle de San Miguel. 

« De cualquier manera, esperamos de la bondad de 
V. E., se sirva mandar que el Hospital de Caridad se 
deje libre d beneficio de sus legítimos dueños, los pobres 
de solemnidad, i cuyo favor quedari muy agradecido 
este Cabildo. 

a Dios guarde á V. E. muchos años. 

o Sala Capitular de Montevideo, i 21 de Abril de 1807. 

a Antonio Peretra. a 

Sobre administración de rentas informaba de esta 
manera : 

«Satisface este Cabildo á las pr^untas de V. E., que 
se sirve hacerle en nota de ayer, diciendo que ni los se- 



228 COSAS DE ANTAÑO 



ñores Vireves, ni los señores Gobernadores tienen en 
América conocimiento ni intervención en los caudales de 
la Municipalidad de Propios, conocido por dicho nombre 
Propios y Arbitrios, 

«La administración y conocimiento de dichos cauda- 
les, corre i cargo de los Cabildos, de los cuales se nom- 
bran tres individuos que forman la Junta que se llama 
Municipal de Propios, á quienes privadamente é inme- 
diatamente corresponde el manejo de dichos caudales. 

«Esta Junta, á fin de cada año, presenta sus cuentas 
documentales al Cabildo, quien las examina, las aprueba 
ó pone los reparos que halla justos, después de lo cual 
se pasan á las Juntas Superiores de Propios que residen 
en las Capitulares, quedando copia en los Cabildos que 
hacen su remisión. 

« Se pasará oportunamente á V. S. una relación de los 
caudales que goza esta ciudad por sus Propios; su dis- 
tribución y aplicación, con lo demás que gustare el Excmo. 
señor General de S. M. B. 

((Dios guarde á V. E. muchos años. 

i< Antonio Pereira.y> 

Con respecto á policía, se expresaba el Cabildo 
asi: 

ce Esta ciudad, en el día ocupada por un crecido nú- 
mero de comerciantes y otras clases oriundas de la Gran 
Bretaña, que así como todas las demás deben estar suje- 
tas á las disposiciones de la Policía, de las cuales nadie 



COSAS DE ANTAÑO 



229 



.t'i 



se puede eximir, porque tienen por objeto la felicidad 
pública y el bien general de todos. 

«La Policía se halla mal servida, porque el crecido 
número de individuos de la Gran Bretaña no reconocen 
ni pueden reconocer la autoridad del Juez particular 
nombrado para conocer en ella, que lo es don Juan Vi- 
dal Bena vides; de modo que el Juez no puede conte- 
nerlos en los desórdenes contra la Policía, como arrojar 
inmundicias á las calles, escombros^ basuras, aguas su- 
cias, etc. 

a Para remediar este inconveniente, no hay otro arbi- 
trio sino el que V. E. deberá dar orden para que dichos 
individuos de la Gran Bretaña le reconozcan y respeten 
como tal Juez de Policía y que obedezcan sus órdenes. 

(c Dios guarde á V . E. muchos años. 

«Sala Capitular, á 23 de Abril de 1807. 









(i Antonio Pertira.n 



ir> 



LOS GUATRO BURROS 



En los buenos tiempos de España, en este exce- 
lente vecindario de la ciudad de San Felipe y San- 
tiago, que era como una sola familia que vivía en 
paz y concordia, no dejaron de haber sus notas 
discordantes que hacían un efecto diabólico entre 
la gente buena y sencilla. 

Un tal Vargas, un tal Pernas, Santeceliz y un 
señor Passo, tenían el raro privilegio de tener in- 
trigados á todos los buenos vecinos, y fueron tan 
temibles como el diablo mismo, y cansados algu- 
nos de los que habían sido sus víctimas, pusieron 
en planta un proyecto que fué muy comentado en 
aquellos tiempos, pero que ni por eso dejaron de 
seguir teniendo intrigado á todo el mundo y me- 
tiéndose siempre contra todo bicho viviente. 

Un vecino llamado Soria, que tenía algunos prin- 
cipios de dibujante, pintó en un gran lienzo á los 
cuatro, poniéndoles unas inmensas orejas de burro, 
y un buen día apareció colgado en la entrada del 



COSAS DE ANTAÑO 23 1 



mercado, donde todo el mundo lo vio, tanto cuanto 
en aquel sitio no sólo se reunía la gente á comprar, 
sino que también los que lo habían visto iban con 
la noticia, y toda la gente se dirigía allí, una vez 
que sabían de lo que se trataba, y festejaban la 
cosa con grandes risotadas. 

Figúrense cómo se quedarían los susodichos per- 
sonajes cuando supieron el chasco de que habían 
sido víctimas, y como no eran personas que se 
quedaran sin hacer nada, reclamaron daños y per- 
juicios, é indemnización y prisión contra los autores 
de tal desaguisado que hería su dignidad y buena 
fama. 

La autoridad mandó sacar el lienzo con alguna 
parsimonia, después que había sido contemplado 
bien, y se entabló el pleito contra los autores, que 
duró años y años y que nunca se acabó, porque las 
chicanas y argucias han sido de todos los tiempos, 
y los curiales y gente de justicia siempre han que- 
rido que se alarguen las cuestiones judiciales, pues 
de eso sacan provecho. 

Al pie de los retratos había estas líneas : 

¿Quién es el de orejas más largas? 

Vargas. 
¿Quién es el de más largas piernas? 

Pernas. 
¿Y quién de estos tiene el cacumen más escaso? 

Passo. 



232 COSAS DE ANTAfíO 



¿Y quién de todos es el más infeliz? 

Santeceliz. 

Lo más curioso del caso es, que en la tramitación 
del expediente, pidiendo la parte vista de él, el Juez 
puso al pie la siguiente resolutoria: traslado el es- 
crito con los cuatro burros, lo que enardeció más y 
más á los que habían servido de mofa al vecinda- 
rio, y con sobrada razón. 

Y no era para menos que se sulfurasen, pues que 
se prestaba aquello á interpretaciones bastante equí- 
vocas, y cuando menos se podría sospechar que el 
Juez era también parte en el ridículo en que se les 
ponía con aquella providencia. 




DATE TONO, JUAN ANTONIO 



Cuentan las crónicas, que el General don Juan 
Antonio Lavalleja, era un hombre que no tenia ni 
grandes pretensiones ni ambiciones por figurar, y 
que le bastaba saber que reconocían en su persona 
al procer de nuestra Independencia. 

Asi es, que debiendo haber figurado en política 
y en los altos puestos de su país en primer lugar, 
nunca, ó pocas veces, llegó á ocupar la dignidad 
de Presidente ó Ministro, aunque más no fuera que 
transitoriamente, y ocupó una sola vez el poder 
algunos días. 

El carácter de don Juan Antonio era en extremo 
sencillo, y no lo llevaba á ocuparse gran cosa de 
sus ambiciones. 

Pero su consorte doña Ana, no era así, y se im- 
pacientaba en ver que su esposo fuese demasiado 
campechano y dejara que otros que no habían he- 
cho lo que él, se llevaran la palma y ocuparan los 
altos destinos de su país. 



234 COSAS DE ANTAÑO 



Siempre, con este motivo, lo reconvenia y lo in- 
citaba á que no fuera tan demasiado bueno y cam- 
pechano ; que se diera la importancia que tenia, y 
concluía siempre con la frase : Juan Antonio, date 
tono. 

Tanto y tanto le repitió aquello, que don Juan 
Antonio empezó á comprender que debía ocuparse 
más de política, y también incitado por algunos des- 
contentos con el Presidente Rivera, se puso al 
frente de una revolución que tuvo un fin desgra- 
ciado, y tuvo que refugiarse en el Brasil, donde 
fué internado y vigilado por requisiciones del Go- 
bierno de su país. 

Verdad es que Oribe, con quien contaba para la 
revolución, y hay quien aseguraba que estaba en 
ella, se puso de parte de Rivera á última hora, y 
lo sostuvo, lo que dio un resultado desgraciado á 
la empresa y fracasó. Esto fué el motivo para que 
Rivera trabajase por Oribe para sucederle en el 
mando. 

Mal le salió á don Juan Antonio aquella empresa, 
y resonarían siempre en sus oídos los consejos de 
su consorte de que se diese tono, pues que no de- 
jaría de sufrir viéndose en el ostracismo, tal vez 
por tanto repetirle que se diese tono, á pesar de 
todo lo legal que hubiese sido la revolución contra 
Rivera . 



LA GüENTA CELEBRE DE UN DOCTOR 



El General don Frutos Rivera tenía su reunión 
de amigos, donde se jugaba á la malilla, al soló, y 
se tiraba en grande la oreja á Jorge, como dicen, y 
pasaban en ese entretenimiento algunas horas de 
la noche, cuando no se amanecía. 

Doña Bernardina, su consorte, también partici- 
paba algunas veces, y se entretenía con algunas 
otras damas en matar el tiempo así, cuando no ha- 
bía teatro, que no había más que el antiquísimo y 
nunca bien ponderado de San Felipe y Santiago, que 
tanto entretuvo á nuestros antepasados, trabajando 
en él algunos muy buenos actores y cantores ó tam- 
bién algún sarao ó fiesta patria, en que se ostentaba 
todo lo que se podía para realzarla, y había revis- 
tas, tedeum, besa-manos, palo enjabonado, rompe- 
cabezas, calecitas, y á la noche fuegos artificiales, 
iluminaciones y función de gala en el teatro, en 
donde se cantaba el himno nacional y se vivaba al 
Gobierno y á las autoridades todas, y esos hechos 



ban todos con gran 

r á la malilla, ha- 
:ros: era un doctor 

lOche de ir á echar 
peripecias de la po- 
llón al país y don 
nando, recibe una 
1 asombro ve una 
ue le pasaba por 

Rivera con tan ex- 
siipieron el caso. 
' más que aquella 
!S había estado en- 
é consultarlo como 

n hacer valer sus 
ludia haber concu- 
Itativo, aunque no 

1, y no sabemos sí 
ibemos que no era 
ejaria para pagár- 
s: de tarde, mal y 
! fué bien original 



COSAS DE ANTAÑO 237 



aquello y que dio materia para que se ocupase 
mucho la gente que supo aquel modo de asistir á 
la malilla y cobrar honorarios facultativos. 



i 



EGHAGÜE EN GAGANGHA 



Fué verdaderamente célebre la acción que tuvo 
lugar en Cagancha, entre las fuerzas que mandaba 
el General don Frutos Rivera y las de Rosas, co- 
mandadas por el General don Pascual Echagüe. 

Después de un reñido combate, el triunfo habia 
sido de este último, y ya la victoria parecía incli- 
narse de su lado, cuando un cambio inesperado so- 
brevino y dando vuelta y cargando los restos de las 
fuerzas de Rivera que pudieron reunirse á las voces 
de sus jefes, sorprenden á Echagüe, dueño del 
campo de batalla y ponen en completa derrota á 
sus fuerzas que momentos antes eran las triun- 
fantes. 

Cosas son estas de la guerra, en que no hay se- 
guridad alguna y que con mucha razón se puede 
decir que lo improbable es cosa que muchas veces 
sucede, y así hemos visto derrotados á Generales 
de gran fama por quienes menos se esperaba ; entre 
otros hechos antiguos y modernos tenemos la de- 



COSAS DE ANTAÑO 239 



rrota sufrida por el gran guerrero Marco Antonio 
por Lepido y Augusto César, y el héroe del siglo, 
Napoleón I, por Wéllington. 

Pero lo que fué causa principal para que las tor- 
tas se volviesen pan, en aquel caso, fué que la gente 
de Echagüe, después de triunfar y poner en fuga á 
la gente de Rivera, se entregaron al robo de las 
carretas y á proveerse de cuanto había en éstas. 
En esa ocupación los sorprendió Rivera y su gente, 
y los que hablan derrotado, salieron derrotados á 
su vez, pero para no volver á empezar la jornada, 
pues casi todos cayeron prisioneros ó quedaron en 
el campo, escapando muy pocos, entre éstos el 
General don Pascual, que no sujetó la rienda sino 
cuando ya estaba fuera de la Banda Oriental. 



UN PARUNGHIN FURIBUNDO 



Cuéntase que existía en esta ciudad un vecino 
llamado Vargas, que no daba tregua á la charla ni 
lugar á que nadie hablase más que él, y que era 
como el famoso capitán que Bretón de los Herreros 
ha retntado en su «Marcela ó cual de los tres> : 



«Que en soltando la sin hueso 
A ninguno daba cuartel.» 



Parece que todos le huían como á pleito, pues 
que una vez que daba con algún conocido, no lo 
dejaba^ y horas y horas lo entretenía con su charla 
sempiterna. 

Entre otras muchas cosas que se referían de su 
hambre de hablar, cuéntase, que estando su señora 
muy apurada con dolores de parto, salió de su 
casa para ir á buscar á la partera, muy ligero, pero 
por el camino encontróse con un conocido, y olvi- 



COSAS DE ANTAÑO 24 1 



dándose á lo que iba, emprende conversación con 
él, y se pasa horas y horas como de costumbre, 
charla que charla, hasta que al fin se acuerda á lo 
que iba, y entonces va á buscar á la comadrona. 
Cuando llega á su casa, ya su señora hacía 
tiempo que había dado á luz con toda felicidad un 
rollizo niño, que le fué entregado al entrar. 




UNA BüENÁ NUEVA 



Hay familias que tienen un tipo especial ; las hay 
que viendo á uno de sus miembros, se puede decir 
que se han visto á todos. Así sucedía con cierta fa- 
milia, que un poco más tarde había de denominar 
Juan Carlos Gómez, de nido de cotorras, ó bien, en 
familia cara para la Nación, pues todos eran em- 
pleados. 

Entre tantas cosas que se cuentan, refieren que 
en la guerra de la Independencia, cuando tuvo lugar 
la acción de Ituzaingó, uno de ellos, que no se en- 
contró en la batalla, supo que había sido ganada la 
acción, y en vez de incorporarse al ejército de Al- 
vear, dio media vuelta y más que volando se fué á 
comunicar al Director Supremo de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata tan fausta nueva, y pri- 
mitivamente antes que el general en jefe tuviera 
tiempo de haberlo comunicado, llegando á Buenos 
Aires con tal velocidad, que á todos les parecía im- 
posible que pudiese haber andado en tan poco 
tiempo tanto. 



COSAS DE ANTAÑO 243 



Figúrense cómo no lo recibirian, cuando todos 
estaban esperando llenos de ansiedad el resultado 
de aquella campaña feliz del ejército mandado por 
el General Alvearen la Banda Oriental; poco me- 
nos que en andas lo condujeron á la casa de Go- 
bierno, y cuando se vio poco después confirmada tan 
feliz nueva, las campanas, cohetes, bombas, ca- 
ñones, empezaron á hacer un ruido infernal, y to- 
dos alegres no sabían qué hacer con el mensajero 
que primero les trajo la noticia. 

Fué un verdadero héroe sin serlo, y nada más 
que por un rasgo de viveza muy característico en 
esa familia típica de ellas. 

Es inútil decir, que no fué sin provecho haber 
galopado tanto y madrugado más, pues le valió un 
ascenso y algún dinero y poder usar los cordones y 
medalla decretadas para los vencedores de la ac- 
ción de Ituzaingó. Esto quedó como proverbio, y 
las vivezas generales de esta familia llamaron 
siempre después la atención, pues las había buenas 
y tontas. 



m PROVISOR Y su COMADRE 



Hubo en tiempos atrás, un buen sacerdote que te- 
nia, entre otros débiles, un culto especial por los 
animales y que entretenía sus ocios en jugar con 
ellos con el mayor gusto. Este era el provisor Fer- 
nández. Poseía un excelente carácter, y era querido 
de todos los que ló conocían y respetado por los que 
sabían lo que era : un verdadero sacerdote ejem- 
plar. 

Poseía una perrita que le había puesto el nombre 
de comadre^ y con la que se entretenía en las horas 
perdidas que no rezaba ó estaba entregado á su 
ministerio. En cuanto entraba á su casa, lo primero 
que hacía era llamar á la comadre, comadre, y el 
animalito inmediatamente venia á hacerle fiestas, á 
saltarle y á lamerle las manos; y aquel buen sacer- 
dote se ponía á correr, á esconderse, para que lo bus- 
case y asi pasaba las horas en ese entretenimiento. 

Lo más curioso era que tenía la comadre su 
asiento en la mesa y se le servía como si fuese á 



COSAS DE ANTASO 245 



una persona, y su cama donde dormía y vigilaba 
cualquier ruido, pues era muy centinela y á cada 
momento ladraba, y el provisor avisado, si era per- 
sona conocida, la llamaba : comadre, comadre^ es 
don Fulano, y entonces se callaba. 

El provisor refería cosas verdaderamente increí- 
bles de la comadre, y creemos que aunque hay in- 
teligencia en esos animales, exageraba las excesivas 
cualidades de su perra. 

Decía que no le faltaba más que hablar, que todo 
lo adivinaba, lo interpretaba y que sabía juzgar 
bien. Así es que se ponia muchas veces á conferen- 
ciar con su comadre y á hablar como si le enten- 
diese. 

Se reían de esto muchos, como era natural, pero 
él no les hacía caso y seguía adelante con su cos- 
tumbre, y cuando alguno que otro solía increparle 
que por su posición no era bien aquello, y que era 
hasta falta de buen sentido tratar á los animales 
como gente, contestaba: 

— «Déjenme con mi gusto; estos animalitos son 
más fieles que los amigos, que nos venden y nos dan 
desengaños. > 

Esto revelaba un juicio bien cierto y un alma be- 
névola. El día que murió la comadre^ fué de luto 
para el provisor, y el sentimiento que tuvo, lo en- 
fermó de tal modo, que hubo que llamar médico, 

J6 



246 COSAS DE ANTAÑO 



pues como vemos era un alma de Dios, capaz de 
condolerse por todo y de todo, y hasta de haberse 
muerto de sentimiento ó pena por su perra. 




EL MATE DE US MORALES 



Tanto se ha hablado de este famoso mate, que 
vamos á ocuparnos de él. 

Cuentan las crónicas, que la tal familia Morales, 
cuando tenia alguna visita, le decia^ cuando se iba á 
retirar : 

— € Espérese, no se vaya ; va usted á tomar un 
matecito. > 

Y tanto lo esperaban, que viendo que nunca lle- 
gaba, se iban sin haberlo probado. 

Pero lo que no saben ustedes, fué lo que les pasó 
con un chusco, que cansado de que le ofreciesen el 
susodicho y nunca visto mate, las fumó de lo lindo 
en cierta ocasión. 

Sucede que estando en la casa charlando un gran 
rato, alrededor de toda la familia, pues era costum- 
bre entonces que cuando alguien visitaba en alguna 
casa, sallan hasta los chiquillos á saludar, y era 
de buena crianza preguntar hasta por los gatos 
y los perros si los había; como era de práctica, 




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248 COSAS DE ANTAÑO 



al irse á retirar, le salieron con el estribillo de cosr 
lumbre: 

— «No se vaya usted, va á tomar un matecito.> 
El visitante dióse cuenta de que el tal mate no 

iba á venir, como siempre sucedía, y empezó por 
excusarse de no tomarlo y de que no se incomo- 
dasen. 

— «Incomodidad ninguna, le contestaron; tene- 
mos mucho placer. » 

Y pasaron horas y más horas y seguía la charla, 
pero el mate nunca llegaba, hasta que de pronto el 
hombre mete las manos en los bolsillos de la levita 
y saca un papel con yerba y otro con azúcar, y les 
dice: 

— «Traigo aquí lo que se precisa para el mate 
que ustedes me han ofrecido y ofrecen con tanta in- 
sistencia á todos, sin que jamás le veamos, y tal 
vez será porque no tienen cómo cebar el mate. > 

Figúrense cómo se quedaría de cortada aquella 
gente, pues fué una buena lección que les dio ; pero, 
¿creerán ustedes que se enmedaron? Pues no; siem- 
pre siguieron lo mismo, ofreciendo el mate prover- 
bial que nunca se pudo ver ni tomar. 



US PRECIOSAS RIDICULAS 



Hubo una familia que se distinguió mucho por si 
belleza, aquí en este benemérito pueblo de Monte- 
video, donde no escasean las caras lindas y muje- 
res hermosas, y por las que todos se bebían los 
vientos, como generalmente dicen; pero que al 
acercarse y tratarlas, se caía todo el encanto á los 
pies y se quedaban fríos todos. 

Tenían especial fraseología y buscaban aquellas 
palabras y conceptos más heterogéneos y retum- 
bantes, que dejaban, las más de las veces, en ayu- 
nas, sin saber qué querían decir, y alguna que otra 
vez ponían en conflicto á más de uno. 

Torturaban de tal manera las imágenes y los pen- 
samientos, que daba horror, y aunque alguna que 
otra sonrisa apareciese en los labios de alguno que 
las oía , no se daban por entendidas y seguían im- 
pertérritas diciendo cada disparate más grande que 
un Templo. 

Se ofrecía hablar del tiempo, pues salía á lucir 



->-^ 



COSAS DE ANTAÑO 



toaa Ivi initologia; llovía, se abrían las cataratas 
Jol ciclo para ellas, aunque cayesen solo unas 
cuaiuasgotas; si había seca, era un tiempo im- 
l^lacabie, insoportable, árido; lucía el sol, pues 
:ue le imponían toda clase de epítetos: el rubicundo 
bebo» el fervoroso, el rosado, el esplendoroso, el 
hci inv>so» y otras cosas que acaban en oso; se ha- 
blaba vle la luna, y la llamaban pálida, tenue, cari- 
:K>s.u tímida, candida, etc.; de la aurora, la rosada, 
!a blanca» que con su carro de oro asomaba despi- 
oioíkIo Tsiyos; y sería cosa de nunca acabar. 

Ia\>; objetos más insignificantes tenían nombre 
vukvuado para ellas; la casa que habitaban, era la 
uKuiMÓn feliz ó el santuario de la familia ; á la sala 
la llsUiuban el mentidero oficioso; al comedor, el 
ceati\> de la alegría; al aposento, el nido de Venus; 
x^ Iv^ vvoina, el receptáculo, etc. Al café le llamaban 
el néctar de los dioses; al agua, el licor divino; á la 
Kvho, licor lácteo; al vino, el sumo de la vida, etc. 

Se trataba de algún accidente imprevisto ó acci- 
slv'atal; lo clasificaban de fenomenal, piramidal, 
extemporáneo. Para significar algo hermoso, de su- 
blia\e, t\splendente ; para lo feo, de repelente, es- 
|KU\table, etc., etc. Para la juventud, la primaveral 
evKul; para la vejez, la horripilante senectud. 

Kia, en fin, toda una jerigonza de palabras re- 
tumbantes, rimbombantes, la que lucía aquella 
ían\iruv en su conversación. 



COSAS DE ANTAÜO 25 I 

«Hoy Febo luce todos SUS esplendores,» decían 
si había un lindo día. 

€¿Y cómo lo trata á usted la veleidosa y voluble 
fortuna? ¿Se siente satisfactoriamente satisfecho de 
su salud P > le decían al que iba á visitarlas. 

«¿Quiere ser usted el caballero andante de la vir- 
tud, ó se entrega á la concupiscencia ? » 

Y así ensartaban cuanto dislate podemos imagi- 
narnos, y era cosa de tener que refrenar mucho la 
risa, pues de no se comprometía cualquiera con 
oir tanto y tanto disparate. 




EL PADRE ALBORNOZ 



Era en tiempos de la buena España, el padre Al-^ 
bornoz, más conocido que la ruda*. No había beato 
ni beata, más éstas que los primeros, que no supie- 
ran quién era ; para todo el padre Albornoz era ne- 
cesario ; se entiende para cosas espirituales, pues 
para las materiales él se bastaba, pues que era un 
gastrónomo de esos que como Heliogábalo, engu- 
llen cuanto pueden y que nunca están satisfechos. 
Tenia, pues, fama muy renombrada de ser un bona- 
chón de primera fuerza, como buen hombre gas- 
trónomo que era, y en el convento de franciscanos, 
donde se albergaba su humanidad, era el respetable 
factótum^ diremos así, para todo. Se tratara de 
grandes fiestas como de cualquier detalle, por más 
insignificante, el padre Albornoz tenia que ver en 
todo y por todo. 

Tenía entre otras dotes, un carácter seráfico, y 
lo consideraban un santo bendito, la rara virtud de 
curar, sin más que quererlo, las enfermedades más 



COSAS DE ANTAÑO 253 



incurables, y se contaban miles de verdaderos mi- 
lagros que había hecho, mejorando enfermos des- 
hauciados y levantando muertos. Pero para que 
este bendito padre se decidiese á hacer esas curas, 
era preciso hacer algo contrario á lo del Médico á 
palos de Moliere; no se conseguía nada de aquel 
reverendo, si no lo convidaban á comer algún plato 
de aquellos que más le gustaban, como una cace- 
rola de buen bacalao, ó bien una raya con alióle^ 
y que acompañado con vino bueno y excelente 
español, se le presentaba y comía generalmente 
toda una cazuela entera. Entonces se decidía su 
paternidad á ver al enfermo y á curarlo, porque 
era lo mismo verlo que curarlo, y de aquí que lo 
considerasen como un santo varón que debía ir cal- 
zado y vestido al cielo. Pero no sabemos por qué el 
reverendo prior del convento hubo de notar algo 
que no era muy bueno, ni que se ajustaba á las or- 
denanzas y reglas de la Orden, y amonestó á Albor- 
noz; pues parece que su celda siempre estaba con 
luz y se sentían voces que no eran de frailes, y le 
mandó decir por el lego lo siguiente: 

Dirás al padre Albornoz, 
Que en sonando la oración, 

Y poniéndose su capuz, 

No haga ruido y no tenga luz 

Y que rece con devoción. 




EL CONVENTO DE SAN FRANGISGO 



La celebridad de este convento en tiennpos de la 
madre patria, fué inmensa para este pueblo. Los 
reverendos franciscanos gozaban de una gran fama 
de hombres de saber y de inteligencia, y no dejaron 
de contribuir en mucho para el desarrollo de la ins- 
trucción, que aunque era limitada, no por eso de- 
jaba de ser sólida, y nuestros grandes hombres allí 
bebieron las primeras inspiraciones del saber, pues 
casi todos los que sobresalieron, fueron educados en 
aquel convento. 

Fray Cirilo Almada, cuya celebridad se aumentó 
después en Europa, fué el editor de la Gaceta de 
Montevideo^ que se imprimía en el convento, y que 
con ciertas limitaciones y restricciones propias de 
aquellos tiempos, que España imprimía en todo, no 
dejó de distribuir alguna luz en las obscuridades de 
atraso en que vivía este pueblo, como todos en los 
que dominaba España, é imprimía su política refrac- 
taria á todo progreso, á toda independencia y á 
toda libertad. 



COSAS DE ANTASÍO 255 



¡Qué vida no pasaban aquellos reverendos pa- 
dres!.. . 

Nos parece verlos, gordos, rechonchos, paseán- 
dose por los vastos corredores de su convento, sin 

« 

aflicciones, ni celo, ni penas, sin nada en fin que los 
mortificase; entregados á sus rezos únicamente y á 
cumplir la disciplina de su Orden; ajenos á todas las 
veleidades del mundo, á todas las tristes decepcio- 
nes de la vida ; sin sufrimientos, sin desengaños por 
la lucha por la existencia, en que tenemos, los que 
no nos encerramos entre los muros de un convento 
ó entre cuatro paredes, continuamente, que experi- 
mentar, á cada momento y á cada paso, poniendo 
á prueba nuestra fuerza moral y material, cayendo 
los débiles, los pobres de espíritu y los que no tie- 
nen bastante energía y valor para soportar todos 
los embates de la mala fortuna, de los contratiem- 
pos, de la adversidad, con que el mundo sella todos 
los actos de la vida de los que andamos por este 
mundo de engaños, de decepciones y de desen- 
gaños. 

Sabemos que la Orden de los franciscanos nunca 
fué demasiado exigente en cuanto á las prácticas re- 
ligiosas, y no son tan fanáticos como los dominicos, 
cartujos y otras Ordenes, no hablando de la famosa 
Compañía de Jesús, porque esa ya se conoce bien y 
no hay para qué hablar; así es que la instalación y 



2S6 COSAS DE ANTAÑO 



permanencia en el país de ese convento, en nada 
alteró la buena cordialidad con sus feligreses, y aun 
más^ se mantenían en un pie afectuosísimo las bue- 
nas relaciones entre frailes y vecinos. 

Daban frecuentes fiestas religiosas, y la del día del 
patrono, duraba siete días, en donde había abun- 
dancia de todo; se servía chocolate ¡y qué choco- 
late ! de chuparse los dedos, dulces, vinos, etc.; en 
fin, echaban las puertas por las ventanas, como di- 
can vulgarmente; había fuegos de artificio á la no- 
che, después de la gran función que con teda pompa 
tenía lugar en la Iglesia, y de la procesión á que 
concurrían todas las autoridades. 

El gobierno patrio hizo cesar la Orden, se apo- 
deró del convento y de todas sus pertenencias, y 
los reverendos franciscanos no tuvieron más reme- 
dio que inclinarse y resignarse á verse despojados 
y lanzados á la calle por un abuso de fuerza, pues 
que con el nombre de libertad y de progreso se co- 
meten muchas fechorías. 



LAS eHORREAüAS 



Habia unas jóvenes, allá por los buenos tiempos 
de marras, que fueron conocidas por ese sobre* 
nombre. La verdad es que entonces todos tenían 
mote, como dice don Frutos el del Pelo de la de^ 
hesa, de Bretón de los Herreros : 

«En mi tierra todos tienen mote» 
Tío Perico, tío Tozuelo, 
Tío Lechuga, tío Perote. » 



El caso es que á esa familia no se la conocía 
sino por ese sobrenombre, y era que todas eran 
tan negligentes que no se cuidaban de limpiarse 
cuanta mancha tenían en sus trajes. Los mozos que 
las visitaban, se reían en grande al verlas muy pe- 
ripuestas y con cada mancha que era una atrocidad; 
y sin darse cuenta del beneficio que daban, se que- 
daban muy serias, recibiendo visitas y no ocupán- 
dose para nada de las señales grasientas que tenían 



258 COSAS DE ANTAÑO 



estampadas en el traje, y que hacían una especie de 
salpicado de todos colores. 

Cuentan que uno de los que festejaban á aquellas 
muchachas, que no por ser sucias dejaban de ser 
graciosas, á una que era la mejor parecida, le quiso 
imponer que pusiera más cuidado en su traje, pues 
que era señal de indolencia, de abandono y aun de 
falta de amor propio aquel descuido ; pues fué lo 
bastante para romper su compromiso y no querer ya 
nunca saber de él. Es que se hablan connaturali- 
zado en vivir asi y creian que era la cosa más na- 
tural del mundo presentarse con cada lamparón en 
sus trajes que daba miedo, y que era como para 
que les disparase todo el mundo, pues era aquella 
prueba manifiesta de una falta de limpieza com- 
pleta. Y sin embargo, á pesar de esto, se casaron, 
cuando invadieron los portugueses el país, pues 
como estos buenos patricios no se andaban en mu- 
chos pelillos para tener esposa, no tenían muchos 
escrúpulos para casarse con cuanta mujer había, 
buena ó mala, linda ó fea, vieja ó joven, en este 
pueblo, y así les tocó la suerte á las chorreadas 
también de no quedarse para vestir santos, y una 
de ellas se casó con un portugués llamado Vilaza. 




LA FONDA DB LA GALLEGA 



Así como hubo en aquellos buenos tiempos de 
España, un café celebérrimo del tuerto Adrián, que 
hemos ya descrito, hubo también, entre otras casas 
célebres, un negocio de hostería que gozó de gran 
fama y que fué conocida por «fonda de la gallega». 

¿Y saben ustedes por qué? Pues nada menos que 
porque nadie era capaz de hacer una cazuela de 
bacalao, de raya ó de lenguado, mejor que la ga- 
llega, y que según nuestros padres, era cosa de chu- 
parse los dedos. De lejos no más se sentía el 
olor é incitaba á comer á la gente y se le hacía la 
boca agua á todos los aficionados á platos buenos y 
suculentos, y nadie se desdeñaba de entrar en la 
fonda de la gallega, en donde existía un republica- 
nismo completo, pues la marinería tenía su punto 
de reunión allí, pues quedaba en la plazoleta deno- 
minada del <muelle viejo», y por consiguiente, cerca 
del mar; de ahí que fuera muy concurrida por la 
gente cruda de pelo en pecho, que huele á aguar- 



J 



Á 



5 DE ANTAÑO 



i 



• *. Otíüo habría allí de escenas porno- 

\:*.eiIo> parroquianos! La verdad es 

- .^nma bien y se divertía mejor en 

, ' ^^e no se andaba en reparos para 
::.:uicr mesón á echar un buen trago, y 

iecT como el poeta : 



A ^ es ó no invención moderna, 
\ vc Dios que no lo sé, 
..\nv,> delicada fué 
! .1 iiívención de la taberna. 
l*oivjue llegar allí sediento, 
l*\do vino de lo nuevo, 
Miviculo, dánmelo, bébolo, 
l*a^olo y voyme contento. » 

uiOkU pues, una despreocupación completa y no 
.'\Avvta untos reparos como hoy; verdad que era 
.vo-is\> 5ier honrado, y lo demás poco importaba. 
V* ; v; oanwr en un café, ó en la taberna, ó en un 
■o.:v:í.i ^lo mala muerte, nos va á hacer mejor ó peor 
vC \* vjuosv>mos; esa es la verdad, pero si hay al- 
,,.,is\N Ikw que lo creen así, en cambio hay muchos 
,;,.c vuva que su dignidad se halla comprometida y 
\vi ic^HUsWión también, en ello. ¿Sabes que vi entrar 
.( lAilvUio en tal parte? Sí; pues si es un perdido que 
•u^ io^\a\^ en entrar á una taberna ó en cualquier 
LV; u\ Y no hay más : corre la voz y adquiere fama 



COSAS DE ANTAÍiO 2¿ 

desastrosa el pobre que no anda con los reparos ( 
mirar á donde entra. 

Pero con esto nos vamos olvidando de la fom 
de la gallega, á quien vamos á describir muy Itgen 
mente. Figúrense una de aquellas manólas de M¡ 
dríd, de garbo, una de aquellas barbianas de I< 
barrios bajos, que mitad hembras y mitad macho 
son capaces de soplar al más pintado unas verdad< 
de á puño y también unas buenas cachetadas. 

La popularidad de la fonda de la gallega fué r 
menos que por las buenas cazuelas de pescado qi 
se hacían, sino también porque la gallega eraloqi 
se llama entre la gente de bronce, una real moz; 

Era alta, robusta, de buena presencia, airos; 
como que tenia buena sangre española, trigueñi 
ojos negros; en fm, era lo que se podía llamar bte 
parecida. 

Asi es que no sólo iban á comer rico bacalao 
tomar buen vino, sino que iban á recrear la visi 
viendo á la gallega, que era lo más campechana d 
mundo, y desde que ya lo veía á uno, era como 
toda \a vida lo hubiese tratado. 

«Vamos á lo de la gallega», era la ordeo d 
día entonces, asi como hoy se dice: * vamos al hot 
de las Pirámides, ó ala Rotisserie>. ¡Qué cazueL 
aquellas tan renombradas! ¡Qué fama mejor adqu 
rida ! Cada cual se hace célebre en cualqui^ cosa 



262 COSAS DE ANTAÑO 



no es lo menos mal hacerse por la bucólica, ó por 
quien nos satisfaga nuestro buen apetito, y en esto, 
nuestros padres le tenían eterna gratitud y buen re- 
cuerdo á la famosa gallega que tanto placer al estó- 
mago y al paladar les proporcionó. 

Aun alcancé yo su fama, aunque ya no existia la 
gallega ni su fonda, y ola hablar con gran entu- 
siasmo de aquellas cazuelas de pescado que hacía y 
que nadie entonces, ni después, ha superado, según 
opinión general. 

Hubo en aquella casa un suceso lamentable que 
también recuerda á la gallega, y fué un asesinato 
horrible cometido en un capitán de marina llamado 
Fortes, que se había casado con una hija de aquélla. 

Una noche, al doblar una esquina de la plazoleta 
del muelle viejo, donde existía la fonda, uno que lo 
acechaba, le hundió un puñal en la espalda y desa- 
pareció sin que nunca se supiera quién fué. 

Fortes no dijo ni ¡ay! y cayó redondo casi ala 
misma puerta de su casa, muerto. 

Algunas desavenencias que tenía con su suegra 
y su mujer, hicieron creer que podían haber sido 
ellas las que lo habían mandado asesinar, y fue- 
ron presas; estuvieron muy comprometidas en aquel 
crimen; y después dé mucho tiempo pudieron, á 
duras penas, verse libres, y lo que hubo de más 
curioso, es que estando én la prisión la que fué eSí- 



COSAS DE ANTAÑO 263 



posa de Fortes, salió casándose por segunda vez 
con uno de los oficiales que hacian la guardia de 
la cárcel. 




UNA heroína oriental 



Refieren las crónicas, que en tiempos de la in- 
vasión portuguesa á este territorio, uno de los 
generales contrajo nupcias con una hija del país, 
como tantos otros. 

Cuando tuvo lugar la desocupación, su consorte, 
como era natural, lo siguió, pues es sabido que 
la mujer sigue á su esposo ; y en las guerras que 
Portugal tuvo que sostener contra los imperiales 
de Napoleón, á aquel general le fué encomen- 
dada una acción de armas. Su esposa lo acom- 
pañó á aquella campaña, y al lado suyo, montada 
en brioso corcel, exponía su pecho á todos los azares 
de la batalla, cuando su marido es herido por una 
bala que lo arroja del caballo y queda el ejército 
sin jefe. La batalla se ve comprometida por esto, 
y los soldados se amilanan, pues se sabe bien el 
efecto moral que produce un acontecimiento de esa 
naturaleza en el ánimo de los soldados y se expone 
á perderse. 



oosas.de Ain:Ai<(o 265 



Entonces, aquella valiente oriental, se pone al 
frente del ejército, les da el ejemplo de afrontar el 
peligro, y á la cal?eza de aquellos soldados, triunfa 
del enemigo, que es derrotado completamente. 

Aquella acción le mereció grandes honores y dis- 
tinciones, y el reconocimiento de la nación portu- 
guesa, que salvó su honor en aquella batalla, por el 
ánimo valeroso de una mujer. 

Esa heroína verdadera, se llamaba Dolores Ber- 
besé, y su nombre está grabado y figura entre las 
grandes heroínas dignas, como una Juana de Arco, 
una Juana Hachette, y tantas otras que fueron gran- 
des porque salvaron su patria. 

No hemos podido dejar de citar este hecho he- 
roico, pues que tal vez para muchos era descono- 
cido, y ya saben ustedes que hemos tenido una 
muJCT oriental que fué la heroína que salvó el des- 
enlace de una gran acción, poniéndose al frente de 
un ejército y dando ejemplo de un v^lor á toda 
prueba, y saludándola el triunfo de la victoria 
cuando amenazaba perderse todo en el campo de 
batalla. 



I 




UNA BALA ALEVE 



Cuando el sitio de Artigas á esta plaza y la de 
los porteños también, en la guerra contra los espa- 
ñoles, á los que no llamaban más que godos^ se di- 
vertían unos y otros en estar ametrallándose día y 
noche: los de afuera y los de adentro, á cada mo- 
mento, sino hubiese sido que causaron algunas des- 
gracias lamentables, pues de las más, ninguna bala 
daba en el blanco, y por cien acertaban una. Pero 
se entretenían en estarse cambiando balas de ca- 
ñón y granadas, y tanto se abusaba de aquello que^ 
como dice Figueroa en su «Diario Histórico >^ 
refiriéndose al poco caso que ya les hacían : 

«Durante todo el día los contrarios, 
A la plaza acometen varias veces. 
Mas Quijano y Rodríguez con sus fuegos 
Del puerto y cindadela los rechazan. 
Sin causar mue.rte alguna, por la noche. 
Arroja el sitiador ocho granadas. 
Que ya hasta las mujeres sin pavura 
Cual fuegos de artificio contemplaban. » 



N 



COSAS DE ANTAÑO 267 



Pero no siempre fué así, y él mismo entre otros 
episodios jocosos, cita el siguiente : 

«El cuaresmal sermón de San Francisco 

Acabó en confusión y gritos fieros. 

Pues plugo al sitiador mandar diez balas 

Con fija dirección hacia aquel Templo. . • 

« Hijos ! no hay que temer. . . Dios nos escuda ! » 

Gritaba con fervor el misionero; 

Mas silba una redonda, y el buen padre 

Desconfió del escudo y saltjó al suelo, 

Cual gallinas se agitan bulliciosas 

Cuando un gato atraviesa el gallinero, 

Asi en revolución, y aun cacareando, 

Salta y corre el crecido mujeriego.» 

El caso que vamos á referir, fué algo de lo más 
tremendo, una verdadera desgracia, la más lamen- 
table posible, producida por una de esas hirientes 
balas que arrojaban desde el campamento sitiador, 
que vino á producir el luto y la consternación en el 
seno de una familia, con la circunstancia de que 
cortó el hilo de la existencia de una joven que debia 
contraer ese mismo dia nupcias, y que estando al 
lado de quien había de ser su consorte, en la mesa, 
en medio de la alegría, de las luces y de los man- 
jares, cortó de pronto el hilo de su existencia, y 
entrando por una ventana y penetrando por ella 
le arrancó la cabeza y llenó con su sangre la mesa 



2é8 COSAS DE AirrAfto 



y de consternación y espanto como era consi- 
guiente á todos, quedando en un instante cadáver, 
la que momentos antes llenaba toda la mesa con 
sus gracias. 

Fué verdaderamente casual aquello, y que horro- 
rizó á todos; venir á arrancar la cabeza y dar 
muerte á aquella joven una bala en medio de una 
fiesta de familia, y en momentos que debía casarse. 

La familia á que pertenecía, era la de don Fran- 
cisco Magariños, que fué muy opuesta á la revolu- 
ción y que atribuyeron á eso aquella gran desgracia, 
sacando partido de cosas que no tienen nada que 
ver, pues aquello no fué más que un hecho casual 
y muy lamentable bien ciertamente. 

¡Cuan distante estaría aquella desgraciada joven, 
que había de tener tan horrible fm, cuando llena 
estaría llena su alma de todas las ilusiones de ca- 
sarse con quien amaba ! . . . 



EL HüEGO DE LA GRüZ 



Hay lugares siniestros en los pueblos, que están 
rodeados de pavor y misterio, que atemorizan á la 
gente y que al pronunciar su nombre sólo, ya les 
tiemblan las carnes á los timoratos y á los pobres 
de espíritu. 

Esto sucedió con aquel lugar llamado el < hueco 
de la cruz ». Allí se había encontrado á un hombre 
asesinado, en tiempos de España, y allí mismo se le 
habla enterrado y se le había puesto una cruz. 

Después, como la superstición es común entre el 
pueblo, dieron en decir que vagaba el alma del fi- 
nado por aquellos sitios, y que se veían allí cosas de 
hacer parar los pelos al más pintado; escenas de 
muertos, bailes macabros, luces fosforecentes, ahu- 
Ilidos de perros, ruidos extrañes y cuanta cosa ho- 
rrible imaginarse pudiera. 

No sabían cómo conjurar todo aquello, hasta que 
á un vecino se le ocurrió poner remedio á esto, 
y que gozara paz aquella alma atormentada, y le 



270 COSAS DE AlíTAÍÍO 



hizo edificar un pequeño nicho en el mismo sitio, 
poner una Virgen y encender una lámpara que la 
iluminase día y noche. Pues esto fué lo bastante 
para que como por encanto todo aquello desapare- 
ciese y ya no se viese ninguna luz, ni se sintiese 
ningún ruido, ni vagase ánima alguna en aquellas 
soledades. Pero antes de colocarse aquel nicho, 
hubo que regar con agua bendita todo ese sitio, 
bendecirlo y pedir que á aquella alma impenitente 
que vagaba por allí, le fuese concedido el perdón 
de sus pecados, y con tal motivo hubo una ceremo- 
nia de las que abundaban en aquellos tiempos de 
fe, y revestidos algunos curas fueron en procesión 
hasta aquel lugar, rodeados de gran pueblo y alH 
pronunciaron el vade retro Satanás y otros latina- 
jos, roseados de agua bendita, con los que hicieron 
huir todos los espíritus maléficos habidos y por ha- 
ber que campeaban por sus respetos en aquel lu- 
gar, y tenían atemorizados á todos. 



OTRAS AVENTURAS DE OTRO JUAN SOLDADO 



Asi como hubo en España un ser real ó imagina- 
rio que llamaron Juan Soldado, lo hubo aquí tam- 
bien, de quien se cuentan cosas tan extraordinarias 
y estupendas que más no pueden ser, y que en mi 
niñez me referían algunos de los fieles y viejos 
servidores de la casa . 

Entre las muchas cosas que recuerdo haber oído 
de este personaje, es el de haber ido y vuelto des- 
pués del otro mundo, con su traje de soldado, haber 
recorrido el cielo, el purgatorio y el infierno; ha- 
berse visto con San Pedro y conversar en grande 
con él, ponerse de acuerdo para poder ir y venir 
cuando se le antojase y establecer una especie de 
comunicación entre aníbos. 

Las proezas de Juan Soldado rayan en lo increí- 
ble, y ya se ve, como tenía inmunidades inmensas, 
debían ser tan extraordinarias que pasmasen á las 
gentes y dejasen un imperecedero recuerdo. 

Él solo derrotaba ejércitos, hacía y deshacía, se 



272 COSAS tm antaIH) 



metía en las más escabrosas empresas y salía sano 
y salvo. Entre los graneles despropósitos que se con- 
taban de él, se refiere que una vez que lo creían 
muerto y encerrado en su ataúd, se le vistió con su 
uniforme y se le puso su fusil al lado y oficiándosele 
la misa de difuntos, rompió la tapa de pronto y se 
incorporó, y parándose, presentó armas cuando ofi- 
ciaba el sacerdote. Es inútil decir que éste y todos 
los que asistían á esta ceremonia fúnebre, echaron 
á correr asustados de aquello, y que por más que 
Juan Soldado les gritaba que se parasen, fué inútil, 
y por más que corría más volaban ellos ; tal fué el 
susto mayúsculo que recibieron. 

Parece que llevaba todas las noticias que pasa- 
ban por este planeta á San Pedro. 

— ¿Qué tal andan por oWix? le preguntaba. 

— Mal, muy mal, se quejan mucho. 

— ¿Dequé.'^ 

— De todo. 

— Esa es la condición de todos ustedes los huma-, 
nos; nunca están contentos con nada. 

— ¿Y de tu tierra, qué me dices? 

— ¿Qué le he de decir? 

— Siempre los mismos, ¿ no ,es verdad ? 

— Asi es; aquello anda siempre al revés; la 
prueba es que tienen una esquina redonda y ua 
arroyo seco y que como decía un inglés, dos y tres 
no son cinco allí. 



COSAS DE ANTAÑO 273 



— La verdad que es una lástima, pero tienen tus 
paisanos la culpa. En el gran congreso de las na- 
ciones que el Padre Eterno presidió y en que asignó 
tanto á tu tierra, buen clima, tierra fértil, posición 
ventajosa, riquezas, bellas mujeres, etc., le tocó en 
lote también tener malos gobernantes, y míis que 
esto, vivir desunidos. 

— Asi es; nunca están de acuerdo con nada ni 
nadie. Y dígame, pues, no es poca lotería la que le 
cayó á mi tierra, que más le valiera no haberle con- 
cedido tanto, ¿durará siempre ese estado ? 

— Hasta que Dios^iera. 

— Pues ya, señor San Pedro, podemos esperar. 

— No, hombre, no seas tan desconfiado, pues no 
ha de ser hasta el día del juicio. 

— Allá entonces me las aguarden mis paisanos. 




EL GAFE DEL AGÜA SÜ6IA 



¿Quién no ha oído hablar de este célebre café? 

Su fama ha llegado hasta hace muy poco y se ha 
¡do perdiendo como todo en el mundo, pues hace 
años que dejó de existir, y ya no se sirve café de 
agua sucia, á lo menos que sepamos, en ninguna 
otra parte, salvo que podría ser muy bien que hu- 
biera creado fama sin razón y que se hubiera ser- 
vido buen café, y que en otras partes, sin tal fama, 
nos sirvan café de achicoria ó de garbanzos, y no 
haya muchos escrúpulos en usar cualquier agua, 
buena ó mala, y como tienen su reputación muy 
bien sentada, nada les haga mella, y nos hagan 
tragar cada droga, sin saberlo, que sea como para 
reventar. 

El celebérrimo café citado, existía en la esquina 
de Sarandí y Cámaras, frente á la Plaza Constitu- 
ción, y á pesar del poco halagüeño nombre que 
tenía, era el más concurrido. La gente se había 
acostumbrado á ir allí y se había aclimatado á to- 



COSAS DE ANTAÑO 275 



mar café de agua sucia ; es decir, ciertos prójimos, 
porque no todos tienen los mismos escrúpulos y, 
hay gente que así como tienen manga ancha para 
muchas cosas, no andan con muchos reparos ni 
hacen muchos ascos á lo que comen ó beben. 

Alli no sólo se tomaba café non sancto, sino que 
se jugaba á la malilla, á la lotería de cartones que 
atraía á cuanto vejestorio había, para pasar las ho- 
ras déla noche, y ganaban algunos vintenes, cuando 
no salían pelados y sin un cobre, y también te- 
nían aquel recinto como punto de reunión para 
hablar de negocios ó de política, que siempre 
ó casi siempre los cafés sirven para ello. 

El nombre y popularidad del < Café del agua 
sucia > lo debía todo á su primer dueño, ó mejor di- 
cho á su fundador. Este era un español que se pro - 
digaba en grado extremo para agradar. No había 
detalle en que no estuviese; todo lo relativo al buen 
servicio, era atendido por él con escrupulosidad, y 
salvo las condiciones del buen café que se servía en 
su casa, era en todo lo demás, para aquellos tiem- 
pos, inmejorable. Tenía el achaque de hablar hasta 
por los codos, pues que era andaluz, y cuando em- 
pezaba, tenía á sus oyentes sin respirar, pues que 
nunca concluía, pero lo hacía con tal gracejo y 
agrado, que entretenía á sus clientes, que se pasaban 
las horas perdidas oyéndolo ensartar cuentos sobre 
cuentos. 



276 COSAS DE ANTAÑO 



Ei café citado, duró largo tiempo, y pasó á manos 
de diferentes dueños, pero lo que no pasó fué su 
nombre, que le quedó grabado hasta su desapari- 
ción. 

Además, aquel café también fué célebre, como el 
café conocido por el del ruso, posteriormente, pues 
fué centro de conspiración. Allí se reunía la gente 
descontenta contra los gobiernos, en las horas de 
la noche y se tramaban las revueltas que eran tan 
frecuentes en los tiempos de antaño, y que por 
quítame allá. . . echaban por tierra las autoridades. 

Allí se veían las caras siniestras de los que se 
ocultaban á los ojos de la policía, y que andaban á 
escondidas y a las altas horas de la noche; como 
aves de mal agüero. 



U ESQUINA DEL HAGHA Y LA DEL ÁNIMA 



r^ 



«No pases mi vida. 

No pases mi ñata. 

Por aquella esquinita 

Que llaman esquina del Hacha.» 

Esto cantaban en aquellos famosos tiempos, con 
guitarras y bandurrias, todos los mocitos que anda- 
ban por los barrios bajos encendiendo corazones y 
buscando camorras. 

Esta célebre esquina del Hacha había sido teatro 
de un horrible asesinato : á un pobre hombre que 
tenía un negocio de pulpería, lo mataron allí con un 
hacha algunos ladrones, y sus parientes, que siguie- 
ron con el negocio, hicieron pintar en la puerta un 
hacha; de ahí provino su nombre. 

Pero quedó por mucho tiempo el recuerdo horri- 
ble de aquel crimen, y la gente supersticiosa, que 
abundaba en aquellos tiempos, creía que por 
aquel sitio vagaba el alma del pobre muerto. 

18 



278 COSAS DE ANTAÑO 



La esquina del Anima también fué teatro de 
otro crimen: un asesinato alevoso fué llevado á 
cabo una noche, en un buen hombre, en aquel 
paraje, que quedaba en las calles Maciel y Was- 
hington, entonces San Diego y Santo Tomás, y al- 
guno de su familia hizo construir un nicho en la pa- 
red y puso una figura, que representaba un ánima 
en pena, que era alumbrada todas las noches, y 
que tenía su correspondiente alcancía. 

No habla nadie que pasase por allí en aquellos 
buenos tiempos, que no se sacase el sombrero, se 
persignase y dijera alguna oración, y si tenía posi- 
bles, como antiguamente decían, no echara una li- 
mosna al ánima que estaba en pena. 

En todas partes donde se había cometido algún 
crimen, ponían algo para recordar, como se puede 
ver el hecho : ya una cruz ó alguna otra enseña, y 
entre los recuerdos de ellas, se nos viene á la memo- 
ria la siguiente inscripción que había en la pared de 
una casa : 

«Aquí mataron á un hombre, 
Con un acero cruel 
Que el corazón le partió: 
Reguemos á Dios por él.» 




EL GRISTO 



Rodeado de todo el respeto que siempre infunde 
una imagen, y mucho más en medio del camino, en 
un lugar aislado y que no era casi transitado, en 
los tiempos en que fué erigido aquel Cristo, traba- 
jado en piedra, se presentaba á todos los presentes 
que se aproximaban á aquel lugar, y aun hoy que 
los tiempos han adelantado y está todo poblado 
por su alrededor, mirase con veneración, y pocos 
hay que no se descubran ante aquella capilla, al 
pasar. 

Ese Cristo fué hecho colocar donde se encuentra, 
por dos hermanos catalanes llamados José y Luis 
Fernández, que tenían un negocio en aquel paraje, 
y tuvieron por devoción hacerle poner una luz to- 
das las noches en un farol que colgaba del nicho. 

¡ Cuántas veces aquella luz habrá dado margen á 
creer en alguna ánima en pena, en aquella época 
de supersticiones, y á cuántos pobres desvalidos no 
habrá aquella capilla del Cristo, aislada, en medio 



28o COSAS DE ANTASO 



de un camino, servido de amparo, y á más de un 
extraviado viajero de guia, cuando estaba todo 
aquello desierto y en ruinas, y todos los edificios ha- 
bían sido destruidos en la guerra grande! ¡De cuán- 
tas escenas sangrientas no habrá sido testigo, no sólo 
en la acción de los ingleses que tuvo lugar allí, como 
en las luchas fratricidas ! ¡ Cuántas promesas se ha- 
brán hecho ante ese Cristo, por muchos que implo- 
rando su protección habrán, de verdad, pedido ali- 
vio á sus males, ó á los sufrimientos de algún ser 
querido, y debió tal vez haber hecho y realizado 
muchos de los que llaman milagros, pues hasta 
hace muy poco ostentaba aquella capilla, por todas 
partes, corazones, piernas, ojos, brazos y figuras de 
plata, colgados alrededor de aquel Cristo, que han 
desaparecido, no sabemos si furtivamente ó bien si 
han sido recogidos por algún encargado de cuidarla. 

Siempre recordaremos á una pobre mujer que de 
rodillas y con los brazos abiertos, rezaba ante 
aquella imagen, y que cuando iba á mi quinta, veía 
al pasar ; detenía el caballo, y sacándome el som- 
brero, me bajaba y me ponía á contemplar la devo- 
ción de aquella pobre mujer. 

Tantas veces la encontré y ella me vio, que fi- 
jándose al fin en mi, me reconoció ya como una 
cara conocida y se puso á hablar conmigo. 

— Habrá usted visto, caballerito, me dijo, pues 



COSAS DE ANTAÑO 28 1 



entonces yo era muy joven, que siempre me en- 
cuentra usted implorando la clemencia de Dios. 

— Sí, le contesté; la veo á usted siempre. 

— Pues bien; ¿debe usted suponer que soy bien 
desgraciada ? 

— Sí, cuando se implora la protección divina, es 
porque uno no es feliz. 

— Ah ! señorito, si supiese las hondas penas que 
atormentan á este pobre corazón, si pudiera leer en 
él cuánto ha sufrido y cuánto sufre, vería usted que 
soy la persona más desgraciada del mundo ! 

Traté de indagar en qué consistía la aflic- 
ción de aquella desventurada, pero nunca alcancé á 
saberlo, y después no la vi más y no sé si se habría 
muerto ó qué se había hecho. 

Pero lo más curioso de aquel Cristo, y esto debe 
señalarse como un verdadero milagro, es, que en 
todo el tiempo de la guerra grande, como llamaban 
al sitio de los nueve años y meses, en medio de la 
lucha diaria de aquel lugar era teatro, en que se 
batían con encarnizamiento; que todo se destruyó 
por todas partes, casas, quintas y cuanto había, y 
se arrasó todo, aquella capilla fué respetada y quedó 
en pie, á pesar de que por todos lados estaba acri- 
billada de balas. Una bala de cañón le había lle- 
vado un pilar; otra le había torcido la cruz que 
tenia en la cúspide, y en fín, por todas partes no se 



282 COSAS DE ANTAÑO 



veían más que agujeros de balas ; verdad es que se 
cruzaban en aquel paraje como granizada, cuando 
habían ataques, que era casi siempre. Pero lo más 
extraordinario es, que á la imagen de Cristo no al- 
canzó á tocarla ninguna bala, quedando intacta, 
como aun puede verse. 







7^í?^^i^yM^^íTíi^(i^ 




EL DOeTOR íMANDUTI 



En aquellos fomosos tiempos en que figuraban 
celebridades tan populares como la del doctor Man- 
duti, nadie se enfermaba seriamente sino para mo- 
rirse, pues como todo tiene término en la vida, la 
humanidad debe pagar su tributo á la naturaleza. 

Verdad es, que se hacia vida sobria, no se andaba 
como ahora á !a pesca de emociones fuertes y de- 
leites, y las pasiones eran sumamente tranquilas. 
Así es que, los médicos, poco tenían que hacer, y 
aunque no se morían de hambre, poca mosca, como 
dicen, recibían ; y la verdad es, que á pocos tenían 
que despachar para el otro mundo, pues era Monte- 
video de muy diminuta población, y con tres ó cua- 
tro medicastros tenía más que suficiente, pues era 
prueba de su buena salud, porque se sabe bien que 
donde hay muchos médicos, hay muchos enfermos, y 
cuantos menos hay de ellos, hay menos entierros. 

Manduti tuvo su época de renombre y apogeo en 
esta benemérita ciudad de Montevideo ; la verdad 



284 COSAS DE ANTAÑO 



es, que no era como aquel célebre doctor Rellenos, 
que con sus enfermos tenia dos cementerios llenos, 
pues curaba con remedios sencillos, más bien dicho, 
vulgarmente llamados caseros, y las boticas poco 
negocio hacian en aquellos tiempos, pues pocas re- 
cetas se despachaban, y sanaban todos los que no 
se morían, ó les había llegado la hora suprema de 
irse por la posta al otro barrio, del que nadie vuelve, 
como sabemos. 

Manduti era un hombre alto, grueso, muy encar- 
nado ó de un color rojo subido, pues parecía que su 
cara brotaba sangre; iba vestido de negro siempre, 
usaba un galerón tremendo, guantes y un bastón 
con puño de oro. 

r 

A caballo, pues en aquellos tiempos no había más 
que dos ó tres carruajes, uno del Gobierno, otro de 
mi abuelo y otro de Zamora, se manejaba para ha- 
cer sus visitas, que siempre hacia por las mañanas, 
y después se retiraba á descansar. 

Era algo escritor y dio á luz un método curativo 
de todas las enfermedades, y un tratado sobre las 
flemas. No sabemos qué importancia científicamente 
pudieran tener esos trabajos, pero revelan algún 
estudio y conocimientos no vulgares. 







UNA FUMADA 

AL ILUSTRE RESTAURADOR DE LAS LEYES 



No hay nada que pueda dar una idea de la hu- 
millación en que estaban sumidos nuestros hermanos 
los argentinos durante la dominación tiránica de 
Rosas. 

Poco es decir, que ni á un* semidiós le habrían 
hecho tantas demostraciones de verdadero ser- 
vilismo, para que aun las señoras tiraran de su ca- 
rruaje y llevaran su retrato en andas y lo colocaran 
en la Catedral, en el altar mayor, y basta sólo esto 
para dar una idea de lo que no harían por demostrar 
simpatías al ilustre restaurador de las leyes. 

La verdad es, que Rosas hizo lo que quiso en el 
largo período de su dominación, que alcanzó á más 
de veinte años, y gobernó como le dio la gana, y 
aunque tenía Cámaras y presentaba su renuncia to- 
dos los años, porque no podía ya con el peso y res- 
ponsabilidad del poder, buen cuidado tenían de no 
admitírsela, y le rogaban encarecidamente que si- 



286 COSAS DE ANTAÑO 



guíese haciendo el sacrificio de gobernar por el bien 
de la patria argentina. 

Como siempre casi sucede en aquel sistema de 
gobierno en que lo arbitrario estaba á la orden del 
dia y que todo dependía de la omnipotente y férrea 
voluntad de don Juan Manuel, había notas cómicas 
verdaderamente, que contrastaban con las violen- 
cias y crímenes que se cometieron entonces, que 
infundían el pavor y el miedo entre todos los habi- 
tantes de Buenos Aires y de las provincias, pues no 
era para menos, con las fechorías que hacía la fa- 
mosa sociedad de la Mazorca, para tener siempre 
pendiente de un hilo la muerte sobre todos, y que 
entre otras cosas hacía expender cabezas de dego- 
llados en carros de duraznos ó en carnicerías, ó 
aparecían ensartadas hasta en las lanzas de la co- 
lumna de la plaza Victoria, para infundir el miedo 
y el terror. 

Pero en medio de estas escenas tremendas, había 
tanto de grotesco y tanto de cómico en las cosas de 
la santa federación de Rosas, que había para reír en 
grande. 

Don Juan Manuel de Rosas quiso á todo trance 
humillar á sus enemigos, y lo consiguió; lo quiso 
también con los extranjeros, y también lo con- 
siguió, pues era esto todo su anhelo ardiente: á un 
ministro brasilero lo hizo, de uniforme, pasar por la 



COSAS DE ANTASO 287 



humillación de ayudar á Manuelita, su hija, á ma- 
tar un chanchito; á un ministro inglés, de gran gala, 
le hizo pisar maíz para mazamorra en un mortero ; 
y en fin, sería cosa de nunca acabar. A don Euse- 
b¡o, el célebre loco, lo vestía de general y lo man- 
daba en su reemplazo á representarlo en algún 
Tedeum ó á algún besamanos. Al padre Biguá, un 
sacerdote, loco también, le hacía decir misa en 
Palermo y después le hacía también predicar las 
cosas más disparatadas que se podían imaginar y 
que le ordenaba Rosas que dijera. 

A nadie le era permitido dejar de usar cintillo y no 
vestir de colorado, y no empezar sus cartas sino con 
el lema de < ¡ Viva la santa federación! ¡Viva el ilus- 
tre restaurador de las leyes! ¡Mueran los inmundos, 
asquerosos salvajes unitarios, enemigos de Dios y 
de la patria!», pues que se exponía á una solemne 
paliza, si no era algo peor. A las unitarias que no 
iban con tamaña moña colorada, se las pegaban con 
brea, lo que era un verdadero refinamiento de bar- 
barie. Las casas, exteriormente y en el interior, es- 
taban todas pintadas de colorado; la gente vestía de 
colorado, y como alguien dijo, parecía Buenos Aires 
el infierno ardiendo en llamas, mezcladas de sangre 
y lágrimas. 

En fin, la humillación era completa, y Rosas po- 
día estar satisfecho de haber conseguido por medio 



288 COSAS DE ANTAÑO 



de su sistema, implantar su régimen oprobioso y 
dominar aquel gran pueblo de grandes caracteres, 
que fué siempre su afán. Se deshizo de todos los 
que le podían hacer algún mal, de Lavalle, cuyo 
dramático fin conocemos; de Quiroga, de López, y 
en fin, de todos los que alguna sombra podían ha- 
cerle y poner su poder en jaque. 

En medio de esa dominación completa, en medio 
de ese estado de terror en que nadie osaba respirar 
fuerte, como dicen, hubo un joven llamado Ville- 
gas, que se atrevió á burlar á Rosas y á jugarle una 
mala partida. Y nada menos era la broma que co- 
brar una fuerte cantidad con la firma del tirano. Y 
puso en planta su obra: se embarcó en Montevideo 
en una balandra y se dirigió á Buenos Aires para 
ese objeto. 

Era preciso hacerse cargo bien de lo que era 
Buenos Aires entonces, donde el terror y el miedo 
á Rosas era cosa que imprimía en todos una es- 
pecie de espanto. 

Así es que el proyecto de aquel joven era una 
cosa más que audaz, pues iba jugando su vida en la 
temeraria empresa en que se iba á meter. 

Llegó á Buenos Aires de noche y se desembarcó 
en uno de los puntos lejanos del puerto, y al otro 
día puso en pie su obra : se presentó á la Tesorería 
General con una orden apócrifa por una fuerte suma, 



COSAS DE ANTAÑO 289 



donde estaba la firma de Rosas, que habia tan bien 
falsificado, que el tesorero inmediatamente pagó, 
pues las órdenes del tirano eran cumplidas en el 
acto. Pero no por esto dejó de extrañar algo el 
tesorero, y en seguida filé á dar cuenta de que habia 
sido paga aquella orden, al mismo Rosas. Este, que 
no tenia conocimiento alguno, se sorprendió, y le 
manifestó que no habia dado ninguna orden de pago 
y menos por tan crecida cantidad. Pidió el docu- 
mento, que le entregó el tesorero, y vio entonces su 
firma tan bien imitada que no podía estarlo mejor, 
y entonces comprendió que aquello había sido una 
estafa verdadera, ¿inmediatamente dio órdenes ter- 
minantes que buscaran á todo trance al falsificador. 
Se pusieron todos en su busca y no daban con él: 
se impacientaba Rosas y amenazaba con castigos 
severos si no se lo traían vivo ó muerto, hasta que 
perdidas todas las esperanzas de capturarlo, al otro 
día el dueño de una casa donde se hospedaba, vino 
á denunciarlo, y entonces cayó en manos de la au- 
toridad. 

El haberse dejado estar esa noche del suceso fué 
la causa de su perdición, y el que la fumada no la 
hubiera logrado por completo, pues que si se em- 
barca inmediatamente, la hubiera realizado, infi- 
riendo unabur la sangrienta al ilustre restaurador. 

Inútil es decir, que pagó cara su osadía, pues fué 



290 COSAS DE ANTAÑO 



fusilado inmediatamente, porque Rosas para eso se 
pintaba, solo, y no andaba con muchos escrúpulos 
para mandar despachar á cualquier prójimo al otro 
mundo. 






FUSILADO POR ill OSDEX 



Uno de los hechos más tremendos é injustificables 
que registran los anales de sangre de las luchos fra- 
tricidas en estos países, fué sin duda el fusilamiento 
del General don Manuel Dorrego, Gobernador de las 
Provincias Unidas del Rio de la Plata, por orden 
del General don Juan Lavalle. 

El General Dorrego que había servido á su patria 
con abnegación y verdadero entusiasmo; que había 
propendido á normalizar las funciones de la política, 
asegurando la paz y moralizando la Administración, 
que había encontrado en el más deplorable estado al 
recibirse y hacerse cargo del poder; que, en fin, no 
había perseguido ni perseguía á nadie por sus opi- 
niones, y que había sido el más grande cooperador 
de la libertad de este pueblo, en poder entonces de 
los brasileros, ocupaba un rango superior en la opi- 
nión pública antes y después, como lo ocupará siem- 
pre en la historia de su país. Dorrego estaba en 
cuerpo y alma consagrado al bien público ; había 



292 COSAS DE ANTAÑO 



tenido y tenía que vencer inmensas dificultades pro- 
pias, y como consecuencia de la vida borrascosa que 
había llevado su patria,- en medio de la perpetua 
agitación y de la revuelta en que había vivido; y 
así es que, todo tenía que resentirse: política. Admi- 
nistración pública y finanzas, de aquel estado em- 
brionario de un país, que tanto había tenido que 
luchar por su libertad y por ahogar el espíritu de 
discordia encendido en mal hora desde los albores 
de su Independencia. 

Concluida la campaña contra el Brasil, en la Pro- 
vincia Oriental, con el lauro de la victoria, el ejér- 
cito argentino, á las órdenes del General Alvear, 
volvió á su país, y aun rebosando en entusiasmo por 
el feliz éxito obtenido, vino á marchitarlo el espíritu 
de sedición que contra la autoridad de Dorrego en- 
cabezó Lavalle ya al pisar la tierra natal. 

El I.*" de Diciembre del año 1828, este General 
se presentó en la plaza de la Victoria, á la cabeza 
de su regimiento, y echaba por tierra la autori- 
dad de Dorrego. Convocó al pueblo para nombrar 
Gobernador interino, y reuniéndose en el convento 
de San Francisco, en número más ó menos de dos- 
cientas personas, fué nombrado Lavalle en ese ca- 
rácter. 

En tanto, Dorrego había ganado la campaña, 
había reunido algunas fuerzas y se disponía á repri- 



COSAS DE ANTAÑO 293 



mir la sedición, lo que hubiera así sucedido, pues 
todos se disponían á hacer respetar su autoridad, 
cuando por una de esas extrañas coincidencias que 
tienen lugar en la historia de los sucesos, vino á 
producirse una seria divergencia entre algunos de 
los jefes, y como consecuencia, la sublevación del 
mayor Acha y Escribano y otros, y apoderándose 
de Dorrego, se pasaron á la revolución y se lo en- 
tregaron á Lavalle. 

Este, sin más ni más, le ordenó que se preparase 
á morir dentro del término de una hora. 

A lo que contestó Dorrego de palabra á quien 
le había llevado la orden: «Dígale que el Gober- 
nador y Capitán General de la provincia de Buenos 
Aires, encargado de las relaciones exteriores de la 
Confederación Argentina, queda enterado de la 
disposición del señor General. > 

Su fusilamiento siguió á la orden, y así se con- 
sumó aquel atentado y crimen que no hay nada que 
justifique y que fué un verdadero asesinato político y 
que trajo tantas desgracias como consecuencia. 

He aquí la célebre nota donde Lavalle daba 
cuenta de aquella sangrienta medida: 



19 



294 COSAS DE ANTAÑO 



«Navarro, Diciembre 13 de 1828. 

«Señor Ministro: 

«Participo al gobierno delegado, que el Coronel don 
Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al 
frente de los ejércitos que componen esta división.» 

« Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires que la 
muerte del Coronel Dorrego es el sacrificio mayor que 
puedo hacerle en su obsequio. 

9ijuan Lavallc.i^ 



UN PRETENDIENTE PETARDISTA 



Cuentan las crónicas, que allá por los tiempos de 
las disidencias del General Artigas con los porteños, 
hubieron cosas curiosas, como que siempre las ha 
habido y las habrá, mientras nos alumbre el sol y 
haya vida en este planeta, pues la humanidad siem- 
pre será la misma. Y una de ellas fué la estu- 
penda ocurrencia de algunos apóstatas de la re- 
volución, de andar de aqui para allá buscando 
princesas y príncipes para coronarles en estas 
regiones, donde, como se sabe, todo respira li- 
bertad, aire, cielo y tierra, luz y sol. 

Los trabajos de la célebre sociedad secreta titu- 
lada Logia LautariOj instalada en Buenos Aires, 
tenia ramificaciones en todas partes, y que tenían por 
objeto monarquizar á estos pueblos, desencaminando 
el objeto de la revolución, encontró, como se sabe, 
en el benemérito General Artigas y en los orientales 
que seguían su bandera, el irresistible baluarte con- 
tra el que tuvieron que luchar y al fin sacrificar 
para llevar á cabo su temeraria trama. 



296 COSAS DE ANTAÑO 



El vasto y criminal plan de formar una monar- 
quía bajo el nombre de Reino Unido del Rio de la 
Plata, en que entrarían los pueblos argentinos, 
Chile y Perú, había sido hábilmente urdido y pre- 
parado, y aunque había fracasado muchas veces 
por imprevistos sucesos, no por eso se desanimaban 
ni desmayaban en llevar adelante su empresa. 

Las negociaciones con la princesa Doña Carlota, 
aunque de carácter reservado entonces, fueron des- 
pués muy luego conocidas, y se puede ver compro- 
bado en las memorias de su secretario Presas, lo 
que indujo á enviar tropas portuguesas áesta banda, 
desprendiéndose dicha princesa, para costear esa 
expedición, hasta de sus alhajas, queriendo imitar 
con esto á la gran reina Isabel de Castilla, en em- 
presa más colosal. 

Posteriormente, la misión de Zarratea á Europa 
no tenía otro objeto sino trabajar por la monarquía. 

La firme idea y contracción de esos trabajos, 
llevó al directorio de Posadas hasta pretender el 
desmembramiento de la metrópoli, formando la 
provincia argentina un reino separado, y para el 
efecto, se fijaban en el infante Don Francisco de 
Paula para coronarlo y ponerlo al frente de la mo- 
narquía, negociación que fué secundada por el 
conde de Cabarrus. Más tarde se pensó también 
en don Manuel Godoy para ofrecerle la corona, lo 
que que Jó sin efecto, por la caída de aquel favorito. 



COSAS DE AKTAÜO 297 



En fin, la victima de esta trama infernal fué la 
Banda Oriental, y el elemento que contrarrestaba 
todos esos proyectos y todas esas mezquinas combi- 
naciones cuanto criminales proyectos, fué el General 
Artigas, quien, después de haber pugnado y luchado 
con brazo firme por la Independencia y libertad de 
su país, que querían encadenar, fué á morir en el 
ostracismo. 

Pueyrredón fué él principal instigador de la ocu- 
pación de la Banda Oriental; los historiadores bra- 
sileros atribuyen el triste honor de su iniciativa á 
don Nicolás Herrera, y los argentinos á don Manuel 
José García, que estaba como enviado extraordina- 
rio en Río Janeiro. 

La verdad es, dice el historiador General Mitre, 
que Pueyrredón encontró el hecho establecido y 
hubo de contemporizar con el mal; que Herrera y 
García cooperaron más ó menos directamente á su 
realización. 

Sabemos el resultado que al fin consiguieron, que 
fué el de sujetar á este pueblo al yugo de la es- 
clavitud. 

Entre los candidatos para ocupar el trono de la 
soñada monarquía, hubo un príncipe de Monaco, 
que no tenía en qué caerse muerto, y á quien Zarra- 
tea conoció en París, y que se adhirió de tal manera 
al General, que era su sombra. En todas partes lo 



298 COSAS DE AKTAfiO 



encontraba y lo veía y no podía librarse de él; 
era un insigne petardista^ que á cada momento le 
pedia dinero, probablemente á cuenta de lo que 
le podría dar el prometido reinado en ciernes. Uno 
de tantos principillos que tenia muy buenos per- 
gaminos de títulos de nobleza, pero que no tenia 
un cuarto y que se hallaba arruinado, y que por 
lo mismo no tenia más que trampas. 



LOS GUAPOS DE ANTAÑO 



Era, en tiempos antiguos, en estos países, muy 
común el que hubiera cada tipo de esos que pasan 
por guapos, que nadie había que les tosiese, ni los 
mirase aun, pues por quítame allá, lo despachaban 
á uno para el otro mundo. Campeaban por sus res- 
petos en la campaña y se hacían terribles, tanto 
era asi, que la autoridad misma tenía que transigir 
con ellos, y la imponían, pues eran verdaderos 
caudillejos; disponían como señores feudales de 
bienes y haciendas, y de vidas y honras, y se les 
temía más que á una espada desnuda. 

Cuentan que no toleraban rivales, y que cuando 
uno de esos guapos sabia que otro había hecho tales 
ó cuales proezas, que merecían, cuando menos, que 
le dieran cuatro tiros, y que causaban admiración é 
infundían respeto entre los que lo sabían, iban en su 
busca á desafiarlo y á pelear con él. Un tal Santa 
María era uno de esos guapos que tenían renombre 
entre el paisanaje y á quien todos respetaban. Otro, 



300 COSAS DE ANTAÑO 



de igual temple y que pasaba por guapo y valentón, 
se costeó de Entre-Ríos, atraído por su fama, para 
medirse con él; y así, sin más ni más, fué á donde 
se encontraba Santa María á provocarlo y á pelear. 

Se convino entre ambos que al día siguiente sal- 
drían de mañana para el campo y que en combate sin- 
gular decidiría la suerte quién era más valiente de 
los dos. Y así lo efectuaron : solos llegaron al pa- 
raje designado, se prepararon, desenvainaron las 
dagas, se pusieron, doblado el poncho en el brazo 
para escudarse y parar los golpes, y empezaron á 
pelear. Eran dos valentones dignos de mejores ha- 
zañas que la de provocarse y medirse por emulación 
y celos; pelearon con ardor, y nada se habrían he- 
cho, sino fuera que en un descuido de Santa María, 
su rival le da un tajo en la cara, que es la mayor 
ofensa que pueda hacérsele al paisano, y entonces, 
ciego de ira, éste le da una puñalada á su heridor 
y lo tiende á sus pies muerto. 

¡Cuántas de estas escenas no podrían contarse de 
nuestros guapos, que á cada instante jugaban la 
vida por menos de nada y que vivían en continua 
pelea ! 



SINGULAR MODO DE GOBERNAR 



Gobernar, ha dicho un publicista, es poblar; pero 
aquí, en nuestro país, es despoblar. Desde tiempos 
atrás se viene practicando toda una marcha de irre- 
gularidades y verdaderas anomalías por algunos de 
nuestros gobernantes, que contrastan hasta con el 
buen sentido, hasta el punto de que verdaderamente 
no se puede vivir aquí; y piden que vengan emi- 
grantes para poblar, y cada día hay una gabela más, 
un nuevo impuesto, una nueva contribución, que 
pesan sobre el pueblo de una manera tal, que no lo 
deja adelantar, y que no habiendo equilibrio entre 
lo que gana y lo que paga, el estranjero se ve en el 
caso de abandonar el país. 

Cuentan que allá por los tiempos pasados hubo un 
gobernante que se afanaba mucho en que no viniera 
emigración, porque decía que peligraba la nacio- 
nalidad oriental, así como posteriormente y en 
nuestros días, otro manifestaba que había de ver con 
alpargatas á los comerciantes, como si pudiera exis- 



302 COSAS DE ANTAÍÍO 



tir país sin comercio y sin producción : y casi lo con- 
sigue. 

Lo más curioso del caso es, que aquel gobernante, 
alarmado con la emigración que afluía á estas pla- 
yas en busca de mejor fortuna, quería privarles la 
entrada, y hubo que convencerlo á duras penas que 
sus temores eran infundados, y que no había por qué 
tomar medidas para detener la corriente de la emi- 
gración, que fecundaría con su labor las fuentes de 
las riquezas encerradas en nuestro suelo fértil, y da- 
ría ensanche al progreso y desarrollo á la industria 
y al comercio. 

A pesar de que dejó sin efecto su resolución, siem- 
pre se quedó en su mismo modo de pensar, y no 
sólo veía una amenaza á nuestra Independencia con 
la venida de tantos inmigrantes, sino que atribuía 
todos nuestros males al contacto de la gente que nos 
llegaba de afuera, que traían todos los vicios de pue- 
blos corrompidos y todas las inmoralidades, según 
decía, de sociedades perdidas. 

Vaya uno por lo otro ; verdad es que deseaba un 
mar de fuego entre la Europa y la América un gran 
hombre americano, y no es extraño que, entre 
nosotros hubiera uno que tuviera las ¡deas que 
hemos dado á conocer, aunque bien barrocas, bien 
ciertamente. 




UN PLEITISTA SEMPITERNO 



Hubo un tipo especial en este pueblo, que tenía 
hambre y fiebre de pleitear, y que cuando no tenia 
cuestiones propias, compraba los pleitos para con- 
tinuarlos por su cuenta. 

Era un vasco francés que se llamaba Valentín, 
dueño de una cancha de pelota que hubo en tiempo 
atrás en la calle del 1 8 de Julio, y que como buen 
vasco, era porfiado, y que cuando se le ponía algo en 
la cabeza, no había forma de que se la sacasen, ni 
que cambiara de opinión, pues más fácil hubiera 
sido remover el Cerro. 

No andaba sino por los Juzgados para in- 
formarse cómo iban sus pleitos, que según parece, 
alcanzaban á veinte ó más, según su propia declara- 
ción, una vez que encontrando á un amigo le preguntó 
por el monto de ellos ; y gozaba en tenerlos, se en- 
tretenía y era una especie de negocio que hacía, en 
los que en unos salía bien y en otros mal, y cuando 
no los tenía, andaba aburrido, sin saber qué hacer. 



304 COSAS DE ANTAÑO 



y así vivió y murió pleiteando por entretenimiento y 
por gusto. 

Se había connaturalizado con aquello, tanto como 
otros que les huyen como á la peste á los pleitos ; 
él no: los buscaba y estaba en su elemento entonces, 
y andaba de aquí para allí, en Juzgados y en Escri- 
banías, indagando y rebuscando antecedentes, pre- 
sentando escritos, recibiendo notificaciones, y no se 
encontraba otra cosa en los estrados que al insigne 
pleitista don Valentín. 

Era un hombre bajo, delgado, de complexión 
nerviosa, de movimientos rápidos, de cara muy ro- 
sada, y á quien se le veía siempre caminando muy 
ligero con autos y expedientes, llevándolos bajo del 
brazo. 

Encontraba á algún conocido, ¿y quién no lo co- 
nocía? se paraba, conversaba un momento, y seguía 
muy de prisa restregándose las manos, con el sem- 
blante alegre y cantando, pues era un ser feliz plei- 
teando. 



El TIGRE DE LOS LLANOS 



No hemos podido prescindir de ocuparnos de 
algunos de los personajes argentinos, á pesar de 
que sólo debíamos hacerlo de los hombres y de 
las cosas de Montevideo, según nuestro propósito, 
pues hay bastante de qué ocuparse en casa, para 
pedir nada afuera, como dicen generalmente. 

Pero los argentinos son nuestros hermanos: así 
es, que no hay por qué no considerarlos también 
como de casa. Vamos á hablar ahora del más céle- 
bre caudillo argentino. 

¿ Quién no ha oído hablar del Tigre de los lla- 
nos? 

¿•Quién no de Facundo Quiroga, que dominaba 
todo el Sur de Buenos Aires, Mendoza y casi toda 
la campaña argentina ? 

j Quién no de sus hechos, bárbaros los más, al- 
gunos nobles, que tan bien ha descrito Sarmiento 
en la vida de este caudillo, en su obra Civilización 
y barbarie, que es un verdadero estudio concien- 



306 COSAS DE ANTAÑO 



zudo de la época que atravesaban estos pueblos en 
los tiempos de atraso y de barbarie entonces? 

Facundo Quiroga era la encarnación del gaucho; 
era el prototipo del hombre de acción, mezcla de 
valiente y de bandido, de rufián y de hombre de 
bien; capaz de realizar grandes empresas, como 
bajar á la última esfera del rol de un vil asesino; 
que hubiera sido un héroe en otro medio, en otro 
teatro, si hubiera podido desarrollarse en otra so- 
ciedad más adelantada, más preparada que la que 
le ofrecían las numerosas soledades de los campos 
argentinos y la vasta Pampa. 

Vamos á narrar un hecho que lo revela comple- 
tamente. 

En una de esas acciones en que continuamente 
jugaba la vida, pues que no vivía sino en medio de 
la pelea, Quiroga, que entraba en la lid empuñando 
su lanza que daba muerte á donde alcanzaba, sos- 
tenida por su pujante brazo, atraviesa á uno de los 

r 

tantos que hería ó daba muerte. A lo menos, lo 
creyó así, pero lo que había atravesado era el pon- 
cho del que creía haber herido, y éste, entonces, 
dando un salto del caballo, se abalanza á Quiroga, 
monta por la grupa de su caballo y lo toma de atrás 
y lo deja sin acción. Quiroga forcejeaba por za- 
farse, pero inútilmente; era un hombre de una 
fuerza tremenda, que me lo tenía sujeto como en 
un cinturón de hierro. 



COSAS DE ANTAÑO 3O7 



En esto ven los ayudantes lo que le pasaba á su 
jefe, y van á librarlo ; quieren matarlo, pero te- 
men hacer mal á Quiroga si erran el golpe, y en 
estas circunstancias, viendo este caudillo que no 
podía desasirse de aquel hombre de fuerzas atlé- 
ticas, le dice : 

—Déjame ó mátame. 

— Lo dejo, si me promete dejármela vida. 

— Si, te lo prometo. 

— ¿Me lo jura.í^ 

— Te lo juro por el nombre de Quiroga. 

— Me basta con eso. 

Y entonces lo soltó. Cuando lo hubo soltado, to- 
dos se le quisieron ir encima, y lo hubieran hecho 
pedazos, si Quiroga no les gritase que al primero 
que tocase á aquel hombre, lo atravesaba con su 
lanza, y que quería que nadie le hiciese daño. 

Como este acto, tiene una porción de hechos que 
hacen ver que tenía condiciones de hombre de ho- 
nor, incapaz de faltar á su palabra jamás aquel 
sanguinario personaje que sembraba el terror y el 
espanto en la República Argentina, y á quien co- 
nocían por el Tigre de los llanos. 



DON PELEGRIN 



Hubo un célebre personaje que tenía la mania de 
curarse por el método Raspáil, y que era un faná- 
tico admirador de las propiedades del alcanfor, 
hasta tal punto, que olía de una cuadra á este medi- 
camento. Y no es esto exageración, pues lo llevaba 
en todos los bolsillos: de la levita, del chaleco y de 
los pantalones, y hasta lo llevaba colgado del cue- 
llo en una bolsita, y se lo ponía en polvo hasta en 
las medias, pues así creía que se resguardaba de 
todas las enfermedades habidas y por haber, cono- 
cidas y por conocer; en fin, era un famoso y consu- 
mado pasionista del alcanfor, más que el mismo 
Raspáil, que como sabemos, con él pretendía curar 
todas las enfermedades, y que ^egún su opinión era 
una especie de < sálvalo todo > . 

Don Pelegrín era profesor de piano ; era un hom- 
bre alto, delgado en extremo, transparente y aun 
diáfano, pues creemos que el exceso de alcanfor lo 
había puesto asi y lo tenía pasado y descompuesta 



(" 



COSAS DE ANTAÑO 3O9 



la sangre. Había, con su método, enterrado tres mu- 
jeres, pues se había casado tres veces y las había 
reducido á su sistema, pues eso sí, no sólo se admi- 
nistraba el remedio, sino que era un propagandista 
incansable de él, y en su casa todos estaban some- 
tidos á su régimen, y su familia y utensilios y ropa, 
y aun mismo sus relaciones estaban impregnadas 
de alcanfor. 

Pelegrín tenía todo su tiempo empleado con sus 
lecciones de piano; casi todas las muchachas eran 
sus discípulas. Era una especie de don Basilio, que 
como él, estaba lleno de resabios y de desconfian- 
zas. Le daba por recelar de todo el mundo y comu- 
nicaba sus recelos á cuantos querían oírlo. Más de 
una vez le oímos hablar de la murmuración con 
aire de agonizante en vida, y en sus momentos lúci- 
dos, que los tenía como todos los prójimos, se hacía 
notable como aquél, hablando á don Bartolo de 
la calumnia. 



23 








DON DEOGRÁGIAS 



Era una excelente persona este señor, que figuró 
allá por los tiempos de la madre España, y que al- 
canzamos á conocer ya en edad provecta. Era un 
original tipo en toda la extensión de lo que cabe 
decir. Don Deogracias, como don Matías el del cé- 
lebre Cementerio de Momo, que compuso Martínez 
de la Rosa, le cuadraba bien su epitafio, pues también 

« Daba gratis al año 
Pésames, Pascuas y días. » 

pero no sólo se complacía en esto, sino que era una 
especie de pájaro de mal agüero, que en todas las 
casas de los enfermos de algún cuidado se le veía, 
y que como una especie de lechuza, parecía anun- 
ciar la muerte. Ayudaba á bien morir á todos los 
enfermos que visitaba, pues parecía que bastaba 
que entrase don Deogracias á una casa, para que 
ya se muriesen. 

¡ Pobre don Deogracias 1 y él lo hacía con su me- 



COSAS DE AKTAÑO j 1 I 



jor voluntad; pero con esa buena voluntad y todo lo 
demás, el caso era, que los que visitaba, sino todos, 
la mayor parte se iban para el otro mundo. Siem- 
pre, si, andaba con cara de Pascuas; podría ente- 
rrar á muchos, pero su fisonomía era siempre jo- 
vial, y no en balde se llamaba Deogracias. Y 
Deo gracias era la palabra de introducción para 
cualquier parte adonde quería entrar, y no sabemos 
¿i ciencia cierta si por tanto repetir el Deo gracias, 
le quedó ese nombre, ó bien si era el suyo legítimo. 
El caso es, que como le tenían miedo porque lo 
creían un enterrador de primera fuerza, pues á casi 
todos sus amigos los había acompañado al Cemen- 
terio, la gente, cuando lo veía pasar, murmuraba: 

(cAhi pasa don Deogracias 
Que va anunciando desgracias, d 

Pero no lo hacía con mal fin ; no como otros que 
conozco, que tienen por objeto lograr ventajas de la 
gente rica, y cuando hay algún enfermo no lo dejan, 
y siempre sacan algo de provecho; don Deogracias, 
á lo menos que sepamos, no hacía diferencias entre 
pobres ni ricos y á todos visitaba, y no sabemos 
que lucrase con nada. 



EL DICTADOR FRANGÍA Y SU MUERTE 



No porque hablemos de los hombres y de las 
tradiciones de Montevideo, dejaremos de vez en 
cuando de ocuparnos de nuestros vecinos. 

Nada podrá jamás dar una idea de la tremenda 
tiranía á que estuvo sujeto, bajo la mano férrea del 
dictador Francia, el Paraguay, durante casi medio 
siglo. 

Todo es poco para expresar el profundo terror 
que había implantado en aquella desgraciada Re- 
pública, que sólo el nombre tenía de ella, pues rei- 
naba la más refinada barbarie y la tiranía más 
espantosa, en aquel desventurado pueblo. Francia 
había secuestrado á su país de todo contacto con el 
mundo: se había encerrado y no permitía que nin- 
gún extranjero pisase el suelo paraguayo. Desde el 
principio de su dominio absoluto no quiso tener 
contacto ninguno con los hombres de la revolución ; 
hizo, por su cuenta, la guerra, y dominado por la 
idea de que estos pueblos no estaban en situación 



COSAS DE ANTAÑO 313 



de darles instituciones demasiado liberales, se ha- 
bía divorciado de los generosos propósitos de los 
hombres que proclamaban los dogmas de libertad, 
y se había encastillado en su país, no queriendo sa- 
ber nada de otros principios que los que implantaba 
en su país desgraciado. Parece increíble que hu- 
biese podido soportar aquel pueblo de verdaderos 
héroes» á un tirano tan singular como aquel, y du- 
rante tanto tiempo. Se cree que el dictador Francia 
era un enajenado ó un verdadero maniaco; la ver-- 
dad es, que dio tantas pruebas de locura, que no 
hay cómo ponerlo en duda. En su sistema de terror, 
no ha habido nadie que lo iguale, y en su refina- 
miento de barbarie tampoco. 

Como un ejemplo de esto, es bastante decir, que 
durante todo su período de dictadura, se complacía 
en fusilar dos veces por semana á muchos desgra- 
ciados que tenía sepultados en los calabozos y pri- 
siones del Paraguay, ante su propia presencia y 
bajo un naranjo que tenía en una de sus propieda- 
des. Era tal el miedo que se le tenía, que cuando se 
le veía pasar, se hincaban todos como si pasase el 
Santísimo Sacramento, y no se levantaba nadie 
hasta que él lo permitía y les hacía alguna señal 
para que lo hiciesen. 

Vamos á narrar ahora su muerte, lo que dará 
una ¡dea de cómo había subyugado á aquel pueblo. 



314 COSAS DE ANTAÑO 



Se lo hemos oído referir á un anciano médico que 
era de toda la confianza de Francia. Parece que el 
dictador era amigo de comer á deshoras, y que le 
gustaba mucho la carne de cerdo. Cierta noche que 
había cenado y había comido algo más de lo regu- 
lar, se sintió malo y mandó llamar al médico de su 
confianza. Este, en cuanto lo vio, ya lo encontró 
de mucha gravedad, y algo le significó al dictador, 
pero no quiso decirle del todo la verdad, por temor 
de lo que le podía pasar. 

Le recetó algo, y Francia le recomendó bajo se- 
veras penas, que cuidado con que dijera á nadie 
que estaba enfermo, lo que ya el médico se hubiera 
librado bien de hacer. Al día siguiente vino á visi- 
tarlo, y lo encontró malísimo y en peligro de muerte, 
y no había cómo disimular el desenlace, pero como 
nadie estaba al lado de Francia, más que un mili- 
tar, que era el hombre único de toda su confianza, 
no atreviéndose á decirle nada, le encargó á éste 
que era preciso que le dijera que estaba en inmi- 
nente peligro y que debía arreglar sus cosas y man- 
dar buscar un sacerdote para confesarse y prepa- 
rarse á bien morir. El militar, que oyó esto, no 
quiso saber de nada, y el médico no tuvo más reme- 
dio entonces que hacerlo, por salvar su responsabi- 
lidad, pero con medias palabras y muy poca con- 
fianza y valor; pero Francia, desde que empezó á 



* COSAS DE ANTAÑO 315 



comprender lo que quería decirle su médico, creyó 
que no debía ser sino por ignorancia, ó bien que 
h¿ib¡a sido pagado para envenenarlo, por sus ene- 
migos, y se enfureció de tal modo con él, que en 
aquel estado, y determinando en medio de su arre- 
bato que lo iba á hacer fusilar, le vino una fuerte 
congestión y murió. 

El médico y el ordenanza de Francia se queda- 
ron perplejos; no sabían cómo hacer para manifes- 
tar su fallecimiento, pues aun después de muerto le 
tenían miedo, y así abandonaron la casa mortuoria, 
y á los dos ó tres dí¿\s de fallecido, recién supieron 
que el dictador había sucumbido. 

El más profundo silencio hubo en aquel pueblo 
cuando se supo afirmativamente que se había li- 
brado el Paraguay de su más cruel verdugo; pero 
el miedo á su persona no se desprendió del pueblo, 
aun simplemente recordando su memoria, pues 
aquel extraño y raro personaje había sabido infun- 
dir tal espanto, que aun después de muerto se le 
temía. 



« 




LOS DRAGONES DE LA PATRIA 



El más renombrado cuerpo del ejército del Gene- 
ral Artigas, fué el que formaban los < Dragones de 
la Patria». 

Como la guardia vieja de Napoleón, era ese 
cuerpo el que, después de reñido combate, daba el 
triunfo de la victoria, en las acciones guerreras que 
aquel adalid de nuestra Independencia ganaba con- 
tra los enemigos de la libertad. 

<Los Dragones de la Patria* lo formaban gente 
aguerrida, veteranos que habían figurado en cien 
combates y que habían dado muchas pruebas de 
valor. 

Lo comandaba el coronel Valdenegro primera- 
mente, y después Rivera. 

Valdenegro era una de las figuras más sobresa- 
lientes de la revolución, después del General Artigas- 
Era un militar aguerrido que reunía á sus aptitudes 
guerreras, dotes de poeta y hombre de letras. 

Era de gallarda apostura, alto, de modales atra- 
yentes y que se imponía desde que se veía. 



COSAS DE ANTAÑO 317 



Este era el jefe que primero comandó á <Los 
Dragones de la Patria > ; en cuanto á Rivera, sabe- 
mos todo lo que había de perspicacia y talento mi- 
litares en su persona. 

< Los Dragones > dieron días de gloria á la pa- 
tria. Las acciones del Cerrito y Las Piedras fue- 
ron campo de sus hazañas y le conquistaron el 
laurel de la victoria al invicto General Artigas, 
procer de nuestra Independencia. En esa lucha titá- 
nica, en que aparecen como seres extraordinarios 
nuestros prohombres, nada es bastante para apre- 
ciar bien toda la grandeza que había en esos héroes 
verdaderos, que significaban todo lo más caro ante 
la sagrada causa de la libertad. El Cuerpo de Dra- 
gones se señaló siempre por su fidelidad á Artigas, 
hasta el momento de su desgracia y de sus desas- 
tres; lo acompañó hasta ser internado al Paraguay, 
y allí, los restos de los que habían sobrevivido á las 
duras persecuciones que Ramírez les hizo, fueron 
desarmados, y tal vez muchos de ellos morirían 
como su jefe, en país extranjero, lejos de su patria, 
bañando con sus lágrimas el pan de la hospitalidad 
que les diera el dictador Francia. 



m GENERAL QUE ERRO DE YOGAGION 



Indudablemente, hay muchas personas que basta 
verlas solamente, para decir: taló cual ha errado de 
vocación ; ó bien : n¿ic¡ó para tal cosa y no para lo 
que desempeña; ó verbi-gracia : nació para cura ó 
para sacristán y no para militar ó abogado ó mé- 
dico. 

Asi sucedía con uno de nuestros Generales, pues 
era sólo bastante verlo, para decir de él: erró de 
vocación; yeso que ganó batallas y fué muy pa- 
triota; pero con todo ello, no era su carrera la mili- 
tar, pues era como si á un Santo Cristo le hubieran 
colgado un par de pistolas, pues figúrense que el 
dicho General era un hombre alto, flaco, de un ca- 
rácter y de una mansedumbre proverbial, que me- 
jor se adaptaba para cosas de Iglesia que para actos 
marciales. En la Guerra Grande, lo veíamos mon- 
tado en un caballo escuálido, caminando paso á 
paso, muy tieso, dejando colgar las riendas y siem- 
pre con su modo imperturbable, hubiera alarma ó 
no en la línea. 



COSAS DE ANTAÑO 319 



Le llamaban Nuestro Señor de la Paciencia, y 
creemos que era muy justificado el nombre. 

— General, le preguntaba alguno que otro co- 
nocido: ¿es cierto que hay alarma en la linea y 
que el enemigo avanza? 

— No lo crea usted, son paparruchas, le contes- 
taba, y seguía con toda calma y tranquilidad, paso 
á paso su camino. 

Al verlo así, muchos se tranquilizaban, pero los 
que lo conocían bien, no se daban por muy satisfe- 
chos de los peligros que amenazaban á la ciudad, 
pues que sabían que aquel General no se alteraba 
por nada de este mundo. Creemos que le hubiera 
venido mejor indudablemente haber seguido la ca- 
rrera eclesiástica y vestir hábitos; y que siendo 
militar, había errado de vocación, pues era un 
alma bondadosa en grado extraordinario. 



LA MUERTE DE MüESAS 



En la acción del Cerrito, ganada por los patriotas, 
hubo un incidente que tal vez dio por resultado, en 
gran parte, que la batalla se decidiera en favor de 
* las huestes de Artigas. El General Muesas, que pa- 
saba por un militar aguerrido y de profundos cono- 
cimientos, y que mandaba el ejército español, era 
un hombre enormemente grueso, que no había 
cabalgadura que le pudiera resistir el inmenso peso 
que tenía, y que tenía que aplastarla á la cuadra 
de haber andado montado, aunque hubiera sido un 
caballo frisón. El día de la batalla había un sol ar- 
diente, sofocante, y bajo sus rayos y una atmósfera 
de fuego, se puso á la cabeza del ejército, que al- 
canzando al Cerrito donde lo esperaban los pa- 
triotas, fué inmediatamente trabada la acción, que 
duró algunas horas, y que dio por resultado el triunfo 
de las armas de los patriotas, derrotando completa - 
mente á los españoles. 

Al llegar á la falda del Cerrito, Muesas, fuese 



COSAS DE ANTAÑO 32 1 



por insolación ó porque estaba propenso á conges- 
tiones por su obesidad, el caso ps que cayó de su 
caballo, muerto, lo que impresionó de tal manera, 
como era natural, al ejército realista, que desde 
entonces empezó la derrota, pues no hay nada 
que desmoralice más el ánimo del soldado, que 
un suceso de esta naturaleza, que ver morir á sus 
jefes en medio de la acción, aunque no sea por 
muerte violenta, pues se ven desde entonces des- 
orientados y perdidos, por frustrarse los planes que 
debía tener que desarrollar y que poner en planta 
su jefe ; y desde que empezó la acción del Cerrito, 
ya se preveía que iba á ser ganada por los pa- 
triotas, como así sucedió, debido á esa circunstan- 
cia más que todo, pues los españoles eran doble en 
número de fuerzas á los patriotas, y tropas más 
aguerridas. 



istmia 







LOS DRAGONES DE LA PATRIA 



El más renombrado cuerpo del ejército del Gene- 
ral Artigas, fué el que formaban los < Dragones de 
la Patria». 

Como la guardia vieja de Napoleón, era ese 
cuerpo el que, después de reñido combate, daba el 
triunfo de la victoria, en las acciones guerreras que 
aquel adalid de nuestra Independencia ganaba con- 
tra los enemigos de la libertad. 

< Los Dragones de la Patria > lo formaban gente 
aguerrida, veteranos que habían figurado en cien 
combates y que habían dado muchas pruebas de 
valor. 

Lo comandaba el coronel Valdenegro primera- 
mente, y después Rivera. 

Valdenegro era una de las figuras más sobresa- 
lientes de la revolución, después del General Artigas. 
Era un militar aguerrido que jeunía á sus aptitudes 
guerreras, dotes de poeta y hombre de letras. 

Era de gallarda apostura, alto, de modales atra- 
yentes y que se imponía desde que se veía. 



COSAS DE ANTAÑO 317 



Este era el jefe que primero comandó á «Los 
Dragones de la Patria > ; en cuanto á Rivera, sabe- 
mos todo lo que había de perspicacia y talento mi- 
litares en su persona. 

< Los Dragones > dieron días de gloria á la pa- 
tria. Las acciones del Cerrito y Las Piedras fue- 
ron campo de sus hazañas y le conquistaron el 
laurel de la victoria al invicto General Artigas, 
procer de nuestra Independencia. En esa lucha titá- 
nica, en que aparecen como seres extraordinarios 
nuestros prohombres, nada es bastante para apre- 
ciar bien toda la grandeza que había en esos héroes 
verdaderos, que significaban todo lo más caro ante 
la sagrada causa de la libertad. El Cuerpo de Dra- 
gones se señaló siempre por su fidelidad á Artigas, 
hasta el momento de su desgracia y de sus desas- 
tres; lo acompañó hasta ser internado al Paraguay, 
y allí, los restos de los que habían sobrevivido á las 
duras persecuciones que Ramírez les hizo, fueron 
desarmados, y tal vez muchos de ellos morirían 
como su jefe, en país extranjero, lejos de su patria, 
bañando con sus lágrimas el pan de la hospitalidad 
que les diera el dictador Francia. 



326 índice 



PACINAS 



Siete chaquetas 150 

Cacareando y sin plumas . 155 

Dos Presidentes 158 

Don Joaquín Suárez y los napoleones 161 

Don Juan Manuel Bonifaz y su sistema de enseñanza • 165 

El Barón de la Laguna y su frase favorita . . . . 171 

La terminología de Sayago 177 

Un ratón de sacristía y un lobo de hospital . . . . 182 

El General Laguna y el Monte pío 18; 

El General Lavalleja juzgado por un admirador . . . 189 

El General Rivera ocurrente 19J 

Un portugués finchado 200 

Échenle arrayán, que el campo lo da ....... 205 

Que le den chocolate, etc 208 

El padre de los pobres don Francisco A. Maciel, y su 

desaparición misteriosa 213 

El Cabildo y la dominación inglesa 220 

Los cuatro burros 230 

Date tono, Juan Antonio 233 

La cuenta célebre de un doctor 235 

Echagúe en Cagancha 238 

Un parlanchín furibundo 240 

Una buena nueva 242 

Un provisor y su comadre 244 

El mate de las. Morales 247 

Las preciosas ridiculas 249 

El padre Albornoz 252 

El convento de San Francisco 254 

Las chorreadas 257 

La fonda de la gallega 259 

Una heroína oriental 264 

Una bala aleve 266 



índice 327 



PAGINA"; 



El hueco de la cruz 209 

Otras aventuras de otro Juan SoId:ido 271 

El Café del agua sucia 274 

La esquina del Hacha y la del Anima 277 

El Cristo 279 

El doctor Manduti 28^ 

Una fumada al ilustre Restaurador de las leyes . . . 285 

Fusilado por mi orden 291 

Un pretendiente petardista 295 

Los guapos de antaño 299 

Singular modo de gobernar 301 

Un pleitista sempiterno ]0} 

El Tigre de los llanos ^05 

Don Pelegrín ^08 

Don Deogracias ;io 

El dictador Francia y su muerte ^12 

Los Dragones de la Patria ^16 

Un General que erró de vocación ;i8 

La muerte de Muesas ;2o 



WM ©S Sltm^T«^8 



:^s @ 



PAfilNA 




DONDE DICE 



DEBE DECIR 



36 

37 

44 
S3 

91 



9S 

103 

104 

104 

IOS 
121 



26 

27 

7y 8 



aun cuando 
malas bromas usan 



^ ni de apariciones, ni de 



\ 



I 



cuando aun 

tan malas bromas usan 

y que traguemos lo de 

t 1 . • ^ apariciones, ni lo de 

' cuentos de brujas, i ^ 

\ cuentos de brujas 

19 pues y.i sucede aquí pues sucede aqui 

i lo libran á uno de lo quei' nos libran de lo que 

20 ( , ^ ^ ^ 
I le pertenece i nos pertenece 

I que se haya podido en- , , . , 

I ^ ^ , , \ ^uc *c \iv^^ dado un 

2 ) ferniar ó que le hayaJ 

r ^ -' ) ataque 

dado un ataque [ 

(aun teniendo seguridad 
que se expondrían á 
\ agrado de su gobierno) sufrir el desagrado de 
: su gobierno 

22 y 23 I tuvieron | sufrieron 

já pretender el descabe-^ á pretender poner en 
^ liado proyecto i planta el 



21 V 22 



2 5 y 26 los principales, 



^ las principales autorida- 
\ des y vecinos. 



18 



3 y 4 



í y medios de que podía/ y recursos de que debía 



i disponer. 



i y re 
< di 



disponer, 



, . . / puede ser que le deba, 

le debe, en gran parte, > '^ ^ 

( en gran parte, 



332 



FE DE ERRATAS 



PAfilRA 




DONDE DICE 



DEBE DECIR 



127 
144 
196 
197 
206 

208 

209 

211 

212 

219 

236 
248 

264 
267 

278 
280 

281 

286 
297 



2 

I5y 16 

9 

27 
8y 9 

i6y 17 

22 

16 



un gorro negro 

menos desinterés 

dea 

y como 

podía andarse por allí 

y había más de uno que 

eran unos semi-salva-J 

jes 
más remedio 

reía grandemente 



I 
18 



19 
26 

18 
23 

19 y 20 

24 
3 



Es que se 
^no habiendo sido su ca- 

festejaban todos con 
cómo cebar el mate.» 

con vino bueno y exce- 

loy II ^ , , , 

'' / lente español, 

de los soldados 

\ entrando por una ven-^ 

{ tana ^ 

los recuerdos de ellas, ) 

pobre mujer. I 

en medio de la lucha 

diaria de aquel lugar 

era teatro, 
lo quiso 
proyectos 



i 



un gorro de seda 

más desinterés 

idea 

pero como 

se podía transitar 

y más de uno había que 
eran sem I-salvajes 

más recurso 

reía también grande- 
mente 
Después de aquello se 

no habiéndolo muerto, 

festejaban con 

cómo cebarlo.j) 

con vino español bueno 

V excelente 
de los militares 

rompiendo una ventana 

los recuerdos que con- 
servamos, 

infeliz. 

en la lucha diaria qiJe 
era teatro aquel lu- 
gar, 

lo hizo 

planes 



•♦ 



y 



/ 




3 2044 017 973 264